Guillermo Arróniz

Generación.Net


Tarde de toros.

15-mayo-2012

Corría aquella sangre como el agua del río del Belén tradicional de la casa española pudiente o la iglesia de pueblo: un ritmo similar al de la cascada cayendo sobre el musgo, que era el pelaje del toro. Pero no podía ser, claro está, mas antitético. Rojo y obtuso aquel denso chorro sobre un negro palpitante, significando la vida que se va, cuando el otro, el del montaje navideño simula la vida del desierto, los rebaños que pacen, las lavanderas que van y vienen y se ufanan en su labor. Pero no pude dejar de pensar en los dos al tiempo, porque su anchura y su corriente, su velocidad tras la labor del picador, eran similares. Perdí el curso del liquido burdeos, pues el torero y su capote se acercaban ya, pero la mancha de sangre en la arena llamó mi atención cuando se llevaron al toro, veinte minutos más tarde: era allí una mancha desteñida, una forma imposible y anaranjada al haber perdido su fuerza entre la multitud de los sedientos granos que, aparentemente inmóviles, a pesar del viento que visita siempre esta plaza, beben y se agitan bajo las patas de los animales y las recias piernas de los toreros y banderilleros. ¿Qué había sido de aquel profundo reguero que salía del boquete abierto por el picador? Desde lo más profundo el toro había bombeado su sangre, lugar ignoto como lo era el venero inescrutable del Belén que ofrecía misterio y rumor grato a mis infancia.
Era la corrida goyesca del dos de mayo y llevaba a dos expertos acompañantes, uno en el Arte Taurino, el otro en el Arte del Vestuario y la Estética. Yo me dedicaba, como es mi costumbre vampírica, a aprovecharme de la sabiduría que me rodeaba. El uno me explicaba que aquellas hombreras de los toreros eran una reinterpretación, y no de muy buen gusto, de los trajes centenarios. El otro como unas manoletinas habían llegado a salvar una tarde en Las Ventas. Y así, rodeado de peritos, con los ojos puestos en mil cosas a un tiempo -defectos del profano- veía la tarde pasar de sol a sombra.
La sangre se había quedado impresa en mi retina, ese borbotón que el exceso de faena del picador había provocado en el lomo del animal. Tenía el color de una ambrosía de dioses antiguos y crueles. Y la fuerza falsamente poderosa. ¿Cómo era posible que no manase como un torrente, sino como un riachuelo?

Teníamos buenas entradas, pero se habían convertido en excelentes pues a los toros, mansos y trotones, con querencia por la puerta de chiqueros, les dio por hacer cara a los espadas frente a nuestro tendido. Y allí el veterano, y los que no lo eran tanto, desgranaron su arte y su valor. Sin cotas sobresalientes de tarde egregia, pero con momentos de belleza y saber hacer. No había muchas mantillas; ni siquiera estaba medio llena la plaza, pero, por momentos, se entendía el fervor que el evento suscitó entre tantos aficionados en épocas pasadas y no tan pasadas cada vez que el soberbio cuerpo negro entraba bajo la tela del capote haciendo curvas limpias con sus cuernos ancestrales, mientras el cuerpo del hombre, postura desafiante, se elevaba hacia el cielo con su oración sin palabras.

Se encontraban en el coso una veintena de leales a la idea romántica de lo goyesco, y sus trajes, hechos por ellos mismos, o alquilados en tiendas baratas -por supuesto habla por mis palabras el  Maestro del Vestuario- querían rescatar algo de lo que fue, pero resultaba un poco triste por su falta de producción; o dicho de una forma con más sabor, por su falta de tronío. Ellos estaban felices, en su salsa, haciéndose fotos con turistas japoneses y jóvenes que posiblemente no sabían de donde procedía tal atuendo pero lo festejaban como una fiesta de disfraces. Este tema merece reflexión y artículo por sí mismo. Quién sabe si algún día me animaré, siempre es tentador hablar de la nostalgia, pero cierto es que este lance, este atrevimiento con los trajes inspirados en otras épocas –si no más gloriosas, desde luego más artísticas-, quedaba relegado a dos decenas de jubilados que rescataban quién sabe qué deseo infantil de ser otras personas en otros tiempos, o quizá de alcanzar una pequeña cota de protagonismo una vez al año, pero sin que su anhelo los hiciese egregios, sin que apostaran por ello con toda su alma.
Morenito de Aranda lucía una de esas plantas y esos rostros (Manzanares, Cayetano…) que siguen haciendo las delicias de las portadas de Vogue y aun algún videoclip como el (ya nada joven) de Madonna. La figura del hombre valiente; con un algo de desprecio por la vida; de rostro marcadamente masculino; coronado de belleza no ha pasado de moda. Eso queda claro. Morenito tenía apasionadas seguidoras que reclamaban para él una oreja como si en ello les fuera la vida, y concentraban su ardor en la rabia con que increpaban al presidente por no conceder el trofeo ante los pañuelos que, teniendo en cuenta la asistencia, eran bastante numerosos. Su figura destacaba entre las de sus compañeros, su halo era evidente, aunque no irradiase la fuerza del icono taurino. Sí, en cambio, la del hombre deseado, la del latin lover, siempre que se le quite a esta expresión el carácter sudamericano que algunos le otorgan y que nada pinta en este momento. Él era “el torero” aquella tarde y ni la actuación meritoria de uno de los banderilleros (hombre de profesión que mereció ovación del público) ni los trajes con sus bordados negros, conseguían eclipsar lo que ha sido la última expresión del icono y la fuerza de esta fiesta que antes adoraba al picador, y actualmente no mueve a las masas, sino a un grupo de adeptos, como una religión crepuscular.

El edificio, siempre objeto de mi admiración arquitectónica, habría sus intimidades para mí, mostrándome sus arcos, sus palcos, sus pasillos, y esos magníficos y severos contraluces que harían las delicias de los fotógrafos antes de entrar en el propio templo de los tendidos y el círculo casi sagrado donde se enfrentan a muerte el hombre y el animal. Parece antitético, como la comparación de la sangre y el riachuelo de agua, que un lugar tan abierto sea al tiempo un recinto tan oscuro, con un ritual tan arcaico (y no lo digo en sentido crítico), repetido a lo largo de las décadas, y heredero de una relación antiquísima entre el toro y los pueblos mediterráneos.

Brilla todavía el sol cuando nos alejamos.

                Noche a mi alrededor. Noche, árboles, farolas encendidas… y una gran masa de piedra que empiezo a entrever. Estoy en El Escorial, rondo cerca de la medianoche, camino solo hacia la fachada posterior del edificio viniendo desde la Casita del Príncipe. Ya pasaron los primeros días de abril y la primavera se encuentra en pleno apogeo, pero hace frío, y baja de las montañas un aire que lame las paredes del monasterio antes de regresar a su hogar, como si quisiera hacer una visita secreta a su enamorado y, con su aridez, intentase ahuyentarnos a todos los visitantes no deseados. Esta estación parece hoy más una prolongación del invierno más riguroso, anciano blanco que se negase a dejar el trono tras el fin de su mandato y, más que sus barbas, nos enseñase las esquirlas de los huesos de sus dedos anclados en nuestros pulmones cada vez que tenemos que respirar en profundidad este aire lleno de estalactitas.

