Este será el viaje más largo que he hecho en mi vida. Aproximadamente catorce horas de puerta a puerta: dos aviones y cinco mil kilómetros. Me siento nervioso, lleno de preguntas, como un tonel de cerveza con la espuma que sube y sube, pero no debo pensar demasiado en ello o acabaré por obsesionarme. Siempre me ha gustado viajar, aunque nunca lo había hecho a un país que no habría elegido como destino de turismo. La distancia, llega un momento, en que no resulta relevante. El acto de voluntad no puede dejar de serlo. Me siento inquieto, pero también lleno de curiosidad sobre el “Nuevo Mundo” que encontraré.
La impresión del avión es más grande de lo que esperaba: Business Class… el asiento se hace cama, tiene vibración, te sirven de todo en todo momento… Es sorprendente. Si hasta dan bombones de Godiva (a mí no, que tengo menú de diabético jajaja, bendita Travel Manager que está en todo).
Almohadilla, mantita, auriculares supersónicos, películas a la carta, juegos 3D… Y sobre todo el espacio, la amplitud del asiento-cama y el hecho de tener sólo un asiento a mi lado y unos cómodos pasillos a derecha e izquierda que hacen cobrar sentido a esos anuncios de automóviles donde se afirma que el espacio es el auténtico lujo. Supongo que la imagen que doy no es precisamente la de un hombre de mundo, pero me alegra pensar que aún tengo cierta inocencia infantil para descubrir placeres en la vida. La Business Class de este tipo de vuelo de larga duración es algo de lo que siempre había oído hablar pero uno no acaba de hacerse a la idea de que sea posible dormir con el cuerpo completamente horizontal, y pedir champange Chardonnay todo en el mismo habitáculo con alas. Esta es la “oficina” más lujosa en la que he trabajado nunca, sin duda.
Treinta y cinco mil pies de altura, lo que vienen a ser unos diez mil metros; unos cincuenta grados centígrados bajo cero ahí fuera; unos cinco mil kilómetros de camino –se me ha quedado grabado- y aproximadamente siete horas de vuelo por delante…
Trabajo; leo El abisinio un libro que por mí mismo no habría elegido nunca pero con el que me obsequian y me sirve para leer un texto sencillo, sin metafísicas; devoro un artículo sobre la poética ciudad de Shiraz en la revista del avión… Como a eso de las 4:30 a pesar de haber comido en el aeropuerto a la una, ceno unas tapas de verduras sobre finas rodajas de pan y frutas cortadas en tiras, vuelvo a trabajar mientras escucho música de Bollywood (la mejor alternativa en el menú interactivo musical del avión incluía el Imagine de Lennon y todo tiene un límite). Las horas vuelan. La experiencia, inesperadamente, es enriquecedora. Los asientos son tan cómodos que ni siquiera me molesta el trasero en el que suelen clavárseme los huesos al cabo de dos horas en cualquier tipo de silla, sillón o banqueta:
En la pantalla del avión vemos información sobre el vuelo en tiempo real: ahí está el mapa dado la vuelta: el norte abajo, el sur arriba… y Cádiz queda por lo tanto en la parte superior. Luego la trayectoria va marcando nombres con sobrada resonancia para mí: Cuenca, Valencia, Roma, Atenas… La velocidad del cacharro es realmente apasionante, especialmente porque la sensación de estabilidad y el silencio son mucho mayores que en cualquier otro avión que haya tomado nunca. Impresiona sobrevolar la tierra así. Habrá quien ya no lo note, pero me parece un prodigio poder aunar distancias de esta forma. Lástima que no sirva para aproximar entendimientos, aunque estos no se avienen ni entre vecinos separados sólo por un muro casi de cartulina.
