Guillermo Arróniz

Generación.Net


El fotógrafo llego antes, y al poco lo hizo el escritor. El estudio era estrecho, bien equipado y estaba situado en el centro de la ciudad, casa antigua reformada con una asepsia incapaz de borrar los vestigios de encanto pasado como la chimenea no tapada o el enrejado de los balcones de lo que había sido el salón.
Al poco sonó el timbre. Era la maquilladora con sus ojos grandes, de un verde complejo, futurista, gatuno y oliváceo al tiempo. El último fue el modelo, con gesto de haberse perdido, algo azorado pero puntual.
El escritor miró al modelo: la envidia.
La cosa empezó de forma ágil. El fotógrafo recordó a la maquilladora lo que habían hablado sobre los efectos que se debían conseguir y ella empezó a trabajar con destreza de pintora, como un Anguissola que pintase un retrato del monarca sobre un rostro en lugar de sobre una tela.
La maquilladora miro al modelo: la concentración.
El fotógrafo miro a la maquilladora: el escrutinio.
El escritor miro a la maquilladora: la envidia.
El modelo cerro los ojos.
Una vez listo el estilismo se empezaron a hacer pruebas de luz. Fotómetro por aquí, focos por allá. Alturas, ángulos, fondos, sombras, perspectivas… un muestrario de luminosidades capaces de multiplicar la realidad.
Se colocó la cámara y empezó a enfocar. El fotógrafo miro al modelo a través del aparato: la búsqueda.
El modelo miro a la cámara: el camaleón.
La maquilladora miro al fotógrafo: la curiosidad.
El escritor miró al fotógrafo: la envidia.
Después de unos cuantos disparos procedieron al primer cambio. El modelo quedó medio desnudo, vaqueros y tirantes sin camisa. La cámara lo miró: el chispazo.
Tuvo que cambiar mucho los materiales para darle el aire que un estilo de ropa mucho mas antiguo exigía, mezcla de cine mudo y dandi muy masculino. Afortunadamente siempre llevaba un maletín grande con sombras y maquillajes muy distintos capaz de dar matices muy variados. La maquilladora miró al modelo: la satisfacción. El modelo miró al espejo: la sorpresa.
Las últimas fotos resultaron muy especiales, una mezcla de osadía y siglo viejo. El fotógrafo miró al modelo: la felicidad.
Se despidieron amigablemente. La envidia me hizo escribir este cuento.
De nuevo frente al calendario. Ese círculo imperfecto de segundos que nunca cuadra. Ese examen de conciencia más allá de la religión. Ese reflejo de nuestros actos que se nos presenta inevitablemente. Terrible por imperativo, por insoslayable. Uno puede no darle paso a la reflexión, pero el fin de un ciclo aceptado colectivamente -por la sociedad occidental- se manifiesta de muchas formas. Es casi imposible escapar a la propaganda que se hace del momento. ¿Qué hemos hecho con los trescientos sesenta y cinco días que nos dieron? ¿Cuántas horas hemos estado realmente despiertos, concientes de nuestro estado privilegiado, de la vida que se nos concede?
Y, por supuesto, la vista puesta en los nuevos días que esperamos que nos den, que esperamos vivir, y lo que queremos hacer con ellos, de ellos. Los famosos propósitos de año nuevo.
Un espejo que se nos proyecta o proyectamos, cuya luz nos ciega o nos alumbra el camino que queremos abordar. Predicciones mayas de por medio, y con la exposición londinense sobre el Apoocalipsis (http://www.tate.org.uk/britain/exhibitions/johnmartin/default.shtm) quisiéramos romper los malos presentimientos y defender que cada nuevo día es un universo de posibilidades que no puede ser desaprovechado… o al menos no debe. 2011 ha sido un año completo, complejo y desbordante para mí, y deja una herencia que parece se extenderá durante el 2012 en lo fundamental y en lo accesorio. No puedo quejarme. Demasiados regalos como para que pueda hacerlo. Deseos cumplidos y otros en camino de realizarse. Lleno, en tantos aspectos, tengo un propósito fundamental para el 2012. Y no es, desde luego, viajar tanto como lo hice en 2012 (será difícil) o celebrar tanto (tan importante será imposible). Se trata de un propósito que tiene mayor dificultad que dejar de fumar -aunque yo no fume- o dejar de zampar bollos -cosa que debería hacer teniendo en cuenta mi diabetes. Lo que realmente quiero es seguir profundizando en el conocimiento de mis seres queridos, aumentar la empatía y la inteligencia aplicada a la misma. Comprender lo que motiva, lo que hace funcionar de una determinada forma a aquellos de quienes me rodeo y cuyo amor es lo principal en la vida. Y a partir de ahí saber profundizar en lo que realmente necesitan, diferenciar entre lo que piden y lo que su realidad realmente carece y precisa. Y, sobre todo, en saber cómo explicásrselo, como facilitárselo, y cómo hacer que lo acepten, que vean el beneficio de todo ello. Poco menos que pedir la inspiración divina, lo sé. Pero quisiera tener la paciencia y el conocimiento para quererlos de la mejor manera posible, combinando el sentimiento con la cabeza, el corazón con la reflexión, la profundidad psicológica con la acción adecuada.
La paciencia, la asertividad, el amor y el saber. Ahí va mi carta a los Reyes Magos.
Seguida, por supuesto, de un gran apéndice o epílogo de agradecimientos por cuanto me han traído en el 2011: mucho amor, sobre todo amor, descubrimientos, viajes, libros, aprendizajes, y una cantidad tremenda de pequeños caprichos satisfechos en su mayoría de forma inmediata. Los Reyes Magos, como los ángeles, adoptan formas diversas, y me siguen regalando a lo largo de todo el año: pueden tener barbita, como es su imagen tradicional, aunque también variarla con un peinado con cresta; o pueden modificar su sexo sin cirugía y reducir su tamaño como si hubieran comido pastel de Alicia; pueden tener gustos orientales por las telas y las joyas exóticas; o pueden haber recién dado a luz a niños preciosos que son todo sonrisas; pueden adoptar máscaras de sumisión o mostrarse muy apasionados; pueden ser fanáticos de la obra de Luis Cernuda o realizar fotografías que parecen de otro mundo por su profundidad y perfección; pueden regalar cosas tan diversas como entradas para ver espectáculos musicales o de danza, exquisito aceite en finas botellas de cristal, libretas encuadernadas a mano, trajes y pañuelos de papel; o pueden velar porque mis viajes sean lo más cómodos posibles. Incluso pueden adoptar las figuras de mendigos que me regalan la bondad de sus miradas. Ah, tengo tanto por lo que sentirme dichoso que resulta difícil aceptarlo.
Y, como guinda del pastel parece que el próximo año os citaré a todos en torno a mi nuevo libro, del que os doy el título como primicia: Pequeños laberintos masculinos. No apto para todos los gustos, ni siquiera para todos los públicos. Espero que me pongan muchos rombos. Os iré adelantando más a medida que avance 2012. También pediré, de paso, que estéis ahí cuando el momento de que vea la luz llegue, aunque sé que a muchos no tendré ni que mencionároslo, estaréis allí, lo sé.
Y vosotros, ¿qué pediréis?
¡Feliz 2012!

Dónde radica la diferencia entre un tópico y un clásico en las ciudades es cuestión de opiniones… y de actitudes a la hora de mirarlos. ¿Es algo previsible visitar la Casa de Dulcinea en el Toboso, la Torre de Londres en la capital británica, la Puerta de Alcalá en Madrid, el castillo en Praga y la Sagrada Familia en Barcelona? Sí, en general lo es, a tenor de las hordas de turistas que pasan casi literalmente por encima de todos ellos. Y sin embargo la previsibilidad puede romperse.

Tras nueve años visitando la ciudad de Jack el Destripador (o la de la reina Victoria, según se mire), aún no había penetrado el recinto de la citada Torre. De hecho ni siquiera había pasado muchas veces por esta zona de la urbe. ¿Por qué? Conjunción de astros en el azul del cielo o sencillamente conjunto de circunstancias y decisiones, mezcla en el tiempo del azar y la voluntad. Diremos que vista desde fuera, al menos durante dos o tres años, me engañaba a mí mismo diciendo que no tenía ningún interés por ver las Joyas de la Corona Inglesa y hacer colas interminables para ver los signos de la realeza con los que se abre el Parlamento cada año. Pero, por supuesto, este lugar es mucho más que eso. Una vez despertada mi pasión por la figura de María I y la convulsa era Tudor mi interés aumentaba, puede decirse, casi por momentos. No veía el momento de ver las tripas del entramado de edificios desde el que había partido el cortejo de coronación de la desafortunada hija de Catalina de Aragón y Enrique VIII o donde había sido ajusticiada por traición Ana Bolena. Pero esperaba la ocasión propicia. Quería compartir este gran momento personal con la persona adecuada para hacerlo. Por eso la visita iba tomando, a medida que pasaba el tiempo, más y más significado, y vaciándose de los tópicos al uso. Empecé a investigar sobre la historia del edificio, leí una biografía de la reina, esposa de Felipe II, y fui enriqueciendo mi amor por la Torre al basarlo en el conocimiento. Vista por dentro la Torre Blanca parecía mucho más grande, y la capilla de San Juan mucho más silenciosa y trascendente de lo esperado: los turistas huían de este lugar mágico como si de un discurso político se tratara, algo los expulsaba de aquí. Su carácter sagrado trascendía los siglos que había sido usada como archivo. Todo este disfrute significativo venía potenciado por tener a mi lado a la persona con quien podía compartir la experiencia personal que estaba viviendo, por poder transmitirle mi profunda satisfacción, la vivencia de tocar las piedras que tanto habían visto de una Historia tan humana como brutal.

Por supuesto, había leído también la leyenda de los cuervos, la media docena de cuervos (hoy siete) que no deben abandonar estos muros o la Isla volverá a ser conquistada (como bajo los romanos y los franceses de Guillermo el Conquistador, que por cierto dio inicio al proyecto de la Torre Blanca, auténtico corazón de la fortaleza). Pero fue frente a ellos cuando aprendí cómo el tópico no sólo se convertía en un clásico, sino en una nueva experiencia. Los cuervos resultaban más grandes, y en concreto gruesos, de lo que esperaba o las fotografías me habían llevado a imaginar. Y aunque conocía su generosa dieta basada en carne, galletas bañadas en sangre y otras delicatesen similares, no había hecho el razonamiento lógico sobre su rebosante anatomía y su impresionante fuerza. Los vi realmente oscuros, agresivos, expectantes, violentos, fuertes y al mismo tiempo aristocráticos en su estado salvaje. Nosotros estábamos allí de paso, ellos eran los representantes de una estirpe antigua, habitante de la Torre por derecho propio. Fue el detenimiento de quien me acompañaba para observar y retratar a estos sorprendentes pájaros tan “góticos” lo que me permitió volar más allá de las palabras que constituían la mencionada leyenda sobre la que había escrito un cuento hace más de una década. Estas y otras circunstancias me hacían olvidar la presencia de turistas (en realidad no tantos) y el sambenito de “visita obligada” o “must see” marcado en todas las guías.