                Sólo mi sombra me acompaña, y mientras me acerco a este gigante de siglos y engañosa austeridad, apenas un automóvil pasa a mi derecha rompiendo el encanto. Una vez que su ruido y sus faros se han perdido definitivamente vuelvo a encontrarme con el edificio, a solas. Algo me atemoriza y no sé qué pueda ser hasta que creo ver luces encendidas cerca de la Iglesia, probablemente en alguna de las estancias del modesto palacio del Rey Prudente. ¿Vigilantes nocturnos haciendo la ronda? No me atrevo a evocar ningún fantasma histórico, pero mi inconsciente lo hace por mí. He imaginado la figura negra de los últimos años del monarca, con una eterna vela incapaz de apagarse, caminando por los aposentos de su palacio tantas veces “violado” , en tanto que penetrado, por plebeyos y, lo que es mucho peor, por ignorantes y herejes…  

La impresión dura bien poco pues me doy cuenta de que sólo estoy asistiendo al reflejo de las iluminaciones proyectadas sobre las fachadas que el juguetón cristal me devuelve evocando luces interiores.  Aun así me he quedado intranquilo… ¿qué haré yo aquí si podía estar, tan cómodamente, en la cama de la habitación, bajo la cálida sábana inglesa, soñando con novelas que nunca escribiré? ¿Qué necesidad tengo de sustos tontos y fríos de la sierra cuando ya sé bien que soy sugestionable y que he perdido resistencia a los rigores de las temperaturas bajas? La impresión aumenta cuando al llegar a la esquina tengo la visión de ambas fachadas, ahora también la principal, con su san Lorenzo como única figura humana en ese vastísimo lienzo de piedra y ventanas que contempla imperturbable el pasar de los días, los meses y los años como quien ve pasar o caer las hojas de los árboles: unas tras otras y sin darles autonomía ni importancia. El tamaño del complejo se hace evidente, impresionante, algo terrorífico. Incluso me parece mucho más alto que algunas torres del centro de la ciudad.  Intento acercarme a la fachada, pero algo me lo impide. Mi inquietud es demasiado grande para ello. Siento el mismo vértigo que cuando era pequeño y miraba hacia arriba muy próximo a la fachada de cualquier edificio alto, lugar donde la sensación de que se caía sobre mí era casi inevitable, una ley universal mucho más fuerte que la gravedad o el odio: una atracción que no se cumplía pero parecía exacta, matemática, real como no llegaba a serlo la realidad misma.

Aquí sí veo con claridad que hay luces encendidas. ¡Es la parte dedicada a colegio! Pero, ¿habrá alguien interno? ¿O serán los vigilantes en los que pensaba antes? Bajo las mansardas de los tejados de pizarra, tras dos de los vanos cuadrados, brilla una luz azul, de fluorescente de cocina. Me doy cuenta de que, para internos o no, el colegio sigue en uso en la actualidad, y que por lo tanto el complejo ideado por Felipe II es mucho más que un recipiente de obras de Arte y destino de turistas y viajeros. No es un Museo sin articulación. Es, en realidad, un edificio vivo que cumple cuatro de las cinco funciones que como construcción tenía en sí misma, por no hablar de su poder simbólico, de su bastión para el recuerdo de lo que un día fue la más grande monarquía del mundo, aunque algunos quieran llenarla de sombras, minimizarla y restarle importancia. A saber: el colegio del que hablo, la iglesia, el panteón real y el monasterio siguen en uso… y sólo el palacio ha pasado “a peor vida”, como corredores de paso para grupos heterogéneos de visitantes con prisa.

¿No es acaso escalofriante darse cuenta de la previsión de este rey que decían que quería emular a Salomón y a su templo? ¿Dónde se  forma el hombre? En la escuela. ¿Dónde vive? En su castillo (“mi casa en mi castillo”, que diría un británico, con quienes tuvo tantas historias y casi todas de desencuentros). ¿Dónde se encuentra con su creador? Donde reza. ¿Dónde reposa su resto material? En la tumba. ¿Quién reza por los muertos? Los hermanos que dedican su vida a la oración. Ahí están todos los tesoros de la vida y la muerte resumidos y materializados en este complejo de corredores, ventanas, puertas, patios y salas. Las estancias vibran cada mañana con el rezo auténtico de los religiosos; y con las voces inquietas e impulsivas de los niños y muchachos que estudian en sus aulas. En sus muros están adheridas miles de misas. En sus esculturas se han colgado, como si fueran telarañas brillantes, plegarias, Padrenuestros, Avemarías, Salves, Rosarios, Credos… Sólo la vivienda está vacía… quizá  porque, evidentemente, su propietario la abandonó hace muchas décadas, preparado para unirse a Dios, en quien había creído todo lo humanamente posible.

Pienso, una vez más, en ese Claustro de los Evangelistas, cerrado a mis ojos  y a mis pasos (y a los de todos aquellos cuya vida no está dedicada a la oración). Pienso que, en este momento, los hermanos estarán durmiendo sus sueños bajo la imponente mole, tras los últimos rezos de la jornada. Ahí no veré luz alguna… pues la luz nace desde dentro y no necesita proyectarse fuera.

Poco a poco el miedo desaparece. Al acercarme a este lado de la planta diseñada por Juan Bautista de Toledo y Juan de Herrera, sólo la impresión de soledad permanece, pero no la inquietud. Ya no evoco espíritus, ni el tamaño de esta obra del hombre, con ser notable, me hace temblar.

Vuelvo, en mi camino de regreso, a esa esquina que domina ambas fachadas y recuerdo cierta noche bajo la lluvia y el viento. Ya tampoco me siento solo… hay alguien que me acompaña y que se hace más y más presente a medida que, al dejar atrás el edificio, me aproximo a las ruidosas luces de la gran ciudad, ese Madrid que no descansa y donde duermes, soñando proyectos dignos de un rey que pueda financiarlos con oros y platas traídos de algún Potosí inagotable, como la propia Historia de este complejo, de esta ciudad del Hombre, de esta nave que surca la sierra madrileña con inmovilidad imparable, con actual eternidad, renovándose cada día, a cada momento, como las células de un cuerpo vivo.

Imagined Lives. Portraits of unknown people. Varios autores.