La sala de espera de la First Class del aeropuerto de Doha parece un restaurante posh/snob de Nueva York (tengamos en cuenta que mi única referencia son las películas, sobre todo porque no he estado nunca en Nueva York), con sus grandes ventanales, sus pantallas desproporcionadas, su servicio de restaurante, su masaje automático… todo gratis. A pesar de que son más de las doce de la noche el tax free está abierto. Es caro. Pregunto por el precio de unas pequeñas cajas pintadas a mano con motivos como un músico de bello rostro, un ¿derviche?, o un camellero en el desierto. La más barata cuesta más de cien dólares. La “dejo ir”, con pena y esperando encontrar algo con el mismo encanto en Arabia… Con el pasar de los días descubriré que aunque sean una típica compra en este país no son producto nacional sino, como las alfombras, de Irán. Un producto de hueso pintado por artistas, me lo confirman. Luego veré algunas más pero ninguna tendrá el encanto de aquellas que encontré en este aeropuerto y no volveré a preguntar precios.
El embarque es muy rápido. El autobús que nos lleva al avión a la gente de business, apenas tiene diez o quince plazas, es tan cómodo como el avión o la sala de espera. El recorrido por las pistas dura varios minutos, el aeropuerto parece gigante en mitad de la noche, lleno de luces que se mueven… aunque es posible que el cansancio me haga sentir más grandes las distancias que recorremos. Es una vigilia extraña, mitad de ensoñación, mitad sin sueño. Apenas he notado la bofetada de calor los pocos pasos entre el edificio y el autobús que me lleva al avión, pero a pesar de ser ya casi la una de la madrugada no debe haber menos de 30 grados de temperatura. El aire es abrasador y pesado de polvo, arena desgastada de chocarse contra ella misma.
En el segundo avión apenas pasamos cuarenta minutos y nos dan zumo de naranja, una ensalada, fruta cortada… Es casi tan lujoso como el primero salvo por el detalle de que el asiento no puede convertirse en cama.
Después el desembarque es directamente a la terminal, sin autobús, sin cruzar pistas, a través de uno de esos brazos mecánicos que unen los edificios con los aviones. Salgo de los primeros y es uno de los mejores momentos en los que he decidido tomar la delantera: al final de unos interminables pasillos (una vez más el cansancio por las catorce horas que han pasado desde que salí de casa en Madrid, y el sueño por la hora me hace ver todo mucho más interminable y pesado) llego a la aduana. Solo hay tres policías en la aduana y solo uno de ellos es para el tipo de visas internacionales que yo llevo. Delante de mí hay como once indios -¿o serán pakistaníes?- y compruebo con desolación que tardan varios minutos para un solo control: toman las huellas dactilares de todos los dedos, primero cuatro de la mano derecha, luego cuatro de la mano izquierda, luego los pulgares; toman fotografía –sin gafas-; anotan en el ordenador los datos del pasaporte y la tarjeta de embarque… Calculo una hora más de espera, de pie, con temor a que mi taxista se largue y me deje en tierra sin saber si encontraré taxistas que hablen en inglés (doy por sentado que ninguno lo hará en castellano) para explicarles dónde voy.
Pero la suerte me acompaña y después de veinte minutos, un segundo policía se hace cargo de los siete indios que quedan y yo puedo pasar por fin y encontrar camino a la salida donde un cartel con mi nombre me hace respirar aliviado: el conductor sabe lo que es este país y lo que es la aduana y no se ha ido a ninguna parte.