Mi sueño se hacía realidad y se revelaba nuevo, como planta que germinase nueva y efímera pues nuestra Torre sería sólo nuestra Torre, y no la Torre de Londres de las guías.

¿Qué puedo decir a estas alturas de la ciudad sobre la que tanto he hablado? Lo diré sin rodeos: que verla con quien puedes descubrirla de nuevo y compartirla íntimamente la convierte, la propulsa, la materializa en un nuevo milagro para ser vivido desde cero, desde los cimientos mismos, descubriendo el mercado de Camden Town como algo más que una sucesión de tiendas alrededor de un canal, con saris, inciensos y botas con tachuelas. Comprar aquí se convirtió en algo decimonónico, mucho menos en serie de lo que había sido hasta entonces. El regalo perfecto. La prenda diseñada para ser vestida por esa persona y nada más que por ella. Incluso la noche que apenas permitía adivinar las formas se volvía una aliada perfecta para encontrar un nuevo mercado donde antes estuvo el predecible “Rastro” de multitudes que suben y bajan las calles como un río desbordado y acéfalo.

Y así hasta el último momento, transformando una fotografía disparada millones y millones y millones de veces, en algo real, más allá de lo visto en los libros y las pantallas de televisión, pasando por el Londres irreal, falso, que conmemora la ciudad que un día fue: el Globe, magnífico fruto del empeño de un americano más amante de Shakespeare que muchos, que muchísimos británicos. Cierto es que este nuevo edificio ni siquiera está levantado en el lugar donde estuvo el teatro en el que se estrenaron las inmortales obras de William, sino a doscientos metros, por no decir que posiblemente ni uno solo de sus elementos constructivos procede de aquel antepasado glorioso. Y sin embargo, ¿qué mayor homenaje a aquello que fue que traerlo a nuestro presente para perpetuar su espíritu, es decir las famosas palabras pronunciadas una vez más por actrices y actores frente a un público probablemente tan entusiasta como el contemporáneo del autor inglés? Aquí uno puede ver como la astucia femenina salva el desastre seguro en El mercader de Venecia, como Marco Antonio arenga a las masas por la muerte de Julio César y Bruto se arrepiente, o cómo la sangre corre corroyendo la mente de Macbeth, hasta tal punto en que es posible olerla.

Y el clásico prevalece por encima del tópico si uno se toma el tiempo y el amor necesarios. Pues el clásico permanece vivo al renovarse continuamente y el tópico aburre por repetición. Y en este caso Londres está para mí más vivo de lo que lo estuvo nunca y lo estará de nuevo tan pronto como esos otros ojos me permitan verlo con la luz de quien va siempre más allá de las apariencias y los lugares comunes.

¡Volveremos!

Claro es como el agua virgen que nace en la roca, que la sonoridad del nombre de “El Toboso” no podrá ya nunca escaparse de los ecos cervantinos ni de una dama tan nombrada casi como la del Caballero de la Triste Figura: Dulcinea. Claro que, como tierra manchega, se relaciona con las migas de pastor, los duelos y quebrantos, las sopas de ajo y el queso con arrope; así como con los molinos y la impronta inconfundible del cine de Almodóvar. Claro que, a ciento veinte kilómetros de Madrid la localidad se muestra como el destino perfecto para el sábado o el domingo con la familia.

 

Pero hay mucho más bajo lo aparente, detrás de lo evidente y cristalino. En primer lugar porque no es tan común poder celebrar la conservación de un pueblo y la ausencia de atrocidades urbanísticas que rompan la deliciosa sensación de decorado del siglo XIX donde sólo farolas y señales de tráfico nos devuelven a la actualidad por necesidad. Y, además, porque es un hermoso ejercicio caminar por sus calles y sentir con cuánta facilidad puede uno salir del pueblo y entrar en contacto directo con el campo y los cantos de los pájaros que pican la tiera…para reconciliarse con la naturaleza y la llanura a un solo paso de las viviendas del hombre… para oler esa leña quemada que sigue ardiendo en las chimeneas y provocando esa vieja estampa de las chimeneas soltando su canción de humo. También puede uno pasar por las Clarisas (Franciscanas) y adquirir, en el tradicional torno los dulces de la tierra y la Literatura: los “caprichos de Dulcinea”. O descubrir la melancólica Glorieta de García Sanchiz, mezcla poética de esculturas y plantas, jardín tupido que limita con el muro del convento…

 

Lo cual, en su totalidad, resulta para una localidad de su tamaño proeza por sí mismo, pero es que además hay que añadir la ruta de los pozos, el Centro Cervantino con sus numerosas versiones del Quijoteen numerosas lenguas, o la llamada Catedral de la Mancha, la iglesia parroquial de San Antonio Abad, o la ermita del Cristo de la Humildad, curiosa talla de gran veneración en estas tierras. Pero no seré yo quien venga aquí a cantar las grandezas de los lares y lugares de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, pues es bien conocido de todos que yo soy más devoto de Quevedo y su Buscón que del manco de Lepanto y su magna obra, por no hablar de la poesía de ingenio brutal y exagerado del eterno rival del Conde Duque de Olivares. No vine aquí para seguir las huellas de Rocinante (en todo caso habría seguido las del entrañable Rucio). Vine a descansar y hallé descanso. Vine a comer bien y comí excesivamente bien. Vine a celebrar y celebré… tras las palabras del nombrado libro que adornan ciertas calles, y siguiendo las imágenes de su silueta y la de su escudero por las fachadas de las casas. Era imposible ignorar la presencia y la importancia del mencionado libro para El Toboso, que incluso ha restaurado la “Casa de Dulcinea” con su molino, su dormitorio con estrado y su cocina vieja.

 

Pero he aquí donde, además de todo lo previsible, vine a darme de cara con aquello que volvió mi viaje único y distinto. Para empezar la casa rural donde me hospedé, estaba decorada con una gran profusión de cuadros (parece ser que la dueña es propietaria de una galería en la cercana capital de España), y en el generoso patio cubierto me recibía una mezcla de Blake y Bacon inquietante pero hermosa, simbólico cuerpo de atleta de un color anaranjado enfermizo, doblado, a punto de echar a correr, con su gran tamaño de gigante épico y griego, por las paredes de la casa. Las habitaciones, tan solo seis, tenían, además, nombre de pintores, y por suerte o por fortuna me tocó la de Goya, aunque hubiera preferido la de Velázquez o la de Leonardo… incluso la de Sorolla. Pero tratándose de gustos artísticos estaba claro que en esta ocasión tendría que quedarme con genios que, gustándome, no eran mis favoritos, pues no se contaba El Greco entre los nombres de las Puertas. Desayunar en este lar, con la luz natural en un patio manchego, ricas magdalenas de la tierra puede que no fuera muy cervantino, pero era una delicia.

 

Y llegamos aquí al tesoro mejor guardado del viaje. Y no me refiero al contenido en el Museo del Convento de las Trinitarias, ya de por sí valioso, sino a la experiencia de la visita. De la mano de una hermana de nombre V., cuya edad, según mis cálculos, debía ser setenta y seis años (espero que a la dama bajo el hábito no le importe que eche números, pues son para alabarla), se nos abrieron las puertas a ropas eclesiásticas de más de doscientos años que parecían haber sido conservadas en arsénico… o en un reloj sin manillas, donde el Tiempo no pasa nunca; puertas a caligrafías de varios siglos; puertas a imágenes y pinturas de las escuelas de grandes artistas cuyos nombres aún resuenan en la Historia Universal. Pero no son los objetos en sí lo que nos transporta a otro mundo, sino las palabras de esa monja que nos guía con su pasión por la Historia y por el Arte, por estas dos salas que, a su lado, parecen un completo Museo Nacional. Es ella la que, con sus historias sobre el descubrimiento de esta o aquella pieza, o sus expresiones inocentes y puras, asombradas, convierte los objetos en protagonistas de leyendas. Una campanilla, en sus palabras, se transforma en vía de milagro; una seda bordada, en un viaje al Paraíso Terrenal. Con este entusiasmo y esta virginidad de espíritu, ¿quién no podrá maravillarse del tesoro que guarda en sí misma la hermana V.?

 

No quiero decir con esto que estemos ante alguien que ignora el mundo, una monja de clausura que ha perdido el contacto con la realidad, pues la hermana había viajado a Madrid las veces que había hecho falta y mencionaba programas de la televisión que dejaban ver que seguía conectada a la vida. Quiero decir que las maravillas son aquellas cosas que tomamos como tales, las obras que valoramos en nuestro corazón y en nuestra sensibilidad. Aquellas a las que dedicamos el tiempo para observarlas, comprenderlas y situarlas en su entorno, en su edad, en su época, y en las manos de quien las parió; aquellas a cuya conservación y cuidado nos dedicamos con esmero y con esfuerzo añadiéndoles aún más valor. Estas piezas de arte, estos pedazos de Historia, tardaron muchas horas en labrarse, pero cuando pasamos por un Museo apenas dedicamos unos segundos a apreciar las más elevadas muestras del genio humano. Así es posible decir que se valoran, pero es una expresión vacía, sin contenido. Es casi lo mismo que apreciar una fotografía de la cosa. Sin tiempo no hay dedicación, sin dedicación no hay amor, sin amor no hay milagro.

 

¿Cómo es posible que apreciemos las pinceladas y las mezclas de pigmentos del genio si apenas nos tomamos el tiempo de mirar el lienzo como quien pasa página de libro? La hermana V. sabe bien los tesoros que componen su museo. Ha estado presente en su catalogación y ha limpiado algunos de ellos; mandando otros a restaurar. Los ha visto y cuidado día tras día hasta verlos llegar a su posición actual en la colección, pequeña, pero hermosa. Y, con la encantadora pasión de su cuidado, las ha transformado para nosotros, que les hemos dedicado un poco más de tiempo del que lo habríamos hecho de otra manera. Frente a la enfermedad de Stendhal, fruto de la acumulación de arte, sí, pero también de la prisa por verlo, la virtud de la hermana V., que acumula paciencia y manos “de monja” para cuidar y apreciar las bellezas de las obras del hombre.

 

No sé qué sucede pero, últimamente, acabo siempre en universos paralelos durante mis viajes que se enriquecen inesperadamente con descubrimientos de viajero decimonónico. Será el espíritu de Washington Irving, que me precede…bajo las sombras de los grabados de Doré.