(Vidas imaginadas. Retratos de personas desconocidas).
“I have also a falling collar in fine linen, but no other adornment, no sword belt, no seal upon my finger. I wish to stand as myself, for myself. I have no need of symbols”.
Página 4. From the Diary of Paxton Whitfield.
“Llevo también un cuello caído de excelente lino, pero ningún otro adorno, ni cinto de espada, ni sello sobre mis dedos. Deseo estar como yo soy, por mi mismo. No necesito símbolos”.*
Hay libros que inspiran nuestra vida, que nos hacen reflexionar sobre la existencia misma, su significado y el recuerdo que deja. Este, sin duda es uno de ellos. La famosa y peculiar institución que es la National Protrait Gallery es uno de esos lugares que no por su edad están menos vivos culturalmente. Más bien al contrario. Sus salas se llenan con actividades, charlas, cócteles, exposiciones de pequeño tamaño… En este caso sus venas se han llenado con dos sangres artísticas diferentes y el resultado ha sido un enriquecimiento del sujeto. La exposición que da lugar al libro del que a continuación hablaré, consiste en 14 cuadros, todos retratos, como no podía ser de otra forma en este museo, de personajes hoya anónimos, y que fueron sin embargo adquiridos al atribuírseles identidades de reinas y nobles de gran relevancia en la Historia de la isla. Actualmente siguen las investigaciones para darles su auténtico nombre a estos sujetos que nos miran misteriosamente a través del tiempo. Y, mientras tanto, su calidad artística como objetos los salvó de la quema o la pérdida entre otros cachivaches y obras “menores” en anticuarios de mayor o menor entidad.
Con motivo de su exhibición conjunta no solo se han impulsado las pesquisas en pos de saber a quiénes representan sino que se ha preparado una edición de catorce relatos cortos, de ocho autores de reconocido prestigio, como el guionista de Downtown Abbey y la autora de La muchacha de la perla (O, traducido mas literalmente, Muchacha con pendiente de perla). A estos escritores consagrados se les ha pedido que imaginen las vidas de estos retratados aún sin nombre, y en breves relatos, nos han llevado de su mano a diversas épocas y ambientes como la Isabelina, prestando mucha atención a la indumentaria y a lo que pudiera haber en todos ellos de retrato psicológico aunque cada uno con su acento propio y personal, lo cual enriquece el conjunto. Basta acudir a las solapas del librito para asistir a un desfile de premios literarios que deja impresionado al más pintado, y nunca mejor dicho. Premios que, a tenor de lo leído, fueron justamente entregados. La calidad es alta, y a veces la originalidad también despunta. Así podremos leer sobre una supuesta doble de María Estuardo, sobre una mujer que tiene que decidir sobre aceptar una propuesta de matrimonio ante el retrato de su pretendiente, un compositor pirata, un complot de asesinato… Todo lo cual, hay que decirlo, despeja dudas sobre una posible tendencia al texto erudito y aburrido. Mas bien lo contrario, pues aunque todos los autores demuestran una preocupación evidente por documentarse sobre la época de la que hablan, nos relatan historias que no han perdido su actualidad: la obsesión por ser recordado, los secretos políticos, el amor…
Ni que decir tiene que el resultado es de gran interés y nos permite reflexionar sobre la delgada línea que separa la ficción de la realidad y, por supuesto, sobre la veracidad de los textos considerados históricos, los ensayos e investigaciones sobre el pasado que, en una u otra medida se basan en suposiciones, escritos y documentos que recogen hechos y afirmaciones imposibles de comprobar y un largo etcétera de elementos que creemos porque queremos hacerlo, porque muestran coherencia en el conjunto de lo que “ya sabemos” o, lo que es peor pero no por ello menos cierto, porque responden a lo que más nos interesa o nos gustaría que fuera verdad.
Lamentablemente no conozco versión en castellano (probablemente no la haya) de tan fantástico conjunto de relatos acompañados (¿o es al revés?) de fotografías de las pinturas, y de detalles de las mismas. El resultado final es de gran belleza cultural, tanto literaria como pictórica y los sentidos se encuentran doblemente halagados. Al final unos apuntes sobre las obras y las investigaciones hechas sobre ellas redondean esta pequeña joya que entretiene, ilustra y hace pensar al lector con una pluralidad de voces de altura. Para amantes de la Pintura, para amantes de la Literatura, para amantes de la Historia, para amantes de la narrativa breve. Un gran acierto.
(Los autores son: John Banville; Tracy Chevalier; Julian Fellowes; Alexander McCall Smith; Terry Pranchett; Sarah Singleton; Joanna Trollope; Minette Walters).
*Traducción propia y bastante libre.

Decir Toledo es decir muchas cosas. Ciudad Imperial. Carlos V. Puerta de Bisagra. El Greco. Catedral Primada. Corpus. Custodia. Renacimiento. Tajo. El Entierro del Conde de Orgaz. Leyendas. Castillo de S. Servando. San Juan de los Reyes. Tres culturas. Mezquitas. Sinagogas. Mezquitas con nombre de Cristo (de la luz). Mazapán. Garcilaso. Hospital Tavera. Plaza de Zocodover. Alcázar. Cuestas. Pasajes. Puerta del Sol. Puerta del Cambrón. Santo Tomé. Santo Domingo… Hablo de memoria, pero podría seguir un buen rato hablando de personajes históricos, de Covarrubias al Marqués de la Vega Inclán; o de lugares de renombre por las circunstancias acaecidas en ellos o por su valor cultural y artístico, del Museo de los Concilios y la Cultura Visigoda a la Sinagoga del Tránsito. Por todo ello, por ser un pedazo concentrado de Historia y de Arte, en mayúsculas ambas, he querido siempre a esta ciudad. Me enamoré de ella por culpa de la mezquita de Bab al-Mardum y su exquisito arte mudéjar, y desde entonces no he dejado de soñar con sus encantos. Y ahora que tantos de mis sueños se han convertido en realidad vuelvo a sus calles y plazas, a sus museos e iglesias, para encontrarme con ese mismo embrujo que siempre tuvo, pero con algunas fachadas lavadas y una preocupación más evidente por su legado. Vuelvo bien acompañado. Muy bien acompañado, como lo hice hace siete años. Y la ciudad me parece el lugar perfecto para celebrar la fecha perfecta… Es Carnaval y la imaginación llena Zocodover y todas las calles aledañas, incluida la de la Sierpe, con disfraces mejor o peor finalizados, con los materiales más o menos lujosos, pero desbordantes de creatividad y revelando unas enormes ganas de divertirse.
Callejear por esta ciudad, por el día o por la noche, es viajar en el tiempo, disfrutar de Arte, encontrarse con la diversidad cultural y espiritual del hombre. Basta, además, con evitar los mayores tópicos para que el turismo con su ruido inevitable no te robe ese encantamiento… Aunque recinto cerrado y limitado por la propia naturaleza es lo suficientemente grande y prolijo en sus riquezas como para poder perderse sin escuchar más idiomas que el de los pájaros, que nunca rompe encanto alguno. Este adentrarse en calles minúsculas y empinadas, salvo por los cables eléctricos, resulta a veces lo mismo que ubicarse en el siglo XIX por decir un siglo, aunque también hay rincones que son trozos arrancados del XVI o del XVII. La foto se vuelve sepia y se espera ver salir, de alguno de estos portales de piedra, en cualquier momento, una pareja de la burguesía comercial, ella con su amplia falda, su sombrero y sus botines, él con su terno impecable y su reloj de bolsillo. Supongo que por eso también me engancha este sitio como si fuera un cebo con un gusano exquisito y yo un pez voraz. La capacidad de escapar a los siglos XX y XXI no es cualquier cosa porque aunque tecnológicamente muy cómodos y democráticamente más avanzados, no andan sobrados de encanto y de artesanía –individual, manual, única-, que digamos.
Pero, a pesar de haber pasado por esta ciudad ligada a nuestro único emperador-desde la Hispania de los primeros siglos de nuestra era- varias veces, parece que soy incapaz de agotarla, lo que, por supuesto es un alivio, una felicidad y un buen motivo para volver cuanto antes. Mis escapadas extramuros han sido pocas y siempre para encontrar un rincón verde y fresco donde comer. Pero esta vez tenía ya una cita con el enorme edificio del Hospital Tavera, frente e la bellísima caja abierta formada por las puertas de Bisagra. Y ni el renacentista lugar ni yo faltamos a la cita. Allí estaba la botica antigua, tal y como se encontraba en uso cuando en 1939 el edificio dejó de prestar servicios como hospital, con sus tarros de Talavera de la Reina y su armario de madera pintada para las piedras preciosas en polvo. Allí los enormes patios de numerosas columnas sin estrías, dóricas, elegantes, equilibradas, en la planta baja, jónicas en la superior. Allí una colección de cuadros que hacen del hoy palacio una pinacoteca selecta con su Carreño de Miranda, su Sánchez Coello, su Luca Giordano… Y por supuesto sus Grecos. Tres piezas de estas salas se me graban en la memoria como agujas de placer exquisito: el retrato póstumo del Cardenal fundador, la Sagrada Familia con Santa Ana y el Cristo Resucitado. Había también unas Lágrimas de S. Pedro y, en la imponente iglesia del conjunto, un Bautismo de gran tamaño, y sin embargo ya estaba colapsado por las tres anteriores y no pude prestarles la misma atención. Iremos de menor a mayor sensación y por lo tanto empezaremos por la Sagrada Familia con Santa Ana, un cuadro en el que el color de las pieles es todo un coro de maestría, pero en el que mi mirada no podía escaparse de esas manos imposibles, delicadas y exageradísimas, traslúcidas, divinas, almas de luz rosada con la esencia alargada de las varas de gladiolos, o encorvadas, amarillentas, cubiertas de edad pero tan protectoras como pueden serlo las de cualquier madre de madre. Pareciera que las modelos para las manos de la Virgen hubieran sido dos diferentes, una, dulce adolescente con las manos sin estrenar, que sujeta al niño; la otra madre de largos dedos que juguetea con los pequeños dedos de su bebé. Y, sin embargo, en este conjunto tan complejo de elementos tan distintos, con cielo tan poco visible, y sin embargo tan personal, indiscutiblemente suyo, consigue el Greco esa sensación que lo unifica todo, sobrenaturalidad que acapara la atención del público para no dejarla escapar nunca más, pues no pudo haber Sagrada Familia como esta en la mente de ningún otro pintor que no fuera él.