Siguen cuarenta minutos de circulación en silencio por autopistas de tres carriles por cada lado, ligeramente por encima del desierto, que a veces se asoma y llena la mediana de ondas de arena gracias a la colaboración del viento. Las luces aparecen difuminadas por esta atmósfera de polvo que todo lo envuelve, la visibilidad es reducida y no solo por la oscuridad de la noche… Entre el horizonte, además de las pequeñas matas grisáceas que no distingo muy bien y que no entiendo cómo pueden sobrevivir nutriéndose de la sal y el polvo, empiezan a aparecer edificios: hoteles a medio construir, fábricas de coches, adosados residenciales de pésimo gusto, automóviles cuyos cristales están casi cubiertos de arena… Esto parece un cinturón industrial de ciudad, pero además rodeado de desierto rebelde y ventoso. Esta impresión será la que me confirme la ciudad de Al-Khobar: toda ella parece ser así: terrenos baldíos donde aparece el desierto continuamente, seguidos por manzanas de casas de hormigón, habitualmente bajas y con poca gracia y altos monstruitos de cristal y acero, muchos a medio construir. Y, de tarde en tarde modernos centros comerciales con los nombres de las marcas más occidentales que puedan imaginarse. El concepto de cruce de calles totalmente pobladas y estructuradas no aplica a Al-Khobar.
Apenas nos cruzamos con otros coches. La ciudad está callada. Cuando giramos a la derecha para abandonar la autopista me siento aliviado: estamos llegando al destino. Y cuando por fin veo el hotel me alegro de haber buscado fotografías en Internet, es como si fuera la primera cosa “conocida” en este viaje que desasosiega por la hora, por el destino y sus leyes, por la soledad y la duración del mismo. Se trata de un edificio de una sola planta, con pasillos alfombrados y aire acondicionado ruidoso pero necesario: afuera la noche es infernalmente seca y cálida, más bien seca como un cadáver momificado. A pesar del ruido del aparato caigo rendido en la cama: en tan solo cuatro horas tengo que levantarme. Ha sido un día tenso y cansado.
El despertar me trae un día sonámbulo, irreal, algo torpe, incluso. Viene a buscarme en un todoterreno, algo muy común aquí, un español llamado J., encargado de la seguridad y de mil pequeños quehaceres. Para mi sorpresa el camino dura aproximadamente dos minutos. La oficina casi forma parte de la muralla del complejo residencial (está justo detrás), pero nadie va andando por el sofocante calor que hace pesados los pasos y dura la respiración. Me presentan a mucha gente cuyos nombres no consigo retener el primer día… Empieza mi larga sucesión de entrevistas, tan apretadas que no nos da tiempo a salir del compound para comer. El restaurante de la “urbanización” está frente al hotel y tienen un buffet de comida india y europea. Todo en la zona, salvo tres o cuatro edificios empresariales, son viviendas y locales bajos que van perdiendo en lujo según uno se aleja de la puerta principal para convertirse casi en chabolas cuando se trata de las casas de filipinos e indios que atienden el hotel y el restaurante. El contraste me golpea un poco. Este será un recinto muy europeo o americano (las urbanizaciones de casas bajas con pequeño jardín me recuerdan a un libro de Cunningham), pero no todo es nivel europeo. Por las dos noches siguientes caminaré después de la cena por todo el lugar. Me gustará el edificio de una gran compañía china, especialmente. En su fachada dos fotografías de ¿príncipes árabes? de gran tamaño. Llevan el pañuelo tradicional sobre sus cabezas y esas medias barbas tan características. El petróleo construye inesperados entramados internacionales, y funciona como un magnífico pegamento líquido para unir materiales tan supuestamente distintos como la porcelana asiática y la esencia árabe.
Por las noches, que caen mucho más rápidamente que en la península ibérica a estas alturas del año, el cielo no llega a ser negro, sino de un morado oscuro sin estrellas que se aclara casi en un blanco manchado hacia la línea del horizonte. Llego a ver a unos jóvenes intentando jugar al baloncesto en una cancha cercana al edificio empresarial que mencionaba antes, y a un hombre haciendo footing. Me pregunto cuánto tiempo llevan aquí para haberse acostumbrado a esta atmósfera y ser capaces de hacer ningún tipo de ejercicio a pesar de la misma. También veo a algún caminante solitario como yo… ¿Dónde irán? ¿Tendrán algún destino en este campo de casas, algún amigo al que visitar? ¿O deambularán en busca del tiempo perdido hacia la nada, mero cruzar el espacio y el presente al igual que lo hago yo?
