Será porque tengo quien vela por mis viajes (desde un San Cristóbal de Plata de trabajo impecable y torso fuerte, a una Virgen Ortodoxa con el Niño Jesús, flanqueados por dos ángeles dorados que parece a punto de echar a hablar lenguas místicas y musicales, incluyendo ángeles que me velan desde cirios, portadas de libros y monografías) o será porque tengo más suerte de la que se puede imaginar que existe, el caso es que la belleza sale a mi paso por dondequiera que me encuentro y Roma, por supuesto, no podía ser una excepción. En la que llaman Eterna, uno puede encontrar un crisol sobre otro crisol de culturas y nacionalidades. El mundo parece estar concentrado aquí, en un permanente movimiento que no termina nunca y que recorre siempre las mismas calles, los mismos monumentos: chinos, japoneses, pakistaníes, indios, estadounidenses, españoles (¡por todas partes!)… y por supuesto italianos. La urbe nos atrae de forma mortal, como la trampa a la mosca, pero con un sabor de miel excesiva, capaz de noquear a cualquiera y no sólo a Stendhal, a cualquiera que tenga la sensibilidad artística medio grado por encima del de una cucaracha.La ciudad es exceso y es caos, y es Barroco explotando por todas partes; acumulación de iglesias y gelaterías; pizzerías y ruinas. Sí, eso ya es conocido por todos. Pero luego está la belleza. La perfección o imperfección que nos roba el alma y nos la devuelve impregnada de veneno. Un veneno adictivo y necesario para la vida. Una medicina perversa e imprescindible. Desde esos pies oscuros, pequeños y de venas marcadas, puro relieve, de algunas zonas surasiáticas, a los pies largos, grandes, suaves y blancos, con las leves líneas azuladas de algunos nórdicos que parecen extraídos de casas de techos altísimos donde todo hace eco y por eso ellos hablan tan poco. De la mandíbula cuadrada y apenas disimulada por una barba apenas de un día, pelos muy cortos, estudiadamente cortos, que no ocultan la línea pero la dulcifican; a los ojos azules e intensos, ausentes e intensos, en ese rostro tostado por el sol, raza caucásica pero con algo de sangre turca. De las piernas larguísimas y pobladas de un vello también largo, finísimo, dorado, llama de espada de arcángel en momento de descanso, a los párpados que terminan en forma de ese tumbada, como de buda, dejando apenas una línea sugerente de iris y pupila a nuestras pesquisas, en medio de un rostro moreno, algo rojizo por el sol, de joven europeo, quizá siciliano. Del cabello desordenado y abundante, como de niño que acaba de correr con sus amigos, a la sonrisa beatífica del hombre dormido en el que se refleja la luz del sol por la ventana de un restaurante (que igual podría ser de un avión). Si uno no mira, de vez en cuando, al suelo horrible y fracturado de esta ciudad, aceras grises y feísimas, podría reventar, caer redondo de exceso, morir de una extenuación de belleza, de un cólico pantagruélico y “extasiante”. Mirando a estas criaturas maravillosas, ¿cómo puede dudar alguien que existe un Dios? La casualidad no puede dar para tanto.
No pretendo ser polémico ni blasfemo. Ni criticar creencia alguna (al menos no con estos párrafos). Sólo digo lo que siento cuando la perfección y el deseo, la admiración estética y la elevación espiritual se aúnan, se funden en una bebida que se toma por los ojos y que embriaga completamente. Pero su resaca ilumina suavemente con el recuerdo –algo picajoso de lo que se fue y no se repetirá, eso es cierto- la posible monotonía de la vida, en la que caemos por ignorar el milagro de las pequeñas cosas. Y aunque no conozco en carne propia las otras resacas, algo me dice oscurecen de ruido y dolor (hablo de oídas y de leídas, vaya).
Por esas carnes vivas que comento, por donde corre la sangre y la existencia, con un chorro bellísimo que el propio Leonardo hubiese querido penetrar (casi seguro), van cayendo mis miradas. No tengo miedo a que me critiquen por mi descaro. En esta ciudad cualquier esquina pondrá una excusa a mi comportamiento:
- Excusi.
Y señalaré, con total desvergüenza, alguna estatua, cuadro, edificio, monumento, tiesto de flores encendidas o gato arqueólogo tras el sujeto quejoso. De todas formas no tengo que hacer uso de la estratagema. Nadie se queja. Intuyo que en parte porque aquellos que se den cuenta agradecerán “el cumplido” más que se molestarán por el atrevimiento. Sería hermoso creer que es así.