Es curiosa la fecundidad de algunos artistas (véase Rembrandt) por contraposición a la escogida y reducida obra de otros, como Vermeer o Caravaggio. Será por eso (o no) que las exposiciones sobre estos pintores que todos los museos codician tienen tanto éxito de llamada.

 
Aún recuerdo cuando, al final de mi infancia vino a Madrid la Venus del Espejo, de Velázquez. Colas inmensas llenaban el Paseo del Prado y los telediarios. Sería porque aún no se habían popularizado las compañías low costy la gente no se iba cada dos semanas a las rebajas de Harrods, teniendo al lado la National Gallery. O sería porque Velázquez es capaz de generar, a pesar de los siglos, y de su evidente realismo, una fascinación con su atmósfera tridimensional de vida en movimiento. 

Qué duda cabe que su propia fascinación, su misterio y su asombro, ha generado siempre la obra de Caravaggio, en parte por su azarosa y polémica vida; en parte por la propia calidad de su obra, prodigio de la luz y del verismo.

 

Hay un bello libro de Luis Antonio de Villena sobre este hombre enigmático, que tiene por revelador título Caravaggio, exquisito y violento. Este binomio de adjetivos no antitéticos, pero difíciles de encontrar en compañía, podría definir, junto a otros, al genial hombre de gustos muy de la tierra y obras de gran calado espiritual.

Con motivo de la visita del Papa Benedicto XVI a Madrid, los Museos Vaticanos han cedido por un plazo de dos meses (de los cuales ya ha transcurrido una parte, pues fue presentado en Madrid el 21 de julio) un lienzo de Michelangelo Merisi al Prado. La ocasión dicen, la pintan calva; y si bien es verdad que seguir la obra de un pintor por los grandes museos del mundo tiene su encanto de viajero, no es menos cierto que perder la oportunidad de verlo “en casa” sería poco menos que digno de turista, en el peor de los sentidos. Habrá que ver cómo le sienta “nuestro” museo, probablemente la mejor pinacoteca del mundo, a esta obra tan italiana, tan del claroscuro, tan terrena y a la vez tan llena de amor, misericordia y mensaje divino.

La obra, denominada Deposizione dalla Croce, no representa, sin embargo, el Descendimiento, sino el Entierro, la colocación en el sepulcro del sagrado cuerpo del Hijo de Dios. Y en ella la composición diagonal nos da dos grupos diferenciados de hombres y mujeres, en dos triángulos dignos de análisis. En el primero nos encontramos primero a Cristo, el cuerpo sin vida, inspirado según dicen por la Piedad de Miguel Ángel (la primera de ellas), totalmente indefenso aunque rotundo, terrenal y cierto; y después a Nicodemo y San Juan (Evangelista) que lo sostienen y están ocupados en la labor de depositar ese cuerpo sobre la losa. Tras ellos la Virgen, contenida y cubierta, María Magdalena, que seca sus lágrimas con un paño blanco y mira reflexiva la escena, y María de Cleofás que alza sus manos al cielo y también un grito ahogado, o al menos un suspiro con su boca abierta. Me parece interesante observar las capas de acción/reflexión. Los extremos de este rombo compuesto por dos triángulos muestras binomio absoluto de rigidez mortal e inactividad en el cuerpo de Cristo y gesto, acción, movimiento de María de Cleofás. Entre medias dos hombres que actúan y dos mujeres que piensan, que observan en doloroso silencio. La condensación de la escena no puede ser mayor. Por no hablar de un Cristo cuya cabeza se dirige hacia el suelo, en su bajada a los infiernos, y una María de Cleofás que apunta al cielo, donde llegará tres días más tarde (tres hombres, tres mujeres, tres días… la Trinidad perfecta).

 

El enorme lienzo (300 x 203 cms.) fue encargado al parecer por Girolamo Vittrice para el altar mayor de la capilla que su familia ostentaba en la iglesia de Vallicella en Roma y, curiosamente, recibió el elogio unánime de la crítica, que solía desprestigiar las obras del pintor por su realismo, por su acercamiento a la pobreza o la materialidad de sus personajes que estaban tomados directamente de los modelos de la calle, de las tabernas, de la vida diaria de las clases bajas italianas de su época, lo cual contrastaba con las ideas sobre lo divino que tenían la mayoría de sus contemporáneos. Algo que también le sucedería a John Everett Millais cuando se exhibió, en la Londres victoriana, su lienzo Cristo en la casa de sus padres.

 

La realidad es que, con toda la carnalidad o materialidad que el cuadro implica, no se puede negar un efecto demoledor, una exaltación del momento en el que uno quisiera poner las manos bajo la cabeza de Cristo para evitar que se golpee con la piedra cuando San Juan lo deje en el suelo. Su color es un enigma entre la vida y la muerte, una carne aún firme pero que va adquiriendo ese amarillo cerúleo, esa ausencia de sangre que fluye. La luz, como no podía ser menos en él, un prodigio de naturalidad a pesar de los exagerados contrastes: esa tela blanca, pureza de lirio sobre la que va a posarse el cuerpo, que brilla; esa oscuridad, esa negrura que rodea al grupo, pues fuera de ellos todo es sepulcro y muerte.

Los beneficios espirituales de la visita del cuadro podrían ser incontables. Creyentes o no, católicos o no, aquellos que tengan la suerte de superar las colas y el calor del verano madrileño, podrán sentir la fuerza expresiva de Merisi, su calidad técnica, su cercanía a lo humano y su capacidad para transmutarlo (como un alquimista del óleo y la imagen) en oro, es decir, en lo divino que subyace al hombre.

Nada menos.

 

Este será el viaje más largo que he hecho en mi vida. Aproximadamente catorce horas de puerta a puerta: dos aviones y cinco mil kilómetros. Me siento nervioso, lleno de preguntas, como un tonel de cerveza con la espuma que sube y sube, pero no debo pensar demasiado en ello o acabaré por obsesionarme. Siempre me ha gustado viajar, aunque nunca lo había hecho a un país que no habría elegido como destino de turismo. La distancia, llega un momento, en que no resulta relevante. El acto de voluntad no puede dejar de serlo. Me siento inquieto, pero también lleno de curiosidad sobre el “Nuevo Mundo” que encontraré.

La impresión del avión es más grande de lo que esperaba: Business Class… el asiento se hace cama, tiene vibración, te sirven de todo en todo momento… Es sorprendente. Si hasta dan bombones de Godiva (a mí no, que tengo menú de diabético jajaja, bendita Travel Manager que está en todo).

Almohadilla, mantita, auriculares supersónicos, películas a la carta, juegos 3D… Y sobre todo el espacio, la amplitud del asiento-cama y el hecho de tener sólo un asiento a mi lado y unos cómodos pasillos a derecha e izquierda que hacen cobrar sentido a esos anuncios de automóviles donde se afirma que el espacio es el auténtico lujo. Supongo que la imagen que doy no es precisamente la de un hombre de mundo, pero me alegra pensar que aún tengo cierta inocencia infantil para descubrir placeres en la vida. La Business Class de este tipo de vuelo de larga duración es algo de lo que siempre había oído hablar pero uno no acaba de hacerse a la idea de que sea posible dormir con el cuerpo completamente horizontal, y pedir champange Chardonnay todo en el mismo habitáculo con alas. Esta es la “oficina” más lujosa en la que he trabajado nunca, sin duda.

Treinta y cinco mil pies de altura, lo que vienen a ser unos diez mil metros; unos cincuenta grados centígrados bajo cero ahí fuera; unos cinco mil kilómetros de camino –se me ha quedado grabado- y aproximadamente siete horas de vuelo por delante…

Trabajo; leo El abisinio un libro que por mí mismo no habría elegido nunca pero con el que me obsequian y me sirve para leer un texto sencillo, sin metafísicas; devoro un artículo sobre la poética ciudad de Shiraz en la revista del avión… Como a eso de las 4:30 a pesar de haber comido en el aeropuerto a la una, ceno unas tapas de verduras sobre finas rodajas de pan y frutas cortadas en tiras, vuelvo a trabajar mientras escucho música de Bollywood (la mejor alternativa en el menú interactivo musical del avión incluía el Imagine de Lennon y todo tiene un límite). Las horas vuelan. La experiencia, inesperadamente, es enriquecedora. Los asientos son tan cómodos que ni siquiera me molesta el trasero en el que suelen clavárseme los huesos al cabo de dos horas en cualquier tipo de silla, sillón o banqueta:

En la pantalla del avión vemos información sobre el vuelo en tiempo real: ahí está el mapa dado la vuelta: el norte abajo, el sur arriba… y Cádiz queda por lo tanto en la parte superior. Luego la trayectoria va marcando nombres con sobrada resonancia para mí: Cuenca, Valencia, Roma, Atenas… La velocidad del cacharro es realmente apasionante, especialmente porque la sensación de estabilidad y el silencio son mucho mayores que en cualquier otro avión que haya tomado nunca. Impresiona sobrevolar la tierra así. Habrá quien ya no lo note, pero me parece un prodigio poder aunar distancias de esta forma. Lástima que no sirva para aproximar entendimientos, aunque estos no se avienen ni entre vecinos separados sólo por un muro casi de cartulina.

La sala de espera de la First Class del aeropuerto de Doha parece un restaurante posh/snob de Nueva York (tengamos en cuenta que mi única referencia son las películas, sobre todo porque no he estado nunca en Nueva York), con sus grandes ventanales, sus pantallas desproporcionadas, su servicio de restaurante, su masaje automático… todo gratis. A pesar de que son más de las doce de la noche el tax free está abierto. Es caro. Pregunto por el precio de unas pequeñas cajas pintadas a mano con motivos como un músico de bello rostro, un ¿derviche?, o un camellero en el desierto. La más barata cuesta más de cien dólares. La “dejo ir”, con pena y esperando encontrar algo con el mismo encanto en Arabia… Con el pasar de los días descubriré que aunque sean una típica compra en este país no son producto nacional sino, como las alfombras, de Irán. Un producto de hueso pintado por artistas, me lo confirman. Luego veré algunas más pero ninguna tendrá el encanto de aquellas que encontré en este aeropuerto y no volveré a preguntar precios.

El embarque es muy rápido. El autobús que nos lleva al avión a la gente de business, apenas tiene diez o quince plazas, es tan cómodo como el avión o la sala de espera. El recorrido por las pistas dura varios minutos, el aeropuerto parece gigante en mitad de la noche, lleno de luces que se mueven… aunque es posible que el cansancio me haga sentir más grandes las distancias que recorremos. Es una vigilia extraña, mitad de ensoñación, mitad sin sueño. Apenas he notado la bofetada de calor los pocos pasos entre el edificio y el autobús que me lleva al avión, pero a pesar de ser ya casi la una de la madrugada no debe haber menos de 30 grados de temperatura. El aire es abrasador y pesado de polvo, arena desgastada de chocarse contra ella misma.