 

El segundo en la escala que asciende, es el retrato póstumo del cardenal Tavera, que ordenó la construcción del hospital. Pintado a partir de la máscara mortuoria del eclesiástico, nos trae un hombre más muerto que vivo, de carnes enjutas, secas; de rostro cerúleo, casi verdoso, Sus ojos, perdidos en esa cabeza, casi calavera, parecen mirarnos desde el Más Allá con un mensaje claro, aunque no sepamos interpretarlo. No hay tristeza en ellos, ni amenaza quizá: su idioma es desconocido para nosotros. Su boca calla, en un rictus, versión saturniana del enigma leonardesco: ha pasado el optimismo del Renacimiento y la Contrarreforma nos habla con su espiritualidad encendida. Los ropajes del cardenal desprenden luz, y de esa forma el púrpura se vuelve un color frío, espejeante, y el conjunto podría ser una aparición de no ser porque el libro y la mesa nos devuelven a la materialidad de la vida humana.

 

Por último he aquí el Cristo Resucitado, pequeña gran escultura del cretense, diseñado para estar suspendido sobre el tabernáculo que también él diseño y se encuentra hoy en la iglesia del conjunto, lugar para el que fuera ejecutada esta pieza. La belleza de la imagen es sobrecogedora. Su rostro es tan hermoso que nos habla de la Felicidad Eterna, del Sosiego Infinito, de la Plenitud del Cuerpo. Las líneas de ese cuerpo son alargadas algo que no debería sorprender en el artista, pero que según nos explican se debe a la posición que debía tener la pieza sobre el Tabernáculo en la Iglesia, donde la perspectiva le habría hecho parecer más proporcionado. Aun así, las medidas no son exageradas, ni recuerdan a las últimas obras del Greco, como ese grupo de Lacoonte. Por el contrario transmite armonía absoluta. No puedo dejar de imaginar la profunda impresión que ese Cristo elevado, con su mano levantándose como para unir cielo y tierra, apareciéndose sobre el tabernáculo donde se encontraría su cuerpo transfigurado en las hostias, debería causar en el creyente. No hace falta un gran tamaño. De hecho estoy convencido de que en el imponente espacio de la iglesia sólo habría ojos para esta Magnificencia, esta Serenidad Divina, esta Aparición Material que nos entrega su belleza desnuda para hablarnos de la pureza del alma.

 

 

 

¡Ah, Toledo! Cuántos secretos guardas y cuántas ganas guardo ya de volver a ti para que me los muestres, generosa y eterna, congelada en el Tiempo…

Ayer tuve la ocasión de asistir a la I Edición de la Gala Drag de Alcorcón. Y he de decir que me alegré sobremanera de aprovecharla porque la ocasión la pintan calva y no hay mejor manera de vestir una calva que con una gran peluca drag que poder arrancarse dramáticamente en el momento adecuado.
Entre l@s participantes estaban Divax, triunfadora con unas plataformas como para tocar la luna; Vetada Bandolera, que obtuvo accésit con un magnifico traje de novia al que le siguieron dos rápidos cambios; La Marquesa de Sade, con un modelo que hubiera hecho rabiar de envidia a la Madrastra de Blancanieves y una sorpresa años veinte, que también obtuvieron accésit; Inés-Perada, con un elegante numero sobre los musicales y cambios sorprendentes en el escenario; entre otros como Botox o Violet Carson.

La gala estuvo presentada por La Terremoto de Alcorcón, ya que, por mucho que ahora resida en Mallorca, no hay símbolo más pop ni mas drag de este municipio. Su humor, equilibrio perfecto entre las formas gruesas y el ingenio rápido, amenizó con gran inteligencia el evento.

Entre las actuaciones, el también alcorconero David Non Guilty; las drags “Bandoleras” con un número de Princesas Disney que parecía la réplica moderna de las casadas de “La corte de Faraón”, una fantástica mezcla del humor chirigotero y el glamour de las Palmas; y los bailes de “Ponte Guapa”, gimnasio-escuela de baile de nombre jamás tan apropiado para ocasión como esta, con un dinamismo de nivel.

El certamen fue mucho más que entretenido. Una primera edición donde tuvieron su porción la inteligencia la vistosidad, el ingenio, la música, el baile, las plataformas (por supuesto), las pelucas (¡faltaría más!); los cambios de ropa con vestuarios de infarto; y el mejor de los espectáculos… Y todo ello me hizo pensar sobre el trabajo que se realiza para llevar toda esta fantasía a la gente. Toda la labor que se esconde tras unos números que no son valorados en su justa medida por todos los públicos. Me hice una pregunta que se ha lanzado muchas veces al aire, ¿qué es realmente una drag?

No soy ningún experto en el tema, pero diría que una drag es un producto para el espectáculo. En ese espectáculo hay elementos imprescindibles y otros que también se esperan pero que quizá no forman parte de la definición por sí mismos. ¿Es el transformismo o el travestismo uno de ellos? Más diría lo primero que lo segundo. Una gran transformación es precisa, pero no tiene por qué ser en mujer, los seres extraordinarios que vemos moverse por el escenario tienen un género confuso, ¿importa acaso su género? Yo creo que no. Están por encima del género. El Arte siempre lo está. Sin embargo sí es necesaria la música con la que una drag se mueve. Una música en la que cabe mezclar modernidad con “clásicos” del cabaret o del pop, incluso heavy o rock, aunque estos ya son últimos avances en el mundo drag. Una música que puede ir acompañada de frases en off de películas o espectáculos bien reconocibles para el público o que inciden en la actuación de forma significativa. Esas irrupciones deben tener una importante carga de humor, bien sea ácido, bien sea blanco. Pero humor. Porque este es otro de los elementos comunes de una actuación drag que se precie. Y el humor, que duda cabe, exige inteligencia. Otro elemento que define a la drag es el aspecto “espectacular”, basado tanto en maquillajes de fantasía como en pelucas imposibles y trajes que van de lo femenino extremo o lo imposible –capas inmensas, faldas como carpas de circo, corsés de materiales insospechados-; y mención singular de ese aspecto hay que hacer de las plataformas. Cuanto más altas mejor, y no sólo por la habilidad que exigen para moverse llevando semejantes alturas, sino porque la altura aporta vistosidad al conjunto, medidas sorprendentes, y una vez más, espectaculares. Porque de eso se trata, de dar espectáculo: vistosidad, color, humor, música y una combinación explosiva de todas ellas.