Frente a esos momentos de arrobo frente a unas manos de uñas perfectas y dedos equilibrados, serenos; o unos hombros redondeados como melocotones madurados al sol de una Toscana primaveral (imagino que los melocotones no crecen en aquella región, pero es mi deseo literario que así lo hagan); frente a esos momentos, digo, la ciudad compite con sus piedras, sus lienzos, sus frescos… Frente al monumento al monarca de la reunificación, que los autóctonos llamaron dentadura postiza, tarta o máquina de escribir pues nunca les gustó, yo podría pasarme horas siguiendo las líneas de estos hombres desnudos: germánicos y angulosos los del friso que lidera Atenea o de suaves músculos clásicos en los grupos que hay en las “esquinas” de la inmensa arquitectura que los acoge a todos. ¿Cómo es posible que dos glúteos semicirculares, mitades casi matemáticamente semiesféricas y unos muslos tan enormes y poderosos resulten dulces, proporcionados, armónicos y no sólo deseables como potencia de la naturaleza? Se me ocurren tres respuestas y las tres tienen una raíz común: la propiedad lunar de la piedra, capaz de ser puro terciopelo al tacto; el talento del artista que plasma elaborando el material como si fuera su propio pensamiento; el diseño del cuerpo, puramente divino. A los pies del conjunto unos hombres barbados que me traen evocaciones de Neptuno y que quizá simbolicen ríos italianos, muestran sus torsos de dioses de posibilidades ilimitadas, de medida inalcanzable… pero inequívocamente masculinos en sus formas. Este lugar refulge y no sólo por la blancura de la piedra pulida bajo el sol romano. Refulge porque el arrojo y el valor representados, la voluntad, se visten de estas líneas enloquecedoras que hacen que las flores y las montañas; las plantaciones de arroz y los campos de girasoles; las tormentas más inspiradas y los lagos más plateados tengan envidia de lo que el Creador hizo con el hombre y el prodigio de sus miembros, las parábolas generadas por sus movimientos, y los mundos que afloran de sus ojos de colores cambiantes. Voy de uno a otro sacando fotografías con la primera cámara digital que me regalaron hace ya años bajo la mirada atenta y desconcertada de los militares o policías que velan del lugar que contiene una llama permanente en uno de sus puntos. No sé qué pensarán de mí, de mi ajetreo de un lugar a otro, de mi manía de fotografiar lo mismo de una y otra forma, desde este ángulo y desde aquel otro, en vertical y en horizontal, usando zoom para acercarme a detalles dignos de alabanza permanente como las venas que surcan las manos o las arrugas de los pies que adquieren posturas casi imposibles para dar al hombre el mejor punto de apoyo, la mayor estabilidad posible bajo el peso de escudos o resistiendo en equilibrio frente al horizonte amenazador. Me gustaría saberlo, cuando voy hacia lugares que ninguna otra de las decenas de personas que nos rodean se molesta en visitar. No sería tan extraño que estuvieran acostumbrados a apasionados del hombre y su salvaje, arrebatadora, potente y detallada belleza.No quisiera salir de aquí, pero debo hacerlo. Y aunque me gustaría utilizar un altavoz para gritarle al mundo que si viene a esta capital europea debe pagar tributo a este cúmulo de perfecciones, a pesar del riesgo de quedar encadenado a su encantamiento; también tengo cierta tentación de guardarme para mí estos momentos de elevación hacia un estado de contemplación y erotismo estético, atesorarlos como algo propio y único.
En conciencia no puedo ser tan egoísta.