En el segundo avión apenas pasamos cuarenta minutos y nos dan zumo de naranja, una ensalada, fruta cortada… Es casi tan lujoso como el primero salvo por el detalle de que el asiento no puede convertirse en cama.

Después el desembarque es directamente a la terminal, sin autobús, sin cruzar pistas, a través de uno de esos brazos mecánicos que unen los edificios con los aviones. Salgo de los primeros y es uno de los mejores momentos en los que he decidido tomar la delantera: al final de unos interminables pasillos (una vez más el cansancio por las catorce horas que han pasado desde que salí de casa en Madrid, y el sueño por la hora me hace ver todo mucho más interminable y pesado) llego a la aduana. Solo hay tres policías en la aduana y solo uno de ellos es para el tipo de visas internacionales que yo llevo. Delante de mí hay como once indios -¿o serán pakistaníes?- y compruebo con desolación que tardan varios minutos para un solo control: toman las huellas dactilares de todos los dedos, primero cuatro de la mano derecha, luego cuatro de la mano izquierda, luego los pulgares; toman fotografía –sin gafas-; anotan en el ordenador los datos del pasaporte y la tarjeta de embarque… Calculo una hora más de espera, de pie, con temor a que mi taxista se largue y me deje en tierra sin saber si encontraré taxistas que hablen en inglés (doy por sentado que ninguno lo hará en castellano) para explicarles dónde voy.

Pero la suerte me acompaña y después de veinte minutos, un segundo policía se hace cargo de los siete indios que quedan y yo puedo pasar por fin y encontrar camino a la salida donde un cartel con mi nombre me hace respirar aliviado: el conductor sabe lo que es este país y lo que es la aduana y no se ha ido a ninguna parte.

Siguen cuarenta minutos de circulación en silencio por autopistas de tres carriles por cada lado, ligeramente por encima del desierto, que a veces se asoma y llena la mediana de ondas de arena gracias a la colaboración del viento. Las luces aparecen difuminadas por esta atmósfera de polvo que todo lo envuelve, la visibilidad es reducida y no solo por la oscuridad de la noche… Entre el horizonte, además de las pequeñas matas grisáceas que no distingo muy bien y que no entiendo cómo pueden sobrevivir nutriéndose de la sal y el polvo, empiezan a aparecer edificios: hoteles a medio construir, fábricas de coches, adosados residenciales de pésimo gusto, automóviles cuyos cristales están casi cubiertos de arena… Esto parece un cinturón industrial de ciudad, pero además rodeado de desierto rebelde y ventoso. Esta impresión será la que me confirme la ciudad de Al-Khobar: toda ella parece ser así: terrenos baldíos donde aparece el desierto continuamente, seguidos por manzanas de casas de hormigón, habitualmente bajas y con poca gracia y altos monstruitos de cristal y acero, muchos a medio construir. Y, de tarde en tarde modernos centros comerciales con los nombres de las marcas más occidentales que puedan imaginarse. El concepto de cruce de calles totalmente pobladas y estructuradas no aplica a Al-Khobar.

Apenas nos cruzamos con otros coches. La ciudad está callada. Cuando giramos a la derecha para abandonar la autopista me siento aliviado: estamos llegando al destino. Y cuando por fin veo el hotel me alegro de haber buscado fotografías en Internet, es como si fuera la primera cosa “conocida” en este viaje que desasosiega por la hora, por el destino y sus leyes, por la soledad y la duración del mismo. Se trata de un edificio de una sola planta, con pasillos alfombrados y aire acondicionado ruidoso pero necesario: afuera la noche es infernalmente seca y cálida, más bien seca como un cadáver momificado. A pesar del ruido del aparato caigo rendido en la cama: en tan solo cuatro horas tengo que levantarme. Ha sido un día tenso y cansado.

El despertar me trae un día sonámbulo, irreal, algo torpe, incluso. Viene a buscarme en un todoterreno, algo muy común aquí, un español llamado J., encargado de la seguridad y de mil pequeños quehaceres. Para mi sorpresa el camino dura aproximadamente dos minutos. La oficina casi forma parte de la muralla del  complejo residencial (está justo detrás), pero nadie va andando por el sofocante calor que hace pesados los pasos y dura la respiración. Me presentan a mucha gente cuyos nombres no consigo retener el primer día… Empieza mi larga sucesión de entrevistas, tan apretadas que no nos da tiempo a salir del compound para comer. El restaurante de la “urbanización” está frente al hotel y tienen un buffet de comida india y europea. Todo en la zona, salvo tres o cuatro edificios empresariales, son viviendas y locales bajos que van perdiendo en lujo según uno se aleja de la puerta principal para convertirse casi en chabolas cuando se trata de las casas de filipinos e indios que atienden el hotel y el restaurante. El contraste me golpea un poco. Este será un recinto muy europeo o americano (las urbanizaciones de casas bajas con pequeño jardín me recuerdan a un libro de Cunningham), pero no todo es nivel europeo. Por las dos noches siguientes caminaré después de la cena por todo el lugar. Me gustará el edificio de una gran compañía china, especialmente. En su fachada dos fotografías de ¿príncipes árabes? de gran tamaño. Llevan el pañuelo tradicional sobre sus cabezas y esas medias barbas tan características. El petróleo construye inesperados entramados internacionales, y funciona como un magnífico pegamento líquido para unir materiales tan supuestamente distintos como la porcelana asiática y la esencia árabe.

            Por las noches, que caen mucho más rápidamente que en la península ibérica a estas alturas del año, el cielo no llega a ser negro, sino de un morado oscuro sin estrellas que se aclara casi en un blanco manchado hacia la línea del horizonte. Llego a ver a unos jóvenes intentando jugar al baloncesto en una cancha cercana al edificio empresarial que mencionaba antes, y a un hombre haciendo footing. Me pregunto cuánto tiempo llevan aquí para haberse acostumbrado a esta atmósfera y ser capaces de hacer ningún tipo de ejercicio a pesar de la misma. También veo a algún caminante solitario como yo… ¿Dónde irán? ¿Tendrán algún destino en este campo de casas, algún amigo al que visitar? ¿O deambularán en busca del tiempo perdido hacia la nada, mero cruzar el espacio y el presente al igual que lo hago yo?

            El segundo día no se diferencia gran cosa del primero. La sensación de ser un filete de carne en el microondas es la misma en cuanto que salgo de la oficina, cosa que hago solo ya avanzada la tarde, para seguir trabajando en el hotel. Creo que esas ondas del famoso cacharro que ha revolucionado la vida de la cocinera casera, invisibles pero que remueven las moléculas por dentro, son algo similar a estas bolsas de aire ardiente donde la arena y la polución no se ven (puro polvo que se entrechoca años y años contra sí mismo hasta hacerse microscópico) pero igualmente remueven por dentro y calientan los pulmones y los órganos, empequeñeciéndolos, abrasándolos.

            La mayor diferencia consiste en la comida. Salimos en coche y recorremos diez minutos una carretera en obras, rodeada de desierto y, a más de medio kilómetro,  también por algunas casas. En lo más inopinado del ¿camino? surge un moderno Holiday Inn que brilla europeo y moderno. Y en su interior, tras una recepción con tienda y agencia de viajes incluidas, un restaurante de buena comida norteafricana/árabe: humus, ensaladas de garbanzos… e india. Bufet riquísimo que termina con una amplia mesa de delicatesen dulces donde reinan los baklavas y tras ellos, reyes invitados de la Francia del XVIII, los macarons minúsculos. La riqueza culinaria y cultural es tan grande que puedo sentirme feliz con el eclecticismo y el tesoro humano que tenemos siempre al alcance de la mano en el mundo en el que vivimos.

Pero es el tercer día el que hace saltar por los aires algo que parecía el orden establecido para todas las jornadas de mi estancia. El Jefe de la Oficina ha regresado de un viaje y él me abre las puertas de Arabia. Lo conocí hace un par de años en Madrid y nos unió la Cultura, el Arte, la Historia. En un mundo de ingenieros no es común compartir este tipo de ¿aficiones? Pero entonces, en aquel primer encuentro, estaba lejos de descubrir al hombre que entreveo durante los dos días que restan de mi estancia: ciento cuatro países a su espalda, cientos de nombres, calles, plazas, personas, monumentos y rincones registrados en una memoria prodigiosa y toda una existencia de continuo crecimiento y contacto directo con el mundo que lo convierten en un baúl sin fondo de conocimiento. Él me llevará a Baréin y me mostrará ciertas tripas de la ciudad en la que estoy trabajando estos días. En su sangre hay, desde el nacimiento, una combinación de nacionalidades que encuentra un equilibrio perfecto entre el caballero inglés y el caballero español, con el sentimiento profundo de anfitrión árabe que siempre provee la mejor hospitalidad.

Baréin es una pequeña isla que, en palabras de mi cicerone, vive de la buena voluntad de Arabia a la que está unida por un puente y viaducto combinado de 26 kilómetros, construido por una empresa holandesa y conocido como la Calzada del Rey Fahd. A pesar de sus 25 años resulta contemporáneo, sólido, convincente, muy avanzado para su tiempo. Los novedosos rascacielos, alarde de ingeniería, tienen algo que llama mi atención y es su gusto por el color, algo que puede también verse en los letreros luminosos que adornan y anuncian los comercios de la ciudad. Pierdo la ocasión de mirar al cielo a los pies de uno de ellos, pero no de disfrutar de una cena exquisita en un piso cincuenta y dos desde donde la urbe se muestra, encendida y nocturna, moderna y, a pesar de todo, ancestral, misteriosa. ¿Será quizá por el calor del desierto que subyace al hormigón, al acero y al cristal?

La visita se completa con un paseo por un Centro Comercial donde las marcas internacionales lo copan todo: Zara, Starbucks, H&M, etc. Es casi inevitable comentar el prodigioso caso de Amancio Ortega y su estudio por universidades británicas de prestigio. Sin embargo, el edificio tiene el gran acierto de mantener pequeños detalles de la arquitectura musulmana tradicional: arcos de herradura, los elementos que evocan celosías para ver sin ser visto, cúpulas gallonadas… Esta arquitectura moderna que al menos rinde su respeto a las raíces culturales me reconforta… “Ay del pueblo que olvida su pasado / y a ignorar su prosapia se condena” (Manuel Machado dixit). Para gustos muy sensibles o puristas la mezcla de ingeniería, objetivo comercial, marcas occidentales y guiños a la cultura y al pasado es tan ecléctica que resultaría venenosa en grado sumo.