Basta ver un camerino para saber las horas de trabajo que lleva un solo número de est@s artist@s. Trajes, maquillajes, pelucas, CDs, maletas y muchas ganas de brillar con todas las lentejuelas, brillos y purpurinas posibles y no posibles. Hace falta mucho talento, y no sólo mucho valor –para enfrentarse a las críticas y a la incomprensión de mucho público- para hacer todo esto. Hace falta la inteligencia con la que coordinarlo todo, la cultura musical y visual (las canciones vienen a ser de las divas del pop nacional e internacional, o mezclas de house y techno, pero no siempre; y a eso hay que sumar las entradas de películas o programas televisivos que ponen la nota de humor), el conocimiento de la costura para montar esos trajes que no pueden encontrarse en ninguna tienda (o bien el dinero para pagar a quien los diseñe y los ejecute), el equilibrio para no matarse sobre esas plataformas, la energía para llenar un escenario, la ciencia del maquillaje, y muchas ganas para coger todos los bártulos e ir donde se puede tener un espacio para brillar y asombrar.

En un momento en el que se habla del ingenio y del trabajo para salir de la crisis no puedo dejar de alabar todo el despliegue de medios e imaginación para construir las fantasías con las que podemos escapar de nuestra vida cotidiana hacia mundos desconocidos, que existen solo en las mentes de est@s privilegiados seres, hasta que quieren compartirlos con nosotros.

Ya estoy deseando que llegue el próximo viernes 17 para ver La Gala Drag Queen de las Palmas de Gran Canaria. Será a las 21:00 horas y el mundo volverá a hacerse más variado, grande e ingenioso. Como durante la tarde-noche de ayer. No puedo esperar a seguir viajando…