Me encamino, para seguir con mi caza de imágenes, hacia una parte de la ciudad que resulta secreta a pesar de su notoriedad. Un rincón para iniciados. No hay en esta urbe un “gueto” homosexual, por llamarlo de alguna forma; una concentración de locales y tiendas pensados para los homosexuales, lugar de reunión y protección frente a un mundo potencialmente agresivo. Y si lo hay es muy pequeño y está a la espalda del Coliseo, la gran mole del sacrificio y la fiesta del Imperio. (Y no, no voy a hablar de los músculos sudados de los gladiadores, ni de las carnes maltratadas de los mártires, lo primero por razones que no explicaré y lo segundo por respeto a la genialidad del fallecido Moix, que lo hizo mejor que nadie podría haber soñado hacerlo, y no, no fue un sueño). Hay aquí un par de restaurantes y bares y una tienda que generan ese microcosmos que está diseminado por toda la urbe y que, en su totalidad, no será ni una cuarta parte de Chueca o Soho, por citar los dos que conozco mejor.La tienda se llama Souvenir, y no es precisamente souvenirs romanos lo que vende, aunque haya alguno, sino revistas, postales, libros, ropa y complementos que tienen como protagonistas a hombres, a cierto tipo de hombres. Ya se entiende. El muchacho que atiende tras el mostrador me ayuda a encontrar algo especial: una obra que sólo podría apreciar en su justa medida alguien capaz de comprender la esencia del artículo que escribo, el arte de la fotografía y el don de la oportunidad. El objeto ya tiene dueño, por supuesto. El dependiente, (armonía fibrada y tersa, estatura media, tirando a baja; pequeñas orejas, negrísimas cejas, ojos traviesos pero no atrevidos, sonrisa abierta y ovalada) se añade a la colección de los primeros párrafos de este artículo. He aquí un rincón donde cierta belleza se hace posible a pesar de ciertos poderes en la sombra que no son capaces de impedir que se publiquen cómics de violencia extraordinaria o que se produzcan videojuegos de muerte y destrucción, pero sí de conseguir que no haya revistas temáticas como Attitude (inglesa) o Tetu (francesa), a la italiana. Quizá el modo de vida natural de aquellos que sienten deseo por otros hombres sea mucho peor y malvado que el de aquellos que se dedican a la muerte profesionalmente, la destrucción y la violencia. Supera mi comprensión. No diré más.
Como al lado, en un restaurante atendido por dos camareros inequívocamente italianos e inequívocamente atractivos también. La comida es excelente y las vistas de Coliseo no pueden sino acabar de redondear el momento.Me preparo para la última búsqueda. Me espera la estela de los Borgia. Santa María del Popolo tuvo los huesos de Vanozza Catanei, supuesta amante de Alejandro VI, de notoria piedad, en una capilla pintada por Il Pinturicchio, donde reposó incluso antes que ella uno de sus hijos, el renombrado Juan, el más querido por su supuesto padre, que tuvo la osadía que parecer, ya muerto y tras tres días en el fango del Tíber, más hermoso aún que vivo, lo cual turbó a no pocos. Sé bien que esa capilla ha sido víctima del tiempo, pero vengo a rescatar lo que quede de ella, aunque sea a evocarla, a las siete de la mañana, justo cuando abre sus puertas el templo. Apenas dos o tres personas pasean en todo el edificio y nada rompe el silencio que soñaba para este momento. Camino lentamente leyendo los carteles de todas las capillas. Por fin encuentro una mención a la que fuera la de los Borgia, reformada en el siglo XVII. Nada, absolutamente nada, al margen de esta nota, queda de aquel sueño de poder y astucia, de piedad y devoción a María que los caracterizaron. Viendo alguna otra obra del pintor mencionado en algún otro rincón del lugar, intento rememorarlos. Compro un libro de la iglesia, a un sacerdote encantador, bajito, regordete, algo mayor, que me regala unas postales muy bonitas, con la esperanza de encontrar alguna reconstrucción “ficticia” o alguna información adicional. Pero la sombra de los Borgia es tan alargada como fantasmal y nadie parece querer hablar de ellos. No hay siquiera mención al nombre de la capilla que ha tomado su lugar. Y permitidme que, aunque lo sepa, lo guarde para mí. Sólo los “fanáticos” de esta familia, como yo, perderían diez minutos de su tiempo buscando algo que ya no existe.