He de lamentar tan solo una cosa: el monumento a la perla ha sido destruido porque en torno a él se concentraban las protestas que se han generalizado en el norte de África y parte de la península arábiga en este 2011 del calendario gregoriano. Me cuenta mi guía que estos pueblos, antes de la aparición del petróleo, eran pescadores de perlas, y aquella era la escultura que evocaba ese origen. Mi mente vuela imaginando a los nadadores que se sumergían en las olas para encontrar su tesoro y su sustento y recuerdo cuentos africanos muy antiguos que mi prima ML me regaló hace ya muchos años. Se trata de formas de existencia ancestrales en las que ya el hombre había identificado la joya y su belleza, el brillo nacarado de ese grano de arena convertido en pieza de adorno de cuerpos y armas y muchos años más tarde también de libros, por ejemplo. La belleza como concepto que salva, que hace la vida mejor, va más allá del precio, del valor comercial que el objeto, por escaso, pueda alcanzar. Y ya los antiguos los sabían perfectamente.

Es de noche mucho antes de emprender el regreso. Me siento pletórico: aunque sólo hayan sido unas horas, he pisado otro país y otra ciudad terriblemente diferentes de Arabia y Al-Khobar de los que solo veintiséis kilómetros de mareas los separan.

El último día  la suerte vuelve a hacer acto de presencia en mi vida. En verdad me pregunto si ha dejado de hacerlo; he nacido bajo el auspicio de una estrella dulce cuyo brillo aumenta cuando ya estoy preparado para aguantar su nuevo grado de calor. Las dos últimas entrevistas se cancelan por razones ajenas a mí: uno de los candidatos es enviado a una obra lejos de la ciudad donde estoy; al otro, lamentablemente, le informan del fallecimiento de un familiar. Esto se traduce en dos horas que puedo adelantar mi salida de la oficina y, por lo tanto, multiplicar mis visitas a la ciudad y mis visiones sobre ella.

Pero empecemos por la mañana, durante la que visito una institución pública inmensa. De camino a la misma veo por primera vez a la luz del día las calles de la ciudad. No conozco un mapa aproximado de la misma, ni su orientación. No sé si estoy en el centro o más bien en las afueras, pero la luz lo ilumina todo volviéndolo blanquecino o amarillento… Profesional y personalmente este es un gran paso para mí. La citada hospitalidad árabe sale también el paso y me invitan a probar ese café árabe que volveré a beber dos veces más durante el día de hoy. Ese grano no tostado, sino calentado como té que le da al agua una calidad de oro… o mejor de cobre. El sabor es intenso, evocador e intenso. Tiene un último regusto a óxido, a metal añejo pero también brillante.

Por la tarde empezaré por una librería donde he pedido ir para encontrar algún volumen sobre este país en el que estoy ; después me llevarán a una tienda de alfombras donde la belleza de los diseños (de los 2.000 nudos de seda por centímetro cuadrado poco sé y de la técnica para llegar a estos resultados tampoco, aunque el número asombra) me atrapará dejando mi espíritu perdido entre los laberintos de motivos vegetales y geométricos de estas finísimas obras de arte que parece mentira que hayan sido diseñadas para estar bajo el pie del hombre. A mi mente regresan viejas clases de Arte de la escuela: lacería, ataurique… prohibición de la imagen humana que, a pesar de todo, aparece en algunos de estos productos fabricados en ese Irán donde nació la civilización y el refinamiento continúa hasta el día de hoy. Y terminaré esta primera visita por la ciudad en una joyería yemenita donde los anillos y las pulseras, las gargantillas y las sortijas son delicadas y elegantes, especialmente cuando reproducen modelos orientales; y en una tienda de regalos, si puede denominarse así, donde se dan cita los objetos marroquíes como las lámparas, los muebles de oscuras maderas, los trabajos indios y algunos productos de la artesanía local como armas enmarcadas.  Después este guía excepcional me devuelve al compound donde me reencontraré con J., quien completará mi visión de la ciudad con un paseo en coche por la noche “Al-Khobareña”: el barrio elegante con su gran avenida, la corniche con su Burger King y su McDonalds y finalmente las tiendas de ropas tradicionales, monedas austriacas y esencias y llaveros con gotas de petróleo. J. sabe mucho del Islam, pero también de Historia. Y resulta ser un gran conversador que ha desarrollado un importante conocimiento sobre un imperio que siempre he ignorado: el otomano. De ahí, me explica, o cree él, que puedan encontrarse en este rincón del mundo monedas austriacas de la época de María Teresa, pues los turcos estuvieron dos veces a las puertas de Viena, aunque en ambas ocasiones fueron expulsados. Me olvido de preguntarle si conoce que precisamente de esas incursiones bélicas nació el capuchino y el cruasán, que evolucionaron a lo que hoy llamamos de igual manera aunque hayan variado de forma.

En este entramado de calles donde un centro comercial (sobre todo de tecnología por lo que me parece ver) comparte espacio con casas bajas de dudosa estabilidad, veo mil nacionalidades: indios, pakistaníes, indonesios (¿o serán chinos?)… y por supuesto sauditas traicionando la visión tradicional que se tiene desde fuera del país. Veo mujeres de rasgos orientales, una de ellas hablando enérgicamente por teléfono, y ninguna de ellas con el rostro tapado, ni siquiera los brazos. Después de la imagen de la esposa tradicional, acompañada por el marido, y a la que las negras telas le cubren todo salvo los ojos (a los que no se debe mirar) lo que sorprende es esta libertad “occidental”.

Terminamos en un restaurante, comiendo en el suelo, con la mano, el famoso arroz con cordero, menos dorado y crujiente que el español pero de rico sabor. Aquí tomo la mayoría de las pocas fotografías que me he tenido oportunidad de echar a lo largo de este viaje que termina. La decoración, con un desierto de colores contrastados en rojos y amarillos y camellos que lo atraviesan parecen una “trampa para turistas” ávidos de aventura… pero no por ello resulta menos bello, especialmente cuando se estampan contra ellos las sombras de las lámparas. Aquí lo habitual es comer deprisa y volver a los quehaceres que sean. Nada de la sobremesa que nos caracteriza en España, con la charla, el café, y el detenimiento entre plato y plato. Aunque algo de eso le imprimimos nosotros a este momento.

Apenas he observado por la mirilla de una puerta a este mundo musulmán y a este país de miles de kilómetros de desierto pero puedo decir que me ha noqueado por las diferencias con el nuestro, por la dureza del paisaje, por la variedad de sorpresas que salen a mi encuentro…

En la última etapa del viaje apenas duermo dos horas para que J.J. me lleve al aeropuerto a las dos de la madrugada. Es un conductor indio, tranquilo y sonriente al que le gusta la música country (que vamos escuchando mientras las dunas del desierto juegan a dola a ambos lados de la carretera) y Shakira. ¿Quién me iba a decir a mí hace tan solo cuatro años que tendría la ocasión de pasar una madrugada oyendo viejos hits de Shania Twain en un 4×4 en las desérticas y oleosas tierras de Arabia? Es un final tan peculiar y heterogéneo como ha sido toda mi visita. Tengo que pensar, pero estoy demasiado somnoliento.

Es hora de volver a casa.

¡Ah, tiempo, cómo huyes, como te escapas entre mis dedos! ¡Cómo engañas al ser humano si no existes, si sólo hay momento presente y lo demás es invención de la mente, recuerdo y humo! Pasan los días y tengo pendiente una deuda con esos pedazos de Italia que pueden encontrarse aquí, en este rincón nunca perdido ni perdible de la isla que arruinó en parte al imperio español con su pragmatismo y su falta de escrúpulos… O quizá es que uno siempre puede encontrar aquello que ama allá donde va: Italia en Londres, Londres en Madrid, la gente que amo en todas partes.

Contaba hace unas semanas, en la primera parte de este artículo caótico cual Roma, cómo, algo ofuscado por mi pasión borgiana, tan intensa como imposible de cumplir, pues nunca tendré frente a frente al objeto de mi deseo –necrófilo, pedante y absurdo-; algo presa de la ira por la disposición absurda de los museos y por los comentarios de sus cientos de visitantes cuando están en el itinerario marcado por las guías que escribió quien probablemente nunca estuvo allí; triste por no poder siquiera conocer el rostro de ese personaje que me ha fascinado por su leyenda y la fugacidad intensísima de su aparición en la Historia; me dirigía hacia la salida por el ala Sainsbury del museo. Como buen animal de costumbres entro siempre por su fachada principal y termino dejando el edificio por la misma puerta giratoria del lado que acabo de mencionar. Pero, ¡oh sorpresa!, había alguien esperándome. No sé cuánto tiempo llevaría allí. Podría ser desde la primera visita que hiciera a este lugar hace ya casi nueve años o puede que no: una de las cosas que me sorprende de la National es la perenne danza de los cuadros que siguen buscando su ubicación definitiva como si estuviéramos en la casa de una familia esquizofrénica y testaruda que se fuera cambiando las cosas de sitio continuamente; o como si los cuadros estuvieran vivos y jugaran al escondite, a cambiar de pared para poder charlar con otros viejos amigos o para buscar diferentes ángulos de la luz, quizá demasiado potente aquí para un flamenco, o un poco en sombras de más para un mediterráneo. En cualquier caso allí estaba, en la misma sala que el Melone, un retrato de Palma el Viejo, ni siquiera uno de sus más famosos. Un retrato, ¿de quién? He ahí parte del misterio.

Antes de desvelar lo que el lector se estará preguntando ahora, utilicemos esa técnica de los bestsellers y las telenovelas y suspendamos la respuesta para generar una inquietud en quien nos está leyendo con el objetivo mantenerlo interesado, buscando la solución al rompecabezas de la identidad del personaje. Hablemos, siquiera por encima, de la gran Italia que despierta al Arte y al placer después de siglos de esfuerzos y que desarrolla una forma nueva de pintura. Hablemos de esa lista de nombres que genera escalofríos si uno piensa en la concentración de genios por metro cuadrado y década: Alberti, Giberti, Ghirlandaio, Ucello, Verrochio, Fra Angelico, Piero de Cosimo, Mantegna, Boticelli, Leonardo, Miguel Ángel, Brunelleschi, Donatello… esa lista que eclipsa a todos los grandes artistas que fueron a su sombra y que, a pesar de su fama y mérito, empiezan a sonar a “algo de lo que oí alguna vez hablar”. ¿Cuántos hombres y mujeres de a pie de la Suecia de nuestros días, por ejemplo, sabrían darnos unos apuntes de la vida y obra de Palma el Viejo o mencionar el nombre de uno solo de sus cuadros? Yo no habría sabido hacerlo hasta que me crucé con este en un paseo involuntario camino de una salida en un viaje por motivos de negocios. Dejo a la elección del lector investigar o no sobre el pintor del cuadro que motiva el artículo. Pero hablemos por fin del modelo.