            Un día que empieza con una obra de arte en las portadas de varios periódicos de tirada nacional se convierte ya en una jornada excepcional. Lamentablemente siempre es del mismo (parece que sólo Leonardo hubiera sido un hombre del Renacimiento, que hubiera existido ni Leon Battista Alberti, a veces ni siquiera Miguel Ángel). En cualquier caso la mañana empezaba con una imagen de Arte donde suele haber muerte, hambre, catástrofes, guerra, vulgaridad o política de escasa altura. Era un comienzo soberbio.
            Y luego el frío, ese frío intenso, ese aire fino que, traspasando el cuerpo (parece que lo hiciera) me devuelve a la conciencia del pequeño trozo de masa corpórea que realmente soy, barro, polvo mojado por el líquido inconstante y caprichoso de la sangre, diapositiva repetida que emula el movimiento. Un viento que “barría” la noche de Madrid y me permitía encontrarme con la ciudad en la belleza de la noche, desde el fantástico Quevedo sobre su pedestal de musas, mirando a la calle Fuencarral y dando la espalda a Bravo Murillo, con las vistas generosas de las anchas calles y la fuente parada; hasta el Antiguo Hospicio, recientemente reformado, con su barroca fachada digna de la mayor de las imaginaciones.
            Tengo, desde hace años, la idea de empezar una serie de artículos sobre las bellísimas esculturas que adornan esta ciudad, pero luego la pereza o la vorágine de una vida que quiero que dé para varias, me puede, y dejo un proyecto tan grande siempre para un mañana que espero que no se eternice. Pero cuánta historia contenida en estas obras de los olvidados artistas como por ejemplo el soberbio Agustín Querol o el emotivo Ángel García Díaz… La tarea de este tipo de genios ha sido eclipsada por la omnipresencia de la pintura, pero su contribución a las ciudades es mucho mayor de la que pensamos habitualmente.
            El destino de mi paseo no era otro que la presentación de dos libros: La sexagenaria y el joven de Nora Iuga e Interior de Constantin Fântâneru, presentados por Gustavo Dessal, Alberto Estévez y Miguel Ángel Alonso en un entorno con exquisito gusto como es la Librería Tipos Infames, Libros y Vinos, situada en la castiza calle de S. Joaquín. Empezaré por hablar precisamente por el entorno que proporcionaba el lugar: paredes blancas, cristal, estanterías, libros, mesas blancas, sillas blancas: todo un entorno de luz y claridad que contrastaba con el rojo oscuro, con el negro rojizo de los vinos y sus botellas. Un magnífico lugar para adquirir un libro, pedir una copa de buen néctar y empezar a leerlo allí mismo, sin esperar a llegar a casa, con la impaciencia del niño que siempre se es cuando se inicia una lectura, cuando se está a punto de descubrir un nuevo mundo, el que constituye el otro, el escritor. En el sótano también una sala de paredes blancas, impolutas, con una exposición de cuadros contemporáneos pero figurativos. Óleos con la suavidad del pastel en los contornos y algunas narraciones contenidas en ellos: personajes que ven con sorpresa cómo una mano los pinta y les pone un fondo, hombres que parecen salidos de un cuadro de Sorolla por su vestimenta y la luz, pero que van hablando por el móvil, una familia “en torno” a unos papeles sobre la mesa… La Literatura estaba en el ambiente.
            Durante la presentación sabias palabras de sutiles lectores con amplios y profesionales conocimientos sobre el alma/psique humana y un editor (tres editores) a quien deseaba conocer cara a cara desde hacía tiempo. La Editorial que organizaba el evento era El Nadir, una de esas a las que me gusta volver de forma fiel por su apuesta por libros diferentes, por terminar de hacer mortal la pirueta de una profesión “destinada a desaparecer” como decían ayer mismo los presentadores. El editor, al que llamaré B., con unos ojos que miraban hacia un horizonte muy lejano hablaba de “reparar olvidos” sobre cierta Literatura centroeuropea como la rumana, buena Literatura, pero considerada “marginal” frente a la reputada obra húngara. Ah, cuántos “viajes” no habré hecho yo de la mano de estas publicaciones, incluido el que realicé a las cruzadas protagonizadas por niños, hacia una Jerusalén nunca tan real aunque fuera imaginada… y a una Transilvania rural y costumbrista.
            Cuando uno de los presentadores, con su voz y su entonación de radio dice, leyendo un fragmento de la obra: “Siempre me ha gustado hacer el amor con los ojos y las palabras” siento que me ensancho por dentro. ¡Tengo que leer a esa autora! Un poco después extrae otra perla del libro: “Es estupendo poder decir todo lo que se te pasa por la cabeza al lado de otro. Es como estar solo sin estarlo”. No es una obviedad, es una valiente confesión, una honesta y valiente confesión que también tiene que ver con el viaje interior que se hace en los viajes. Viajo de las palabras a las imágenes que me rodean, las cabezas de los asistentes al acto, las risas compartidas. Hay un ambiente literario… aunque la magia se rompe cuando se termina la última de las tres voces que presentan para dar la palabra al público. Nadie pregunta. Nadie comenta. Los críticos han dejado un nivel tan alto de análisis que da miedo decir nada, resultar obvio, decir una necedad…
            El silencio se hace dueño, por un instante de la situación… y maduran las palabras, encuentran su engarce en el momento para que luego pueda mascarlas, contemplarlas mientras el frío viento de la noche sigue limpiando las calles en las que apenas me cruzo con veinte o treinta personas en un paseo de veinte minutos por el centro de la ciudad, un centro urbano que siempre me ha enamorado y que lo sigue haciendo cada vez que miro uno de esas terrazas acristaladas de la Glorieta de Quevedo, con su hierro forjado, reflejando desde las alturas la noche –hoy algo más silenciosa que de costumbre- de este Madrid invernal. Paseo como en una especie de nube, hacia mi cálida casa, observando la belleza de la arquitectura de ciertos rincones, balcones, ménsulas, atlantes, pequeñas torres y fachadas, mientras resuenan los ecos de esa presentación en la que una treintena de personas llenaban la sala (y la totalidad de las sillas, hasta obligar a algunos al suelo o a la posición erguida, como quien se levanta en la misa para los momentos sagrados, o como quien contempla un lienzo centenario de belleza atemporal). Estoy ebrio de Literatura, ya que no he probado el vino, y me tambaleo mentalmente de camino a casa, de una reflexión a otra, sabiendo que la soledad y el silencio de este paseo terminarán en breve.
            Cerraré con otra sentencia extraída de La sexagenaria y el joven: “Más allá de las glándulas todo es Literatura”.
El fotógrafo llego antes, y al poco lo hizo el escritor. El estudio era estrecho, bien equipado y estaba situado en el centro de la ciudad, casa antigua reformada con una asepsia incapaz de borrar los vestigios de encanto pasado como la chimenea no tapada o el enrejado de los balcones de lo que había sido el salón.
Al poco sonó el timbre. Era la maquilladora con sus ojos grandes, de un verde complejo, futurista, gatuno y oliváceo al tiempo. El último fue el modelo, con gesto de haberse perdido, algo azorado pero puntual.
El escritor miró al modelo: la envidia.
La cosa empezó de forma ágil. El fotógrafo recordó a la maquilladora lo que habían hablado sobre los efectos que se debían conseguir y ella empezó a trabajar con destreza de pintora, como un Anguissola que pintase un retrato del monarca sobre un rostro en lugar de sobre una tela.
La maquilladora miro al modelo: la concentración.
El fotógrafo miro a la maquilladora: el escrutinio.
El escritor miro a la maquilladora: la envidia.
El modelo cerro los ojos.
Una vez listo el estilismo se empezaron a hacer pruebas de luz. Fotómetro por aquí, focos por allá. Alturas, ángulos, fondos, sombras, perspectivas… un muestrario de luminosidades capaces de multiplicar la realidad.
Se colocó la cámara y empezó a enfocar. El fotógrafo miro al modelo a través del aparato: la búsqueda.
El modelo miro a la cámara: el camaleón.
La maquilladora miro al fotógrafo: la curiosidad.
El escritor miró al fotógrafo: la envidia.
Después de unos cuantos disparos procedieron al primer cambio. El modelo quedó medio desnudo, vaqueros y tirantes sin camisa. La cámara lo miró: el chispazo.
Tuvo que cambiar mucho los materiales para darle el aire que un estilo de ropa mucho mas antiguo exigía, mezcla de cine mudo y dandi muy masculino. Afortunadamente siempre llevaba un maletín grande con sombras y maquillajes muy distintos capaz de dar matices muy variados. La maquilladora miró al modelo: la satisfacción. El modelo miró al espejo: la sorpresa.
Las últimas fotos resultaron muy especiales, una mezcla de osadía y siglo viejo. El fotógrafo miró al modelo: la felicidad.
Se despidieron amigablemente. La envidia me hizo escribir este cuento.
De nuevo frente al calendario. Ese círculo imperfecto de segundos que nunca cuadra. Ese examen de conciencia más allá de la religión. Ese reflejo de nuestros actos que se nos presenta inevitablemente. Terrible por imperativo, por insoslayable. Uno puede no darle paso a la reflexión, pero el fin de un ciclo aceptado colectivamente -por la sociedad occidental- se manifiesta de muchas formas. Es casi imposible escapar a la propaganda que se hace del momento. ¿Qué hemos hecho con los trescientos sesenta y cinco días que nos dieron? ¿Cuántas horas hemos estado realmente despiertos, concientes de nuestro estado privilegiado, de la vida que se nos concede?
Y, por supuesto, la vista puesta en los nuevos días que esperamos que nos den, que esperamos vivir, y lo que queremos hacer con ellos, de ellos. Los famosos propósitos de año nuevo.
Un espejo que se nos proyecta o proyectamos, cuya luz nos ciega o nos alumbra el camino que queremos abordar. Predicciones mayas de por medio, y con la exposición londinense sobre el Apoocalipsis (http://www.tate.org.uk/britain/exhibitions/johnmartin/default.shtm) quisiéramos romper los malos presentimientos y defender que cada nuevo día es un universo de posibilidades que no puede ser desaprovechado… o al menos no debe. 2011 ha sido un año completo, complejo y desbordante para mí, y deja una herencia que parece se extenderá durante el 2012 en lo fundamental y en lo accesorio. No puedo quejarme. Demasiados regalos como para que pueda hacerlo. Deseos cumplidos y otros en camino de realizarse. Lleno, en tantos aspectos, tengo un propósito fundamental para el 2012. Y no es, desde luego, viajar tanto como lo hice en 2012 (será difícil) o celebrar tanto (tan importante será imposible). Se trata de un propósito que tiene mayor dificultad que dejar de fumar -aunque yo no fume- o dejar de zampar bollos -cosa que debería hacer teniendo en cuenta mi diabetes. Lo que realmente quiero es seguir profundizando en el conocimiento de mis seres queridos, aumentar la empatía y la inteligencia aplicada a la misma. Comprender lo que motiva, lo que hace funcionar de una determinada forma a aquellos de quienes me rodeo y cuyo amor es lo principal en la vida. Y a partir de ahí saber profundizar en lo que realmente necesitan, diferenciar entre lo que piden y lo que su realidad realmente carece y precisa. Y, sobre todo, en saber cómo explicásrselo, como facilitárselo, y cómo hacer que lo acepten, que vean el beneficio de todo ello. Poco menos que pedir la inspiración divina, lo sé. Pero quisiera tener la paciencia y el conocimiento para quererlos de la mejor manera posible, combinando el sentimiento con la cabeza, el corazón con la reflexión, la profundidad psicológica con la acción adecuada.
La paciencia, la asertividad, el amor y el saber. Ahí va mi carta a los Reyes Magos.
Seguida, por supuesto, de un gran apéndice o epílogo de agradecimientos por cuanto me han traído en el 2011: mucho amor, sobre todo amor, descubrimientos, viajes, libros, aprendizajes, y una cantidad tremenda de pequeños caprichos satisfechos en su mayoría de forma inmediata. Los Reyes Magos, como los ángeles, adoptan formas diversas, y me siguen regalando a lo largo de todo el año: pueden tener barbita, como es su imagen tradicional, aunque también variarla con un peinado con cresta; o pueden modificar su sexo sin cirugía y reducir su tamaño como si hubieran comido pastel de Alicia; pueden tener gustos orientales por las telas y las joyas exóticas; o pueden haber recién dado a luz a niños preciosos que son todo sonrisas; pueden adoptar máscaras de sumisión o mostrarse muy apasionados; pueden ser fanáticos de la obra de Luis Cernuda o realizar fotografías que parecen de otro mundo por su profundidad y perfección; pueden regalar cosas tan diversas como entradas para ver espectáculos musicales o de danza, exquisito aceite en finas botellas de cristal, libretas encuadernadas a mano, trajes y pañuelos de papel; o pueden velar porque mis viajes sean lo más cómodos posibles. Incluso pueden adoptar las figuras de mendigos que me regalan la bondad de sus miradas. Ah, tengo tanto por lo que sentirme dichoso que resulta difícil aceptarlo.
Y, como guinda del pastel parece que el próximo año os citaré a todos en torno a mi nuevo libro, del que os doy el título como primicia: Pequeños laberintos masculinos. No apto para todos los gustos, ni siquiera para todos los públicos. Espero que me pongan muchos rombos. Os iré adelantando más a medida que avance 2012. También pediré, de paso, que estéis ahí cuando el momento de que vea la luz llegue, aunque sé que a muchos no tendré ni que mencionároslo, estaréis allí, lo sé.
Y vosotros, ¿qué pediréis?
¡Feliz 2012!