Me estremezco de melancolía. Se han ido también de aquí. La belleza de Giovanni, salvo en el supuesto retrato contenido en El juicio de Santa Catalina, en los Museos Vaticanos, se ha perdido absolutamente. Y los autores ni siquiera se ponen de acuerdo de cuál de todos los personajes contenidos en la obra representa al que fuera Duque de Gandía…
No me descorazono, en esta última estela borgiana aún me queda una última belleza que buscar en esta ciudad que son muchas ciudades y muchas historias de esplendor. Una belleza cuyo rastro persigo desde hace una década… Y que me resulta denegada una y otra vez, quedando siempre oculta entre las nieblas de un tiempo que no ha perdonado a quien busco. Quizá por su perversidad no haya habido lienzo o pared dispuestos a guardar los rasgos de este Dorian del siglo XVI. Quizá sólo la envidia haya sido la responsable, la criminal que, destruyendo su efigie, ha creído destruir también su existencia, su legado político, histórico y pre-romántico, como los egipcios creían (mucho más acertadamente) que se podía condenar a la desaparición, que es el olvido, destruyendo el nombre de los muertos. Puede que el miedo haya sido el causante, o el odio por tantos poderes pequeños y mezquinos como estuvo a punto de extirpar de la farragosa, fragmentada y envenenada Italia del Renacimiento. He perseguido este rostro (hermano del citado Juan/Giovanni) por páginas de libros infames y ensayos magníficos; por espacios virtuales de la red; por Medina del Campo; por Játiva, cuna de su padre; por Valencia, por donde entró a España preso; por Londres y sus museos que todo lo contienen; por Roma ya antes… Y sólo he conseguido rumores, habladurías, algunos “se dice que el modelo del Cristo de este cuadro fue él”, también aquello de “este retrato de Leonardo a la sanguina podría contenerlo”… Y un impacto enorme en la catedral de Valencia, una pintura de Juan de Juanes, que no lo conoció y lo retrató décadas después de su muerte, en la que algún efecto que desconozco ha destruido la parte del ojo, parte de la carne, el pómulo mismo… De forma que es imposible sacar un mínimo de verosimilitud de aquella cara un día tan famosa. Digámoslo ya: hablo de César Borgia, el supuesto hijo del Papa; la inspiración para la figura del nuevo príncipe en el polémico ensayo de Maquiavelo; el amigo de Luis XII; el cuñado del rey de Navarra; el más misterioso de los personajes públicos de aquella etapa convulsa y única, mezcla sangrienta y excelsa de arte y desprecio por la vida humana. Vengo al palacio Venecia donde, he leído en antiguas biografías, se encuentra el retrato que le hiciera Altobello Melone, aunque también póstumo. He venido para mirarlo de cerca, para preguntarle en silencio si es realmente quien yo creo que es. Para descubrir si sus pequeños ojos ausentes y su barba predicen la suavidad de un cuerpo como el de los Cristos de torso desnudo, músculos dibujados, dulzura de la bondad. O si, por el contrario, se parece a esos Luciferes, a esos demonios de cuerpos fibrados pero gestos crispados como los que veo en Trinita dei Monti, en completa soledad, antiguos ángeles de masculinidad innegable, seráfica armonía corpórea pero rostro cruzado por símbolos de maldad o locura. Algo me dice que, mirando frente a frente esta obra podré preguntarle, podré saber, si realmente representa al más temido de los hombres italianos entre 1500 y 1503, si sólo se inspira en su figura pero el pintor no lo conoció (tenía diecisiete años cuando el Borgia moría en Viana, y llevaba ya años fuera de Italia), o si ni siquiera es él el caballero retratado. El palacio, hoy museo, está en obras, y subo la escalinata de piedra entre andamios. Temo que el cuadro no esté expuesto por razones de seguridad. Tengo cierto grado de nerviosismo. Pregunto por él nada más llegar a la taquilla: ese lienzo no está en este museo. Esta pieza, no hace tanto atribuida a Giorgione, me dicen las amables muchachas que me atienden, parece estar en la Academia Carrara, en Bérgamo. Una vez más el hombre se escapa entre mis dedos. No consigo encontrarlo. Su efigie se desvanece como monumento de arena al sol; como pintura bajo chorros de agua ardiente: fantasma esquivo se aparece una y otra vez para escapar justo antes de asirlo. Tengo oído que en Forlí también hay un retrato (de autor desconocido)… Quizá, dentro de una década, me dedique a recorrer la Romaña tan sólo para buscar tu mirada fría, tu torso poderoso de hombre capaz de decapitar a un toro de un tojo, tus labios que tan bien supieron mentir y que debieron saber a miel amarga, a carne seca y aromática.
Cargado de belleza, sobrepasado de emociones, tengo diez horas de viaje por delante: sólo aeropuertos, trenes y autobuses, que me separarán de esta península insólita y me devolverán a mi Madrid natal. Llevo una iluminación interna, un deseo irrefrenable de cantar a la hermosura del hombre, a la línea masculina; un anhelo de volver a Catulo, a Petronio, a Fellini, a Sócrates, a Kavafis, a Lorca, a Whitman, a Ang Lee, a Wilde, a Cernuda, a Pombo, a Luis Antonio de Villena, a Mendicutti, a Tondelli, a Tennessee Williams… a mi adorado Moix.


Deja tu respuesta