   ¿Qué tenía frente a mí? Un hombre joven, de media melena de destellos dorados, algo rígida en sus tres grandes ondas; con la mirada perdida en un horizonte melancólico; teniendo a su espalda, a forma de corona natural unas grandes ramas de laurel. Colgando del cuello, y apoyado en el pecho, un delgado hilo de oro da varias vueltas irregulares. Las arrugas de su camisa están captadas a la perfección, la piel animal que le cubre parece suave, densa… En sus labios, cortos y anaranjados, se dibuja una sonrisa tenue, más marcada que la de la Mona Lisa y más  inocente que las de Antonello da Messina. En la esquina derecha del cuadro un libro puesto en pie, sostenido por la mano izquierda del personaje. De este último elemento, las ramas de laurel (típico premio de poetas), y de la fecha atribuida al cuadro (1516), que fue la de la primera publicación del Orlando furioso, se ha deducido quién podría ser el protagonista del lienzo. Estaríamos, por tanto, frente a Ariosto, el famoso escritor. Pero el cuadro se llama “Retrato de un poeta” (Portrait of a poet), es decir, que la atribución no se da por segura.

Una vez más el anonimato. La historia se traga en sus fauces inmensas detalles, como la personalidad de este retratado, cuyo nombre probablemente permanecerá oculto hasta el día del Juicio.

Mi mente volaba, a través de sus ojos, perdidos en o se sabe qué pensamientos u horizontes de puesta de sol, a la ciudad de Ferrara, en cuya corte se publicara la mencionada primera versión de su obra. Hércules de Este (ya su padre fue casi el primer mecenas de la ópera) hizo de  esta ciudad un centro cultural de primer orden, y en ella vivían, entre otros, el mencionado Ludovico Ariosto, Giovanni Bellini o Petrarca, e incluso Tiziano, que pintó para su Cámara de Alabastro (camerino d´alabastro hoy desaparecido y con las obras dispersas entre otras colecciones, entre otras el Prado de Madrid) Ofrenda a Venus y La bacanal de los Andrios. En aquel poema histórico de Ariosto se mencionaban a diversos personajes de su época, como Isabel de Este o Lucrecia y César Borgia. La segunda de ellas fue, además, la primera esposa de Hércules de Este, y como tal Duquesa de Ferrara, la ciudad que patrocinó al escritor a través de un hermano del Duque, el cardenal Hipólito.

La ciudad, tan respetada en su época, bajo la protección del rey de Francia, es hoy una de las perlas más desconocidas en la península, a la sombra de las sempiternas Florencia, Venecia, Roma, Nápoles o incluso Milán. La familia de Este, por su antigüedad, gozaba de un sólido reconocimiento durante el Renacimiento, y fruto del mismo el Papa tuvo grandes problemas para conseguir que aceptasen a Lucrecia como esposa de Hércules, teniendo que utilizar no sólo una inmensa dote (trescientos mil ducados, si no recuerdo mal, que fueron contados y comprobados minuciosamente por los representantes del duque, famoso por su control del gasto) sino toda su influencia política y la de su hijo en aquel momento que no eran cosa menor en la Italia de las ciudades-estado y frágil equilibro de poder.

Todo glorias efímeras. Ferrara hoy es casi lugar de paso. De Palma Vecchio se acuerdan los estudiantes de arte y los estudiosos del Renacimiento. A Ludovico Ariosto, cuyo nombre todavía guarda importantes ecos lo leen un número ridículamente pequeño de personas. El cuadro de César Borgia, que mencionaba en la primera parte de este artículo, está colgado demasiado alto y los brillos de la iluminación impiden verlo en cierto detalle. El propio poder de papas, duques y reyes, es una línea en las enciclopedias, o una página web en el espacio infinito de la red…

Y sin embargo aquí estaba este retrato para atrapar mi mirada, para decirme, cientos de años más tarde, que hubo un poeta que Palma Vecchio pintó con maestría, un soñador que deleitó la vida de sus contemporáneos con historias de pasión y ritmo sofocantes o quizá con lánguidos poemas de amor cortés como las cartas de Pietro Bembo tan queridas por Byron.

A veces es posible viajar en el tiempo y en el espacio. A veces es posible robarle al tiempo su capa de olvido y dejarlo desnudo, incapaz de borrar determinados nombres que se han grabado con fuego –o con tinta, que es aún más resistente- en lo que constituye el gran legado de los hombres: el Arte.

Una vez más regreso a Londres con las prisas bajo el brazo y mentalizado a ver tan sólo la ciudad de noche con todos los organismos oficiales, museos y teatros ya cerrados. A pasear entre las ráfagas de su helado viento de invierno y a deleitarme con todo lo que la ciudad tiene que ofrecer en tipos, diseños y coloridos una vez que se encienden las discretas farolas londinenses.

Sin embargo, en una escapada a la hora de la comida (hay veces que uno prefiere alimentar la mente y el espíritu que la barriga), me deslicé hasta la National Gallery dispuesto a encontrarme con algún tesoro. Mi costumbre en las pinacotecas es centrar la visita en uno o dos, o a lo sumo tres cuadros. Puede tachárseme de cretino, o puede pensarse que sufro del Síndrome de Stendhal. Quizá tiene más que ver con lo segundo, pero quién sabe hasta que punto es lo primero. Mi verdad es que después de observar detenidamente uno o dos cuadros pierdo la capacidad de contemplación, y si sigo por muchas salas acabo por marearme, incapaz de fijar la vista en nada y buscando la salida y el aire fresco a ser posible. Cosas de los excesivamente sensibles, supongo.

El caso es que, en esta ocasión, no me había fijado ningún destino concreto y rondaba mi cabeza, como de costumbre, acercarme a ver uno de sus Grecos o el Moreau que adorna las paredes de seda de la National. Pero el Borgia vino a mi encuentro, por supuesto.

Hablaré de él y de leyendas… pero iremos aún más adelante con otro misterio y una identidad por desvelar.

Me explico.

En primer lugar -despistes de ratón de biblioteca- no me había nunca dado cuenta que en este preciso lugar se encuentra un supuesto retrato de César Borgia, mi loado príncipe renacentista. La culpa es, desde luego mía, pero también de los libros y biografías en los que es posible encontrar afirmaciones contradictorias y datos poco precisos sobre el emplazamiento de los cuadros con que se ilustran. Este suceso es muy digno de estudio porque, biografías muy competentes y serias acaban indicando autores erróneos, fechas equivocadas y museos donde no se encuentran los cuadros con los que se completan los libros. Me parece adivinar que los escritores, muy dados a la investigación sobre el papel, pero muy poco tendentes a moverse de su silla, y de medios económicos limitados, acaban creyendo lo que afirman obras ya antiguas (los cuadros cambian de lugar y de colecciones con el paso del tiempo, aunque a algunos les parezca un crimen o un imposible, y los especialistas y los restauradores confirman o desmienten autorías), o lo que se dice en Internet, magnífica herramienta con mucha información poco veraz. El resultado de la falta de investigación “de campo” es, en definitiva, que tengo muy curiosas contradicciones entre autores y acabo por no fijarme en exceso en lo que dicen de los lienzos… cuando dicen algo.

Pero allí estaba el calumniado, odiado, temido, admirado y dinámico personaje, de perfil a mí pero mirando con el rabillo del ojo pintado. Yo sabía que me estaba viendo.

A Melone se ha atribuido el retrato más “elegante” y más difundido sobre César Borgia, aunque la autoría ha estado siempre discutida y su ejecución fue posterior a la muerte del Capitán General de los Ejércitos de la Iglesia. Sin embargo el cuadro al que me estoy refiriendo no es ese retrato sino a “El camino a Emaús”, en alusión al episodio bíblico de la aparición de Cristo a dos de sus discípulos que no le reconocen hasta que parte el pan. El paisaje tiene un algo del misterio sin explicar de Giorgione y las elecciones como el gorro y el bastón de peregrino para Cristo son curiosas. Pero lo más llamativo del cuadro es que se ha llegado a decir que el modelo para Jesucristo fue, en la mente del pintor, César Borgia.

La cosa tiene su gracia porque forma parte de la política de descrédito y leyenda negra de la familia. Pero las atribuciones de rostros de su entorno en representaciones divinas tienen ya una larga tradición: también se afirmó que Julia la Bella (supuesta amante del Papa) había sido la modelo para una Virgen que en el lienzo el propio Alejandro VI adoraba arrodillado. La realidad es que tal pintura no existe (o se ha perdido) y el Papa sólo aparece en los Aposentos Borgia, adorando a un Cristo resucitado.

Pero, ¿tiene base la afirmación de que este Cristo responde a los rasgos faciales de César Borgia? ¡Ah, eso es difícil saberlo! A pesar de llevar años buscando su rostro, la única representación contemporánea sería el dibujo que da Vinci hizo durante el tiempo que trabajó para él como ingeniero militar. En este caso tampoco hay certezas. No se sabe si el retratado era César. ¿Qué tienen en común los retratos, bien atribuidos, bien posteriores a su muerte? La barba y un rostro de cierta belleza juvenil, llena de energía. Poco más. El caso de este Cristo que nos ocupa es delicioso, con una nariz perfilada y larga, delgada; una piel blanquísima; la barba y el cabello algo difuminados; y unos ojos entornados que parecen a primera vista cansados y guardianes de secretos, y a medida que uno se acerca ligeramente entrecerrados, como midiendo o analizando al rival o al interlocutor, láser psicológico de gran agudeza. El lienzo se pintó entre 1516 y 1517 luego resulta difícil pensar en que se trate de alguna alegoría sobre la “Resurrección política” de César, pues ya había recibido sepultura en Navarra nueve o diez años atrás. ¿Sería entonces metáfora de su Resurrección verdadera? Tremendamente dudoso. ¿Por qué elegir este modelo cuando los Borgia habían dejado de ostentar el poder en Italia, o al menos el gran poder? La polémica podría ser una forma de vender del autor, pero mostrarse del lado de una familia caída en desgracia poco le habría de reportar en una Italia de pequeños Estados donde el odio por estos catalani, como los conocían en la península vecina, había dado lugar a una de las leyendas más oscuras y macabras de la Historia, la misma que, paradójicamente los ha mantenido vivos a pesar del “corto período” de su fortuna y su limitado poder si se los compara con reyes más bien olvidados como Felipe III de España o Jorge IV de Inglaterra, por citar dos ejemplos.

