Guillermo Arróniz

Generación.Net


    Hampton Court Palace no era exactamente lo que había imaginado: un espacio Tudor con abundancia y exceso de recuerdos del omnipresente Enrique VIII, su celebrada hija Isabel (la ensalzada reina virgen) y, de nuevo, un ajuste de cuentas protestantes contra María I. Pero no me siento decepcionado en absoluto. Me encontré, para empezar, con dos palacios (uno de ellos ya georgiano), un olvido absoluto de Bloody Mary y una exposición breve, pero inspirada, sobre la juventud del monarca que cambiaría el carácter nacional, con una inesperada atención a las virtudes de Catalina de Aragón, su primera esposa, hija de los Reyes Católicos y tía del emperador Carlos V.

    Entre estas paredes de piedra y ladrillo se puede sentir aún el frío de ese Renacimiento inglés, tan tímido como medieval en no pocos aspectos, con la brutalidad sanguinaria y la razón de estado que predominaron también en la Italia de la época, pero sin el refinamiento cultural y la exquisitez lujuriosa de la península en forma de bota. Y ese frío se hace sentir a pesar de los paneles de madera con que, aquí y allá, se han cubierto esos pétreos muros que aún parecen exudar la humedad de un gótico connatural a este clima inhóspito pero tan dado a la creatividad del misterio y la melancolía sangrienta.

    Una de las experiencias más singulares es, sin duda, el espacio de las cocinas, amplio y recreado con verosimilitud a la que contribuye sólidamente la chimenea en servicio con sus generosos troncos ardientes. Los numerosos metros dedicados a la preparación de las viandas reales dan una idea de los pantagruélicos banquetes de la época, de las seiscientas comidas servidas diariamente, del tremendo esfuerzo que un gran número de sirvientes tenían que realizar de forma continua para atender los apetitos de la corte con alimentos cuya conservación era muy complicada y a pesar de todo no siempre segura. Estas cocinas son famosas en toda Inglaterra, y han provocado el surgimiento de una fundación de cocineros que investiga las recetas y formas tradicionales de cocina de la época Tudor. Una Fundación que celebra un banquete anual al que, imagino, pueden asistir muy pocos privilegiados.

    Me sorprende, por otra parte, encontrar aquí tres Caravaggios (aunque pertenecen al área georgiana, que es casi una pinacoteca con rasgos propios de Wren), uno de ellos de producción temprana, y otro un impactante claroscuro (¿cómo no?) de Jesús eligiendo a Pedro y Andrés como pescadores de hombres. Impactante y desconcertante apasionamiento mediterráneo y popular en estas islas británicamente gélidas y tristemente encharcadas.

    Quizá intentaban los locales, ya desde temprano, traer algún pedazo de sol, un rayo de calidez apasionada, como hicieron previamente al adquirir la inmensa obra de Mantegna celebrando la entrada triunfal de un César idealizado, pasado por ese tamiz único que fue el desarrollo técnico, el despertar de la pintura en la Italia del 1.400 y del 1.500. Lo cierto es que son como una contradicción, una atemporalidad, unas semillas de café muy tostado en el corazón de un pastel de carne poco hecho y un tanto desvaído. Pero me llaman profundamente la atención estos Caravaggios, y no sólo por el cuarto centenario de su muerte, con el que han hecho coincidir la búsqueda de sus huesos en una fosa común. Curiosa obsesión esta de las fosas, cuando, en su caso, se le puede rendir homenaje cada día apreciando el sabor y la singular forma de hacer de sus cuadros, supervivientes, legado universal para los hombres. Esas pieles tostadas y curtidas, esos apóstoles del pueblo, esa belleza masculina de ángel que toca para la Sagrada Familia en su huida a Egipto, ¿qué tienen que ver con estos cutis pálidos, ávidos de sol?, ¿con estas obsesiones machistas del monarca que buscaba perpetuar su casa en la corona británica a cualquier precio?

    Supongo que se trata de una ecuación sin solución. No hay semejanza ni tiene por qué haberla. El contraste es rico de por sí. Es posible que incluso los aprecie más aquí, fuera de su contexto, lejos de su Roma o Nápoles “natal”. No son las únicas obras de calidad del conjunto. Los reyes, (no sólo Felipe III y IV de España) tendieron a ser, con mayor o menor fervor, coleccionistas de pintura antigua y mecenas, lo que revertía en su reputación y renombre, dándoles la publicidad de solvencia económica y poder que ansiaban para gobernar con la mayor facilidad posible. En algunos momentos de la Historia incluso agradecieron el halo de personas cultas que estas adquisiciones les reportaban. Así que los Tudor, los Estuardo, los Hanover, los Orange… contribuyeron a la belleza y riqueza del lugar comprando incluso colecciones completas como la de los Gonzaga (hablando de la Italia renacentista…).