El segundo día no se diferencia gran cosa del primero. La sensación de ser un filete de carne en el microondas es la misma en cuanto que salgo de la oficina, cosa que hago solo ya avanzada la tarde, para seguir trabajando en el hotel. Creo que esas ondas del famoso cacharro que ha revolucionado la vida de la cocinera casera, invisibles pero que remueven las moléculas por dentro, son algo similar a estas bolsas de aire ardiente donde la arena y la polución no se ven (puro polvo que se entrechoca años y años contra sí mismo hasta hacerse microscópico) pero igualmente remueven por dentro y calientan los pulmones y los órganos, empequeñeciéndolos, abrasándolos.
La mayor diferencia consiste en la comida. Salimos en coche y recorremos diez minutos una carretera en obras, rodeada de desierto y, a más de medio kilómetro, también por algunas casas. En lo más inopinado del ¿camino? surge un moderno Holiday Inn que brilla europeo y moderno. Y en su interior, tras una recepción con tienda y agencia de viajes incluidas, un restaurante de buena comida norteafricana/árabe: humus, ensaladas de garbanzos… e india. Bufet riquísimo que termina con una amplia mesa de delicatesen dulces donde reinan los baklavas y tras ellos, reyes invitados de la Francia del XVIII, los macarons minúsculos. La riqueza culinaria y cultural es tan grande que puedo sentirme feliz con el eclecticismo y el tesoro humano que tenemos siempre al alcance de la mano en el mundo en el que vivimos.
Pero es el tercer día el que hace saltar por los aires algo que parecía el orden establecido para todas las jornadas de mi estancia. El Jefe de la Oficina ha regresado de un viaje y él me abre las puertas de Arabia. Lo conocí hace un par de años en Madrid y nos unió la Cultura, el Arte, la Historia. En un mundo de ingenieros no es común compartir este tipo de ¿aficiones? Pero entonces, en aquel primer encuentro, estaba lejos de descubrir al hombre que entreveo durante los dos días que restan de mi estancia: ciento cuatro países a su espalda, cientos de nombres, calles, plazas, personas, monumentos y rincones registrados en una memoria prodigiosa y toda una existencia de continuo crecimiento y contacto directo con el mundo que lo convierten en un baúl sin fondo de conocimiento. Él me llevará a Baréin y me mostrará ciertas tripas de la ciudad en la que estoy trabajando estos días. En su sangre hay, desde el nacimiento, una combinación de nacionalidades que encuentra un equilibrio perfecto entre el caballero inglés y el caballero español, con el sentimiento profundo de anfitrión árabe que siempre provee la mejor hospitalidad.
Baréin es una pequeña isla que, en palabras de mi cicerone, vive de la buena voluntad de Arabia a la que está unida por un puente y viaducto combinado de 26 kilómetros, construido por una empresa holandesa y conocido como la Calzada del Rey Fahd. A pesar de sus 25 años resulta contemporáneo, sólido, convincente, muy avanzado para su tiempo. Los novedosos rascacielos, alarde de ingeniería, tienen algo que llama mi atención y es su gusto por el color, algo que puede también verse en los letreros luminosos que adornan y anuncian los comercios de la ciudad. Pierdo la ocasión de mirar al cielo a los pies de uno de ellos, pero no de disfrutar de una cena exquisita en un piso cincuenta y dos desde donde la urbe se muestra, encendida y nocturna, moderna y, a pesar de todo, ancestral, misteriosa. ¿Será quizá por el calor del desierto que subyace al hormigón, al acero y al cristal?