Para hacer las cosas más complejas y veladas el cuadro está a una segunda altura, muy por encima de mi cabeza (¿a quién se le ha ocurrido la genial idea de poner un inmenso cuadro encima de otro inmenso cuadro a metros de la vista del visitante?). Y los tubos eléctricos y la luz generada forman terribles reflejos sobre las capas de barniz (imagino) que habrá acumulado el cuadro, lo cual hace más difícil (imposible) hacer una valoración de cerca de la obra, aproximarse a este rostro que siempre huye, como si siguiera usando las máscaras que tan famoso lo hicieron en el último período de su vida italiana. Para compensar la National Gallery tiene una magnífica página web donde es posible aproximarse bastante a la fotografía del cuadro. Invito a mis lectores que lo hagan y que me cuenten cuáles son sus reflexiones sobre este rostro. No pude detenerme mucho tiempo. La impotencia de no tenerlo más cerca, estando en la misma sala que él me ofuscó. Se me escapaba, se me sigue escapando como un rayo de luna, como el duende al final del arco iris, como la piedra filosofal. César, César… tus huesos siguen esperando regresar a suelo sagrado, tu rostro se esconde de cuantos queremos conocerte, tu historia sigue enmarañada, tremendamente oculta bajo manchas de calumnias, envidias y terror. Te sigo de cerca y juegas conmigo. Tu seducción surte efecto.

Con todo, y ya era bastante, mi visita a la National no estaba concluida. Un segundo lienzo atraparía mi atención y un segundo misterio vendría enlazado a él… Pero eso lo contaré en la segunda parte de este artículo.

“Most of those at court who dared to support Katherine, and later Mary, were women. The influence of this on the pricess has been underestimated”.

Página 62.

“La mayoría de los miembros de la corte que tuvieron el valor de dar su apoyo a Catalina, y posteriormente a María, fueron mujeres. La influencia de este hecho en la princesa ha sido infravalorada”.

Traducción personal.

“The physicians were not allowed to speak to Mary without witnesses and they were to converse only in English. Nowhere was the precise nature of the illness spelled out. Current medical opinion suggest that Mary suffered from dysmenhorrea (acute period pain)”.

Página 103.

“Los médicos no estaban autorizados a hablar con María sin testigos y sólo en inglés. La precisa naturaleza de su enfermedad nunca fue explicada con detalle. La opinión médica contemporánea sugiere que María sufría de dismenorrea (menstruación dolorosa)”.

Traducción personal.

“Henry’s unquestioning acceptance of the guilt of the woman he had lived with for nine years is remarkable. Theirs had been a great love and he abandoned it on the basis of evidence that even Annes’s enemies found incredible [...] Emotionally he was a strangely fragile man with an infinite capacity to feel sorry for himself. He also knew how to get others to do his dirty work and expected complete, unquestioning loyalty”.

Página 117.

“La aceptación sin dudas de la culpabilidad de la mujer que había vivido con él durante nueve años es digna de destacarse. El suyo había sido un gran amor y él lo abandonó basándose en evidencias que ni siquiera los enemigos de Ana encontraron creíbles […] Emocionalmente era un hombre extrañamente frágil  con una infinita capacidad para sentir pena por sí mismo. También sabía cómo hacer que otros hicieran el trabajo sucio en su lugar y esperaba completa y ciega lealtad”.

Traducción personal.

“The great rebellion known as the Pilgrimage of Grace [...] One of their demands was ‘that the Lady Mary may be made legitimate’. It proved that she retained a place in popular affection and that she was still a political presence”.

Página 125.

“La gran rebelín conocida como la Peregrinación de la Gracia […] Una de sus demandas era que María fuera legitimada. Lo cual prueba que ella aún tenía un lugar en el afecto popular y que era de hecho aún una presencia política”.

Traducción personal.

“She also knew the political power of symbolism when she entered London in March 1551 with all her retinue provocatively wearing rosaries. And she was keen to maintain the mysterious practice of touching victims of scrofula, the skin disease known as ‘the king’s evil’, which emphasised the sovereign’s mysterious and divine powers of healing”. Pág 365.

“Ella también conocía bien el valor político del simbolismo cuando entró en Londres en Marzo de 1551, con todo su séquito llevando rosarios, provocativamente. Y estaba a favor de mantener la misteriosa práctica de tocar a las víctimas de escrófula, la enfermedad cutánea conocida como ‘el mal del rey’ que enfatizaba los misteriosos y divinos poderes de sanación del soberano”.

Traducción personal.

Hace ya un año dos amigas me regalaban una biografía de María I de Inglaterra, la mal conocida como Bloody Mary (The first Queen of England. “The Myth of Bloody Mary“, de Linda Porter) Mi intención es que sea la primera de una considerable colección, a pesar del enorme silencio y desprecio que le han dedicado en los últimos casi cinco siglos, los resentidos protestantes, e, inexplicablemente, también los historiadores católicos.

Siempre le tuve un extraño cariño a esta mujer fuerte y frágil, reina y víctima, de la que quería saber más. Mis continuos comentarios sobre le tema (lo reconozco, soy muy obsesivo: los Borgia, Marta Sánchez, el Egipto faraónico, María I, Londres, Roma… mis referentes y mis mundos de escape, mi yo más profundo) hicieron que estas dos amigas se pusieran en marcha para comprobar que no había ningún libro disponible sobre esta reina en las librerías de primera mano en España y tuvieron que acudir a Internet para encontrar, más allá del Océano Atlántico, una obra por la que tuvieron que pagar costes de envío extraodinarios sin duda pues la urgencia les apremiaba para llegar a tiempo a la fecha de mi cumpleaños).

Uno podría temer que una autora norteamericana no entendiera el mundo continental y especialmente unas raíces españolas (o hispánicas, como se prefiera). También podía uno preguntarse si la tendencia a la novela romántica haría de la biografía un mundo de emociones y cartas entre los monarcas como si su historia fuera la de El cuaderno de Noah. Pero nada más lejos de la realidad. La soberbia objetividad de la biógrafa es destacable. Eso no quiere decir que se muestre fría y lejana del personaje, pero sí que es capaz de reconocer sus logros y sus errores, sin aspavientos. Pone el acento en aquello que considera importante y sabe sacar brillo de los logros que otros han silenciado, pero también reconocer las faltas de una reina cuya terrible experiencia vital condicionó su reinado, aunque no en la forma en la que habitualmente se nos ha transmitido.

Y, una vez más, uno tiene que reconocer que la ficción nunca es capaz de urdir argumentos tan increíbles como la realidad, como la Historia. No hay obra más apasionada, brutal, emotiva e improbable como la vida misma. A lo que hay que añadir que el Renacimiento fue, en toda Europa, una época de sangrantes contrastes entre lo excelso y lo inhumano. Lo de sangrantes, he de añadir, en un sentido metafórico tanto como literal. María fue una mujer que sufrió enormemente por la razón de estado. Su padre la separó muy pronto de su madre, con quien tenía prohibido comunicarse ni siquiera por carta. Después ese mismo Enrique VIII famoso por haber tenido seis esposas, la obligó -la presión duró años- a aceptar que el matrimonio con Catalina de Aragón había sido nulo y, por lo tanto, su bastardía… con lo que ello conllevaba para sus derechos al trono. Tuvo que ser, en cierta forma, madrina y cuidadora de su hermana Isabel (hija de Ana Bolena), quien conspiró en la sombra para derrocarla cuando fue reina, haciendo alarde de una cobardía que fue su tarjeta de presentación durante su reinado, como prueba también el uso de la piratería para desgastar el poderío naval y el tesoro español. Fue prometida a varios príncipes, sin que hubiese intención alguna de casarla con ninguno, durante años. Sufrío soledad, entorno hostil, desapego de su padre (que exigía una lealtad absoluta), degradaciones y una presión e inseguridad constantes. Pero eso no la impidió tener un gran valor, una determinación histórica y una fe total en Dios y en sus designios. En su corto reinado (en comparación con el de su hermana) hizo mucho más que liderar un retorno a la religión católica, ajusticiar protestantes y casarse con Felipe II. Inició varias reformas del reino que fueron continuadas por su hermana, en quien se aplaudieron mucho, olvidando quién había plantado la semilla que terminaría dando fruto. Tomó un reino en condiciones económicas pésimas y comenzó la reorganización del sistema para sanear las cuentas. Amó a su marido y le solicitó consejo, como antes lo había hecho con el emperador Carlos I, pero tomó las decisiones que más interesaban a su reino. Fue amada por su pueblo como se probó sobradamente en el momento en el que María decidió luchar por sus derechos al trono y consiguió aunar a lo más florido de la nobleza de su tiempo para entrar, triunfante, en la capital.

En su agitada y difícil existencia, experimentó el gozo y el dolor con gran intensidad. Cuando tenía veintitrés años Felipe de Bavaria (1539) pidió su mano, la visitó en Londres, la regaló una cruz de diamante con una perla colgante como prueba de su amor e incluso la besó. Fue el primer intento personal por casarse con ella. Algo que, bien contado, podría ser hasta un argumento de novela romántica contemporánea. Cuando tal príncipe intentó obtener de Enrique VIII el matrimonio María no tenía grandes opciones de heredar nada, salvo un nombre. Su juventud y su posible dote eran todo lo que María podía ofrecer a los ojos de un príncipe. ¿Habría aceptado a un protestante la princesa para salir del asfixiante entorno de la corte inglesa? Nunca lo sabremos. Su situación llegó a ser tan extrema que se organizó una huida para sacarla de Inglaterra. El propio emperador Carlos V la organizó, y llegaron a enviarse barcos a la costa. En el último momento María decidió quedarse en su tierra natal y demostrar esa mencionada fe en Dios de la que pocos han sabido ver la parte benévola. Algo que habría desbordado la imaginación de cualquier escritor de novela histórica. El rescate internacional de una princesa a manos de un emperador.

Fue una mujer muy amada por los suyos, que no la abandonaron nunca. Como se ha citado antes las mujeres de su entorno siempre la apoyaron, y ella siempre tuvo un trato exquisito y cariñoso con ellas. Poco antes de enfermar dejó su litera personal a una de sus damas para que fuera trasladada a Londres con la mayor comodidad posible, sin miedo al contagio ni consideraciones sobre la posible necesidad que podría tener ella misma de su litera. Pero no sólo fue una cuestión de mujeres: el cardinal Pole sufrió 20 años de exilio y siempre defendió la legitimidad y el derecho al trono de María. Cuando se reencontraron en Londres, siendo ya ella reina, ninguno de los dos pudo contener las lágrimas.

Quisiera convertir este hermosísimo libro en la primera piedra de un largo camino que me lleve a acercarme a la persona que fue María I, su tiempo y sus circunstancias. Es un viaje que recién acabo de empezar, de la mano de mis amigas (¿qué mejor manera, que de la mano de aquellos que uno quiere y le quieren a uno?). Y también es una prueba de que los caminos pueden empezarse a diversas edades y no sólo cuando uno es niño. Sólo Dios dirá cuánto tiempo me dará para seguir este sendero, este viaje hacia el pasado. Sin duda alguna estará lleno de sorpresas y encontraré opiniones muy polémicas sobre María I. Pero esta primera perspectiva, esta primera imagen me ha llevado a un mundo cruel, en el que los lazos familiares lo eran todo y no eran nada en función de la razón de estado. Y la prueba de que las personas están condicionadas por su época y su entorno pero que también son capaces de ser ellas mismas y convertirse en aquello que quieren ser, con sus aciertos y sus errores.