Dónde radica la diferencia entre un tópico y un clásico en las ciudades es cuestión de opiniones… y de actitudes a la hora de mirarlos. ¿Es algo previsible visitar la Casa de Dulcinea en el Toboso, la Torre de Londres en la capital británica, la Puerta de Alcalá en Madrid, el castillo en Praga y la Sagrada Familia en Barcelona? Sí, en general lo es, a tenor de las hordas de turistas que pasan casi literalmente por encima de todos ellos. Y sin embargo la previsibilidad puede romperse.

Tras nueve años visitando la ciudad de Jack el Destripador (o la de la reina Victoria, según se mire), aún no había penetrado el recinto de la citada Torre. De hecho ni siquiera había pasado muchas veces por esta zona de la urbe. ¿Por qué? Conjunción de astros en el azul del cielo o sencillamente conjunto de circunstancias y decisiones, mezcla en el tiempo del azar y la voluntad. Diremos que vista desde fuera, al menos durante dos o tres años, me engañaba a mí mismo diciendo que no tenía ningún interés por ver las Joyas de la Corona Inglesa y hacer colas interminables para ver los signos de la realeza con los que se abre el Parlamento cada año. Pero, por supuesto, este lugar es mucho más que eso. Una vez despertada mi pasión por la figura de María I y la convulsa era Tudor mi interés aumentaba, puede decirse, casi por momentos. No veía el momento de ver las tripas del entramado de edificios desde el que había partido el cortejo de coronación de la desafortunada hija de Catalina de Aragón y Enrique VIII o donde había sido ajusticiada por traición Ana Bolena. Pero esperaba la ocasión propicia. Quería compartir este gran momento personal con la persona adecuada para hacerlo. Por eso la visita iba tomando, a medida que pasaba el tiempo, más y más significado, y vaciándose de los tópicos al uso. Empecé a investigar sobre la historia del edificio, leí una biografía de la reina, esposa de Felipe II, y fui enriqueciendo mi amor por la Torre al basarlo en el conocimiento. Vista por dentro la Torre Blanca parecía mucho más grande, y la capilla de San Juan mucho más silenciosa y trascendente de lo esperado: los turistas huían de este lugar mágico como si de un discurso político se tratara, algo los expulsaba de aquí. Su carácter sagrado trascendía los siglos que había sido usada como archivo. Todo este disfrute significativo venía potenciado por tener a mi lado a la persona con quien podía compartir la experiencia personal que estaba viviendo, por poder transmitirle mi profunda satisfacción, la vivencia de tocar las piedras que tanto habían visto de una Historia tan humana como brutal.

Por supuesto, había leído también la leyenda de los cuervos, la media docena de cuervos (hoy siete) que no deben abandonar estos muros o la Isla volverá a ser conquistada (como bajo los romanos y los franceses de Guillermo el Conquistador, que por cierto dio inicio al proyecto de la Torre Blanca, auténtico corazón de la fortaleza). Pero fue frente a ellos cuando aprendí cómo el tópico no sólo se convertía en un clásico, sino en una nueva experiencia. Los cuervos resultaban más grandes, y en concreto gruesos, de lo que esperaba o las fotografías me habían llevado a imaginar. Y aunque conocía su generosa dieta basada en carne, galletas bañadas en sangre y otras delicatesen similares, no había hecho el razonamiento lógico sobre su rebosante anatomía y su impresionante fuerza. Los vi realmente oscuros, agresivos, expectantes, violentos, fuertes y al mismo tiempo aristocráticos en su estado salvaje. Nosotros estábamos allí de paso, ellos eran los representantes de una estirpe antigua, habitante de la Torre por derecho propio. Fue el detenimiento de quien me acompañaba para observar y retratar a estos sorprendentes pájaros tan “góticos” lo que me permitió volar más allá de las palabras que constituían la mencionada leyenda sobre la que había escrito un cuento hace más de una década. Estas y otras circunstancias me hacían olvidar la presencia de turistas (en realidad no tantos) y el sambenito de “visita obligada” o “must see” marcado en todas las guías.

Mi sueño se hacía realidad y se revelaba nuevo, como planta que germinase nueva y efímera pues nuestra Torre sería sólo nuestra Torre, y no la Torre de Londres de las guías.

¿Qué puedo decir a estas alturas de la ciudad sobre la que tanto he hablado? Lo diré sin rodeos: que verla con quien puedes descubrirla de nuevo y compartirla íntimamente la convierte, la propulsa, la materializa en un nuevo milagro para ser vivido desde cero, desde los cimientos mismos, descubriendo el mercado de Camden Town como algo más que una sucesión de tiendas alrededor de un canal, con saris, inciensos y botas con tachuelas. Comprar aquí se convirtió en algo decimonónico, mucho menos en serie de lo que había sido hasta entonces. El regalo perfecto. La prenda diseñada para ser vestida por esa persona y nada más que por ella. Incluso la noche que apenas permitía adivinar las formas se volvía una aliada perfecta para encontrar un nuevo mercado donde antes estuvo el predecible “Rastro” de multitudes que suben y bajan las calles como un río desbordado y acéfalo.

Y así hasta el último momento, transformando una fotografía disparada millones y millones y millones de veces, en algo real, más allá de lo visto en los libros y las pantallas de televisión, pasando por el Londres irreal, falso, que conmemora la ciudad que un día fue: el Globe, magnífico fruto del empeño de un americano más amante de Shakespeare que muchos, que muchísimos británicos. Cierto es que este nuevo edificio ni siquiera está levantado en el lugar donde estuvo el teatro en el que se estrenaron las inmortales obras de William, sino a doscientos metros, por no decir que posiblemente ni uno solo de sus elementos constructivos procede de aquel antepasado glorioso. Y sin embargo, ¿qué mayor homenaje a aquello que fue que traerlo a nuestro presente para perpetuar su espíritu, es decir las famosas palabras pronunciadas una vez más por actrices y actores frente a un público probablemente tan entusiasta como el contemporáneo del autor inglés? Aquí uno puede ver como la astucia femenina salva el desastre seguro en El mercader de Venecia, como Marco Antonio arenga a las masas por la muerte de Julio César y Bruto se arrepiente, o cómo la sangre corre corroyendo la mente de Macbeth, hasta tal punto en que es posible olerla.

Y el clásico prevalece por encima del tópico si uno se toma el tiempo y el amor necesarios. Pues el clásico permanece vivo al renovarse continuamente y el tópico aburre por repetición. Y en este caso Londres está para mí más vivo de lo que lo estuvo nunca y lo estará de nuevo tan pronto como esos otros ojos me permitan verlo con la luz de quien va siempre más allá de las apariencias y los lugares comunes.

¡Volveremos!