    El palacio, además, ofrece unos amplios jardines donde pueden diferenciarse perfectamente estilos diferentes: pradera inglesa, parterres ordenados de gusto francés con rincones donde esconderse de los ojos curiosos., bulbos de flores extrañas y setos que rodean bellas esculturas marmóreas… Aunque debo decir, sin patriotismo hueco alguno, que nada tienen que envidiarles los espacios verdes que acompañan a los palacios de Aranjuez y La Granja. Más bien al contrario los españoles tienen muchísima más gracia y son más mágicos y hermosos, respectivamente, que los de este Hampton Court cuya visita, sin embargo, enamora.

    Enamora porque es capaz de evocar, en no pocos rincones, un estilo de vida, una forma pasada, pero que se rescata desde lo más cotidiano como la comida. Para ayudar a ese viajar en el tiempo varios actores vestidos con trajes Tudor pululan por las estancias, patios y avenidas. Hay músicos que se toman el tiempo y la molestia no sólo de entretener al visitante con melodías que tienen casi quinientos años, sino de explicarle los instrumentos, las partituras y la labor de los músicos en la corte. Hay un Enrique VIII y una Catherine Howard, cocineros y caballeros. Todo lo cual podría observarse como una parte pintoresca de la visita, pero la hace mucho más atractiva en tanto en cuanto sus “papeles” están bien escritos y ayudan al viajero a entender mejor el lugar que se visita y ampliar sus conocimientos, si ya los tenía; a disfrutar en mayor medida del paseo.

    Por supuesto, como todo buen palacio que se precie, sobre todo si tiene alma de castillo,  posee su propio fantasma y su leyenda. En este caso es la mencionada Catherine Howard, quinta esposa de Enrique VIII, quien habría de conformarse con un total de seis, y además sucesivas, a pesar de ser el octavo rey del mismo nombre. Catherine, mucho más joven que su esposo, quien había perdido ya la forma de caballero (y permítaseme decir que también las maneras), fue acusada de alta traición por coquetear o faltar a la fidelidad debida al rey y arrestada en estas estancias, antes de ser ejecutada. Dicen que, antes de tan fatal destino corrió hacia su marido, buscando amparo (no sería la única, ¿qué tendría el monarca que las tendría tan engañadas a todas?), aunque los soldados impidieron que llegase a hacerlo. Es este fantasma que huye de los esbirros corriendo hacia la hermosísima capilla del palacio, donde pretendía encontrar la protección del rey, quien dicen que se apareció gritando en el Great Hall, desesperada ante la acusación de adulterio y el previsible y consecuente fin. Al fin y a la postre su caso, en este aspecto del trágico final, no fue muy diferente del de Ana Bolena. La fotografía (hoy convertida en postal para amantes de lo kitsch) en blanco y negro, pertenece a la época victoriana y es de una inocencia que raya en lo irrisorio. Aunque a la pobre Catherine estoy convencido de que no le haría ninguna gracia. Fueron tiempos de crueldad y refinamiento, pero en el caso del soberano Tudor, fueron tiempos de razón de estado por encima de todo. La búsqueda de herederos que perpetuasen su casa le hicieron dar no pocos pasos que forjaron, en gran medida, el carácter nacional.

    En cualquier caso yo, que vine a buscar a la pobre María, me voy sin oler prácticamente su perfume. Sé que estuvo aquí, pero no la encuentro mencionada en ninguna parte. La encontré sin buscarla en las ruinas del palacio de Winchester donde celebró su banquete, cuando aún lo ignoraba prácticamente todo sobre ella. Y ahora que la persigo su sombra se me escapa, juguetona, como el rayo de luna. Como el rostro de César Borgia, que se deshace ante mis pesquisas de aficionado. Dos personajes, dos estrellas fugaces que brillaron con una potencia brutal, que quemó no pocos planetas a su paso, pero que, después de aquella estela tremendamente destructiva, se disiparon de la Historia sin desaparecer. Su sombra, marcada en un profundo y sombrío negro quedó para que la memoria colectiva les robara el resto: su auténtico yo, su dolor profundo, la persona detrás del personaje. Calumniados y odiados hasta convertir cualquier intento de rescatarlos en poco menos que un ultraje con valor de herejía me siguen fascinando, quisiera redimirlos y estoy seguro de que es posible hacerlo. Mi recolección de pruebas, espero, acaba de comenzar.

        Cuando llego a mi casa, en el Madrid castizo, el Madrid gato de verdad, empiezo la lectura de la guía del palacio y… ¡ahí está María! Hay un pequeño dibujo en el que aparece, apenas unos retazos, en el cortejo del bautizo de su hermanastro Eduardo, quien la precedería en el trono por ser varón. Pero hay mucho más: fue aquí donde recibió la propuesta de matrimonio de Felipe II. ¡He rescatado un paso más de su vida! Aquí fue donde, casi sin duda, estrechó contra sí la carta del monarca español del que la enamoró un retrato de Tiziano. Hampton Court me ha hecho un último regalo. Me siento un poco más cerca de la persona. Puedo continuar recopilando sus huellas. Quizá algún día tenga suficientes para poder trazar su camino y entender su peregrinar por este valle de lágrimas (en este lugar mucho más pradera, pero lleno de lágrimas celestes, sin duda).

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