Viajar al pasado es siempre apasionante, un viaje dudoso que depende de quien nos lo narre. Acabo de volver de ese viaje… y creo que me tomaré un tiempo para volver y enfrentarme a una visión protestante de esa mujer que, a pesar de todo, sigo admirando desde lejos por su valor y su fe.

Hace ya unos meses la vida vino a mi encuentro de la mano de la Literatura, lo que me sucede cada vez con más frecuencia, hasta que ciertos momentos son un marasmo indivisible en la que la una equivale a la otra y a la inversa.

 Me llegaba la propuesta de leer y reseñar a una novel. Lo hice, como siempre, con mucho cariño y respeto. Los noveles suelen tener esa fuerza de la ilusión, de quien lo logra por primera vez, y tienden a guardar entre sus páginas diamantes en bruto que dan gusto sólo con imaginar en pulirlos. Pero, aunque los miro con benevolencia, siempre soy honesto en mis críticas. Nunca he sido amigo de iniciar viajes desagradables por deporte, ni de hacer daño. Hay mucho esfuerzo en esas obras y lejos está de mi intención destruir las ganas y la “virginidad” de los autores, muchas veces aún inocentes literaria o al menos editorialmente. Con delicadeza intento subrayar lo que entiendo que son sus puntos fuertes y también aquellos en los que aún flojean y deben trabajar. No como crítico (nadie me ha dado un título de tal) sino como lector apasionado. Sólo he dejado de reseñar públicamente tres libros que han llegado a mis manos durante los últimos cinco años. Uno porque en su día colaboraba con revistas con color político y el tema era contrario a su línea; otro porque el autor no quiso que publicase mi reseña (en general era negativa); y finalmente un bestseller español al que no le encontré la más mínima solidez.

Dicho esto también tengo que comentar que tengo la enorme suerte de que los autores me digan, casi todos, lo mucho que me aproximo a entender su mensaje, que soy capaz de comprenderlos, que soy un buen hermeneuta. Eso constituye, cada vez que llego a ella, una parada especial de mi camino literario y personal. Comprender a otros me hace sentir más hombre, más ser humano, más ser que piensa… y siente.

Pero, insisto, no puedo alejarme de la honestidad. Escribo cosas que realmente pienso. No me invento críticas elogiosas mirando las contraportadas, ni eligiendo párrafos al azar. El libro tiene que ser leído en su totalidad y con mucha atención antes de atreverme a decir nada sobre él, sea bueno o malo. Y este es un viaje que me ha llevado a parajes muy hermosos y muy distintos unos de otros. Autores de todas las edades y condiciones, con sus muy diversas obras que han llegado a mí de muchas maneras. Pero la parada del viaje suele terminar ahí, con unas palabras entre el autor y yo… o con un contacto que se mantiene después en el tiempo, contacto que puede versar sobre Literatura, pero también sobre otras manifestaciones de arte, o de política o de la vida en general y en particular, dependiendo de cada escritor.

Sin embargo Ana Herrera Barba tuvo una voz interior y otra exterior, también llamada Ana, que le dijeron que nuestro camino no terminaba ahí. Así que puso la siguiente piedra –de hecho levantó todo un puente- al pedirme que redactara un prólogo para su segunda obra, una colección de relatos breves, aunque no nanorrelatos. Nunca nos habíamos visto. Ella no conocía mi única novela publicada. Su única referencia sobre mi trabajo era la reseña que había hecho a principios de este mismo 2010 de Mi mundo sin fronteras, su primera novela publicada, y quizá algo de mi labor en Internet, en el diario www.ellibrepensador.com probablemente. Y a pesar de que su primer prólogo venía firmado por un catedrático me pedía que fuera yo quien leyese su obra y la prologase, le diese esas primeras palabras que pueden encauzar al lector (aunque muchos las obvien) en el libro. El viaje se había vuelto completamente nuevo. El escenario y la responsabilidad eran muy diferentes. Aquí había un doble compromiso con la integridad pero también con la autora. Su confianza era algo tan grande que pintaba, por sí sola, toda una realidad desconocida. Se trata de comentar una obra literaria, sí; cuentos, además, lo que he hecho al menos una docena de veces, es verdad; pero desde otra perspectiva completamente distinta.

El viaje, como el de Jasón, mucho más que como el de Ulises (que ya estaba de vuelta), prometía ser absolutamente apasionante. Conmigo tendría, como el famoso capitán del Argos, un buen número de compañeros: cada uno de los cuentos, que a su vez pondrían el paisaje y el carácter de la travesía. Y ellos fueron los que hicieron fácil y apasionante el reto. Como muestra valgan estos botones de ese prólogo:

[...] Ana Herrera Barba es, ante todo, una escritora que quiere hablar de mujeres, contar las historias a las que ella ha llegado accidentalmente o que le han venido a buscar, pero historias de mujeres. Y no se puede usar la maledicencia para comentar que sólo habla de quienes vivieron hace siglos, dieciséis, como en el caso de Hipatia, o dos, como en el de Jane Austen, ejemplos lejanos que ya no provocan comparación en uno mismo. Todo lo contrario, la autora está siempre abierta a rendir homenaje a su familia, a sus vecinas, a poetas casi desconocidas que comparten casualmente un acto por la paz. Eso habla de la esencia fundamental de Ana Herrera Barba: su capacidad para aceptar la grandeza de los demás y cantarla y contarla. Su tendencia a la elegía es evidente.

Su corazón tiene esencia lírica, y por eso sus palabras acaban tomando a veces forma poética para contarnos lo que ya ha dejado plasmado en la prosa inicial. En el fondo ambas maneras están asentadas sobre ese alma versicular que late bajo la pluma de la escritora: el olor de las plantas y las flores, las caricias relatadas de forma reiterada, el recuerdo de mujeres que lucharon por ser ellas mismas, todo es un mismo entramado, una misma materia anímica muy hermosa. Por otra parte sus versos son libres, ausentes de rima o ritmo pre-establecido en formas clásica, de manera que los textos se confunden entre ellos, formando un mismo material en todos los sentidos.

[...]

Para rendir este homenaje, levantar esta elegía o rescatar este recuerdo Ana Herrera Barba se sirve de un estilo sencillo, limpio, sin pretensiones de vanguardia, siguiendo las líneas históricas de las vidas de estas mujeres, aunque literarizando momentos, recreando diálogos, pensamientos y, sobre todo, sentimientos. En sus cuentos no se buscan triquiñuelas fáciles o finales de sorpresa fuera de lugar. No sigue ninguna moda de vampiros, piratas, monjes medievales o reconstrucciones forenses. El grano de arena que se aporta es, precisamente, intentando luchar contra las modas, poner una piedra que no pueda llevarse el aire ni el tiempo. Para ello nada mejor que la palabra escrita. [...] Hay capacidad de observación y consagración al mundo de la mujer, con sus pequeñas y grandes cosas.

Tras estos cuentos [...] nos encontramos con otro tipo de narraciones, emplazadas en la sociedad que nos rodea: mujeres maltratadas por su padre, poetisas que se reúnen en actos de solidaridad con el mundo, trabajadoras de museos que se enamoran en su edad madura de jóvenes compañeros, soñadoras de la ciudad lejana poblada de rascacielos que rescatan y son rescatadas por el amor, jóvenes que encuentran en el nudismo una forma de vida… Pequeños fragmentos de realidad donde la protagonista apuesta por sí misma y por su identidad, sea la que fuere.

Y en todo ello la presencia, la omnipresencia de la literatura [...] Porque, si algo queda claro al leer la presente obra de Ana Herrera Barba, además de su admiración por las grandes mujeres (famosas o no) es su determinado amor por la literatura, fruto del cual ha nacido, de un corazón sencillo y emotivo, Una mujer, una historia.

Le envié mi prólogo a la autora y esperé. Había dado mi impulso a la barca y ahora se alejaba hacia parajes desconocidos. Quedé mirando el horizonte. El libro tenía que seguir su propio viaje (como la propia Ana sabe, largo, muy muy largo y a prueba de paciencias míticas). Hace unas semanas me llegaba por fin ese objeto, ese bien físico por el que tantos perdemos la cabeza. Ahí estaban la cuidada y simbólica portada; los cuentos que con tanto cariño leí y con tanto amor fueron escritos; las páginas que les daban soporte; el prólogo; y una dedicatoria personal seguida de un agredecimiento que fue el mejor pago que podrían haberme hecho nunca porque venían a certificar que mi prólogo había alcanzado su primer destino que era el corazón de la autora, cosa que después se confirmó al leer la contraportada, en donde pude encontrar alguna frase procedente de esos párrafos que yo había redactado.

Después de seis años y medio mi nombre aparecía de nuevo en un libro impreso, aunque no fuera como autor. La experiencia se tornaba especial porque, como prologuista, mi voz aparece “autorizada”, algo así como la voz de un hombre que sabe de Literatura. Me faltan cientos de años para poder “saber” de Literatura, pero me sentía tan halagado como si fuese un académico. La obra por fin estaba en las estanterías de las librerías (ojalá también en algún escaparate) y mis palabras la precedían, la presentaban, la intentaban acercar a un público que se deseaba numeroso, sensible y no sólo feminino, por mucho que la obra trate de mujeres y esté escrito por una mujer. Las oportunidades que me ha dado la vida de conocerla -pocas aún- son suficientes para saber que Ana nunca será un feminista extremista, ni formará parte de colectivos o creencias exclusivistas o marginadoras.

Ignoro si mis palabras ayudarán a comprender la obra y los talentos de su autora, como me gustaría. Desconfío de que puedan ayudarla a vender más de lo que por sí pudiesen vender libro y escritora (mi nombre no es famoso en la gran prensa, ni en la prensa del corazón, ni figura en las listas de los más vendidos y muy probablemente nunca lo hará). Desconozco en qué medida los lectores estarán de acuerdo con mi visión de estos cuentos, ni si alguien se detendrá lo suficiente en el prólogo como para sopersarlo. Pero todo eso forma parte de los nuevos viajes que las palabras de Ana harán ahora ya ligadas a las mías (propiciadas por las suyas y por tanto ya nunca independientes). De esos nuevos periplos poco o nada llegaremos a saber ella o yo. Pero seguro que tomarán formas y rutas diferentes en cada lector atento. Y me siento muy orgulloso de que puedan compartir los mismos cursos donde quiera que vayan. Porque para estos viajes no hacen falta más alforjas que las ganas de dejarse llevar y Ana Herrera Barba siempre conseguirá llevarnos donde ella quiera llegar: su bondad y su voz particular se lo permiten.