Claro es como el agua virgen que nace en la roca, que la sonoridad del nombre de “El Toboso” no podrá ya nunca escaparse de los ecos cervantinos ni de una dama tan nombrada casi como la del Caballero de la Triste Figura: Dulcinea. Claro que, como tierra manchega, se relaciona con las migas de pastor, los duelos y quebrantos, las sopas de ajo y el queso con arrope; así como con los molinos y la impronta inconfundible del cine de Almodóvar. Claro que, a ciento veinte kilómetros de Madrid la localidad se muestra como el destino perfecto para el sábado o el domingo con la familia.

 

Pero hay mucho más bajo lo aparente, detrás de lo evidente y cristalino. En primer lugar porque no es tan común poder celebrar la conservación de un pueblo y la ausencia de atrocidades urbanísticas que rompan la deliciosa sensación de decorado del siglo XIX donde sólo farolas y señales de tráfico nos devuelven a la actualidad por necesidad. Y, además, porque es un hermoso ejercicio caminar por sus calles y sentir con cuánta facilidad puede uno salir del pueblo y entrar en contacto directo con el campo y los cantos de los pájaros que pican la tiera…para reconciliarse con la naturaleza y la llanura a un solo paso de las viviendas del hombre… para oler esa leña quemada que sigue ardiendo en las chimeneas y provocando esa vieja estampa de las chimeneas soltando su canción de humo. También puede uno pasar por las Clarisas (Franciscanas) y adquirir, en el tradicional torno los dulces de la tierra y la Literatura: los “caprichos de Dulcinea”. O descubrir la melancólica Glorieta de García Sanchiz, mezcla poética de esculturas y plantas, jardín tupido que limita con el muro del convento…

 

Lo cual, en su totalidad, resulta para una localidad de su tamaño proeza por sí mismo, pero es que además hay que añadir la ruta de los pozos, el Centro Cervantino con sus numerosas versiones del Quijoteen numerosas lenguas, o la llamada Catedral de la Mancha, la iglesia parroquial de San Antonio Abad, o la ermita del Cristo de la Humildad, curiosa talla de gran veneración en estas tierras. Pero no seré yo quien venga aquí a cantar las grandezas de los lares y lugares de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, pues es bien conocido de todos que yo soy más devoto de Quevedo y su Buscón que del manco de Lepanto y su magna obra, por no hablar de la poesía de ingenio brutal y exagerado del eterno rival del Conde Duque de Olivares. No vine aquí para seguir las huellas de Rocinante (en todo caso habría seguido las del entrañable Rucio). Vine a descansar y hallé descanso. Vine a comer bien y comí excesivamente bien. Vine a celebrar y celebré… tras las palabras del nombrado libro que adornan ciertas calles, y siguiendo las imágenes de su silueta y la de su escudero por las fachadas de las casas. Era imposible ignorar la presencia y la importancia del mencionado libro para El Toboso, que incluso ha restaurado la “Casa de Dulcinea” con su molino, su dormitorio con estrado y su cocina vieja.

 

Pero he aquí donde, además de todo lo previsible, vine a darme de cara con aquello que volvió mi viaje único y distinto. Para empezar la casa rural donde me hospedé, estaba decorada con una gran profusión de cuadros (parece ser que la dueña es propietaria de una galería en la cercana capital de España), y en el generoso patio cubierto me recibía una mezcla de Blake y Bacon inquietante pero hermosa, simbólico cuerpo de atleta de un color anaranjado enfermizo, doblado, a punto de echar a correr, con su gran tamaño de gigante épico y griego, por las paredes de la casa. Las habitaciones, tan solo seis, tenían, además, nombre de pintores, y por suerte o por fortuna me tocó la de Goya, aunque hubiera preferido la de Velázquez o la de Leonardo… incluso la de Sorolla. Pero tratándose de gustos artísticos estaba claro que en esta ocasión tendría que quedarme con genios que, gustándome, no eran mis favoritos, pues no se contaba El Greco entre los nombres de las Puertas. Desayunar en este lar, con la luz natural en un patio manchego, ricas magdalenas de la tierra puede que no fuera muy cervantino, pero era una delicia.

 

Y llegamos aquí al tesoro mejor guardado del viaje. Y no me refiero al contenido en el Museo del Convento de las Trinitarias, ya de por sí valioso, sino a la experiencia de la visita. De la mano de una hermana de nombre V., cuya edad, según mis cálculos, debía ser setenta y seis años (espero que a la dama bajo el hábito no le importe que eche números, pues son para alabarla), se nos abrieron las puertas a ropas eclesiásticas de más de doscientos años que parecían haber sido conservadas en arsénico… o en un reloj sin manillas, donde el Tiempo no pasa nunca; puertas a caligrafías de varios siglos; puertas a imágenes y pinturas de las escuelas de grandes artistas cuyos nombres aún resuenan en la Historia Universal. Pero no son los objetos en sí lo que nos transporta a otro mundo, sino las palabras de esa monja que nos guía con su pasión por la Historia y por el Arte, por estas dos salas que, a su lado, parecen un completo Museo Nacional. Es ella la que, con sus historias sobre el descubrimiento de esta o aquella pieza, o sus expresiones inocentes y puras, asombradas, convierte los objetos en protagonistas de leyendas. Una campanilla, en sus palabras, se transforma en vía de milagro; una seda bordada, en un viaje al Paraíso Terrenal. Con este entusiasmo y esta virginidad de espíritu, ¿quién no podrá maravillarse del tesoro que guarda en sí misma la hermana V.?

 

No quiero decir con esto que estemos ante alguien que ignora el mundo, una monja de clausura que ha perdido el contacto con la realidad, pues la hermana había viajado a Madrid las veces que había hecho falta y mencionaba programas de la televisión que dejaban ver que seguía conectada a la vida. Quiero decir que las maravillas son aquellas cosas que tomamos como tales, las obras que valoramos en nuestro corazón y en nuestra sensibilidad. Aquellas a las que dedicamos el tiempo para observarlas, comprenderlas y situarlas en su entorno, en su edad, en su época, y en las manos de quien las parió; aquellas a cuya conservación y cuidado nos dedicamos con esmero y con esfuerzo añadiéndoles aún más valor. Estas piezas de arte, estos pedazos de Historia, tardaron muchas horas en labrarse, pero cuando pasamos por un Museo apenas dedicamos unos segundos a apreciar las más elevadas muestras del genio humano. Así es posible decir que se valoran, pero es una expresión vacía, sin contenido. Es casi lo mismo que apreciar una fotografía de la cosa. Sin tiempo no hay dedicación, sin dedicación no hay amor, sin amor no hay milagro.

 

¿Cómo es posible que apreciemos las pinceladas y las mezclas de pigmentos del genio si apenas nos tomamos el tiempo de mirar el lienzo como quien pasa página de libro? La hermana V. sabe bien los tesoros que componen su museo. Ha estado presente en su catalogación y ha limpiado algunos de ellos; mandando otros a restaurar. Los ha visto y cuidado día tras día hasta verlos llegar a su posición actual en la colección, pequeña, pero hermosa. Y, con la encantadora pasión de su cuidado, las ha transformado para nosotros, que les hemos dedicado un poco más de tiempo del que lo habríamos hecho de otra manera. Frente a la enfermedad de Stendhal, fruto de la acumulación de arte, sí, pero también de la prisa por verlo, la virtud de la hermana V., que acumula paciencia y manos “de monja” para cuidar y apreciar las bellezas de las obras del hombre.

 

No sé qué sucede pero, últimamente, acabo siempre en universos paralelos durante mis viajes que se enriquecen inesperadamente con descubrimientos de viajero decimonónico. Será el espíritu de Washington Irving, que me precede…bajo las sombras de los grabados de Doré.