La visita se completa con un paseo por un Centro Comercial donde las marcas internacionales lo copan todo: Zara, Starbucks, H&M, etc. Es casi inevitable comentar el prodigioso caso de Amancio Ortega y su estudio por universidades británicas de prestigio. Sin embargo, el edificio tiene el gran acierto de mantener pequeños detalles de la arquitectura musulmana tradicional: arcos de herradura, los elementos que evocan celosías para ver sin ser visto, cúpulas gallonadas… Esta arquitectura moderna que al menos rinde su respeto a las raíces culturales me reconforta… “Ay del pueblo que olvida su pasado / y a ignorar su prosapia se condena” (Manuel Machado dixit). Para gustos muy sensibles o puristas la mezcla de ingeniería, objetivo comercial, marcas occidentales y guiños a la cultura y al pasado es tan ecléctica que resultaría venenosa en grado sumo.
He de lamentar tan solo una cosa: el monumento a la perla ha sido destruido porque en torno a él se concentraban las protestas que se han generalizado en el norte de África y parte de la península arábiga en este 2011 del calendario gregoriano. Me cuenta mi guía que estos pueblos, antes de la aparición del petróleo, eran pescadores de perlas, y aquella era la escultura que evocaba ese origen. Mi mente vuela imaginando a los nadadores que se sumergían en las olas para encontrar su tesoro y su sustento y recuerdo cuentos africanos muy antiguos que mi prima ML me regaló hace ya muchos años. Se trata de formas de existencia ancestrales en las que ya el hombre había identificado la joya y su belleza, el brillo nacarado de ese grano de arena convertido en pieza de adorno de cuerpos y armas y muchos años más tarde también de libros, por ejemplo. La belleza como concepto que salva, que hace la vida mejor, va más allá del precio, del valor comercial que el objeto, por escaso, pueda alcanzar. Y ya los antiguos los sabían perfectamente.
Es de noche mucho antes de emprender el regreso. Me siento pletórico: aunque sólo hayan sido unas horas, he pisado otro país y otra ciudad terriblemente diferentes de Arabia y Al-Khobar de los que solo veintiséis kilómetros de mareas los separan.
El último día la suerte vuelve a hacer acto de presencia en mi vida. En verdad me pregunto si ha dejado de hacerlo; he nacido bajo el auspicio de una estrella dulce cuyo brillo aumenta cuando ya estoy preparado para aguantar su nuevo grado de calor. Las dos últimas entrevistas se cancelan por razones ajenas a mí: uno de los candidatos es enviado a una obra lejos de la ciudad donde estoy; al otro, lamentablemente, le informan del fallecimiento de un familiar. Esto se traduce en dos horas que puedo adelantar mi salida de la oficina y, por lo tanto, multiplicar mis visitas a la ciudad y mis visiones sobre ella.
Pero empecemos por la mañana, durante la que visito una institución pública inmensa. De camino a la misma veo por primera vez a la luz del día las calles de la ciudad. No conozco un mapa aproximado de la misma, ni su orientación. No sé si estoy en el centro o más bien en las afueras, pero la luz lo ilumina todo volviéndolo blanquecino o amarillento… Profesional y personalmente este es un gran paso para mí. La citada hospitalidad árabe sale también el paso y me invitan a probar ese café árabe que volveré a beber dos veces más durante el día de hoy. Ese grano no tostado, sino calentado como té que le da al agua una calidad de oro… o mejor de cobre. El sabor es intenso, evocador e intenso. Tiene un último regusto a óxido, a metal añejo pero también brillante.
Por la tarde empezaré por una librería donde he pedido ir para encontrar algún volumen sobre este país en el que estoy ; después me llevarán a una tienda de alfombras donde la belleza de los diseños (de los 2.000 nudos de seda por centímetro cuadrado poco sé y de la técnica para llegar a estos resultados tampoco, aunque el número asombra) me atrapará dejando mi espíritu perdido entre los laberintos de motivos vegetales y geométricos de estas finísimas obras de arte que parece mentira que hayan sido diseñadas para estar bajo el pie del hombre. A mi mente regresan viejas clases de Arte de la escuela: lacería, ataurique… prohibición de la imagen humana que, a pesar de todo, aparece en algunos de estos productos fabricados en ese Irán donde nació la civilización y el refinamiento continúa hasta el día de hoy. Y terminaré esta primera visita por la ciudad en una joyería yemenita donde los anillos y las pulseras, las gargantillas y las sortijas son delicadas y elegantes, especialmente cuando reproducen modelos orientales; y en una tienda de regalos, si puede denominarse así, donde se dan cita los objetos marroquíes como las lámparas, los muebles de oscuras maderas, los trabajos indios y algunos productos de la artesanía local como armas enmarcadas. Después este guía excepcional me devuelve al compound donde me reencontraré con J., quien completará mi visión de la ciudad con un paseo en coche por la noche “Al-Khobareña”: el barrio elegante con su gran avenida, la corniche con su Burger King y su McDonalds y finalmente las tiendas de ropas tradicionales, monedas austriacas y esencias y llaveros con gotas de petróleo. J. sabe mucho del Islam, pero también de Historia. Y resulta ser un gran conversador que ha desarrollado un importante conocimiento sobre un imperio que siempre he ignorado: el otomano. De ahí, me explica, o cree él, que puedan encontrarse en este rincón del mundo monedas austriacas de la época de María Teresa, pues los turcos estuvieron dos veces a las puertas de Viena, aunque en ambas ocasiones fueron expulsados. Me olvido de preguntarle si conoce que precisamente de esas incursiones bélicas nació el capuchino y el cruasán, que evolucionaron a lo que hoy llamamos de igual manera aunque hayan variado de forma.
En este entramado de calles donde un centro comercial (sobre todo de tecnología por lo que me parece ver) comparte espacio con casas bajas de dudosa estabilidad, veo mil nacionalidades: indios, pakistaníes, indonesios (¿o serán chinos?)… y por supuesto sauditas traicionando la visión tradicional que se tiene desde fuera del país. Veo mujeres de rasgos orientales, una de ellas hablando enérgicamente por teléfono, y ninguna de ellas con el rostro tapado, ni siquiera los brazos. Después de la imagen de la esposa tradicional, acompañada por el marido, y a la que las negras telas le cubren todo salvo los ojos (a los que no se debe mirar) lo que sorprende es esta libertad “occidental”.
Terminamos en un restaurante, comiendo en el suelo, con la mano, el famoso arroz con cordero, menos dorado y crujiente que el español pero de rico sabor. Aquí tomo la mayoría de las pocas fotografías que me he tenido oportunidad de echar a lo largo de este viaje que termina. La decoración, con un desierto de colores contrastados en rojos y amarillos y camellos que lo atraviesan parecen una “trampa para turistas” ávidos de aventura… pero no por ello resulta menos bello, especialmente cuando se estampan contra ellos las sombras de las lámparas. Aquí lo habitual es comer deprisa y volver a los quehaceres que sean. Nada de la sobremesa que nos caracteriza en España, con la charla, el café, y el detenimiento entre plato y plato. Aunque algo de eso le imprimimos nosotros a este momento.
Apenas he observado por la mirilla de una puerta a este mundo musulmán y a este país de miles de kilómetros de desierto pero puedo decir que me ha noqueado por las diferencias con el nuestro, por la dureza del paisaje, por la variedad de sorpresas que salen a mi encuentro…
En la última etapa del viaje apenas duermo dos horas para que J.J. me lleve al aeropuerto a las dos de la madrugada. Es un conductor indio, tranquilo y sonriente al que le gusta la música country (que vamos escuchando mientras las dunas del desierto juegan a dola a ambos lados de la carretera) y Shakira. ¿Quién me iba a decir a mí hace tan solo cuatro años que tendría la ocasión de pasar una madrugada oyendo viejos hits de Shania Twain en un 4×4 en las desérticas y oleosas tierras de Arabia? Es un final tan peculiar y heterogéneo como ha sido toda mi visita. Tengo que pensar, pero estoy demasiado somnoliento.
Es hora de volver a casa.