Hace ya unos meses la vida vino a mi encuentro de la mano de la Literatura, lo que me sucede cada vez con más frecuencia, hasta que ciertos momentos son un marasmo indivisible en la que la una equivale a la otra y a la inversa.
Me llegaba la propuesta de leer y reseñar a una novel. Lo hice, como siempre, con mucho cariño y respeto. Los noveles suelen tener esa fuerza de la ilusión, de quien lo logra por primera vez, y tienden a guardar entre sus páginas diamantes en bruto que dan gusto sólo con imaginar en pulirlos. Pero, aunque los miro con benevolencia, siempre soy honesto en mis críticas. Nunca he sido amigo de iniciar viajes desagradables por deporte, ni de hacer daño. Hay mucho esfuerzo en esas obras y lejos está de mi intención destruir las ganas y la “virginidad” de los autores, muchas veces aún inocentes literaria o al menos editorialmente. Con delicadeza intento subrayar lo que entiendo que son sus puntos fuertes y también aquellos en los que aún flojean y deben trabajar. No como crítico (nadie me ha dado un título de tal) sino como lector apasionado. Sólo he dejado de reseñar públicamente tres libros que han llegado a mis manos durante los últimos cinco años. Uno porque en su día colaboraba con revistas con color político y el tema era contrario a su línea; otro porque el autor no quiso que publicase mi reseña (en general era negativa); y finalmente un bestseller español al que no le encontré la más mínima solidez.
Dicho esto también tengo que comentar que tengo la enorme suerte de que los autores me digan, casi todos, lo mucho que me aproximo a entender su mensaje, que soy capaz de comprenderlos, que soy un buen hermeneuta. Eso constituye, cada vez que llego a ella, una parada especial de mi camino literario y personal. Comprender a otros me hace sentir más hombre, más ser humano, más ser que piensa… y siente.
Pero, insisto, no puedo alejarme de la honestidad. Escribo cosas que realmente pienso. No me invento críticas elogiosas mirando las contraportadas, ni eligiendo párrafos al azar. El libro tiene que ser leído en su totalidad y con mucha atención antes de atreverme a decir nada sobre él, sea bueno o malo. Y este es un viaje que me ha llevado a parajes muy hermosos y muy distintos unos de otros. Autores de todas las edades y condiciones, con sus muy diversas obras que han llegado a mí de muchas maneras. Pero la parada del viaje suele terminar ahí, con unas palabras entre el autor y yo… o con un contacto que se mantiene después en el tiempo, contacto que puede versar sobre Literatura, pero también sobre otras manifestaciones de arte, o de política o de la vida en general y en particular, dependiendo de cada escritor.
Sin embargo Ana Herrera Barba tuvo una voz interior y otra exterior, también llamada Ana, que le dijeron que nuestro camino no terminaba ahí. Así que puso la siguiente piedra –de hecho levantó todo un puente- al pedirme que redactara un prólogo para su segunda obra, una colección de relatos breves, aunque no nanorrelatos. Nunca nos habíamos visto. Ella no conocía mi única novela publicada. Su única referencia sobre mi trabajo era la reseña que había hecho a principios de este mismo 2010 de Mi mundo sin fronteras, su primera novela publicada, y quizá algo de mi labor en Internet, en el diario www.ellibrepensador.com probablemente. Y a pesar de que su primer prólogo venía firmado por un catedrático me pedía que fuera yo quien leyese su obra y la prologase, le diese esas primeras palabras que pueden encauzar al lector (aunque muchos las obvien) en el libro. El viaje se había vuelto completamente nuevo. El escenario y la responsabilidad eran muy diferentes. Aquí había un doble compromiso con la integridad pero también con la autora. Su confianza era algo tan grande que pintaba, por sí sola, toda una realidad desconocida. Se trata de comentar una obra literaria, sí; cuentos, además, lo que he hecho al menos una docena de veces, es verdad; pero desde otra perspectiva completamente distinta.
El viaje, como el de Jasón, mucho más que como el de Ulises (que ya estaba de vuelta), prometía ser absolutamente apasionante. Conmigo tendría, como el famoso capitán del Argos, un buen número de compañeros: cada uno de los cuentos, que a su vez pondrían el paisaje y el carácter de la travesía. Y ellos fueron los que hicieron fácil y apasionante el reto. Como muestra valgan estos botones de ese prólogo:
[...] Ana Herrera Barba es, ante todo, una escritora que quiere hablar de mujeres, contar las historias a las que ella ha llegado accidentalmente o que le han venido a buscar, pero historias de mujeres. Y no se puede usar la maledicencia para comentar que sólo habla de quienes vivieron hace siglos, dieciséis, como en el caso de Hipatia, o dos, como en el de Jane Austen, ejemplos lejanos que ya no provocan comparación en uno mismo. Todo lo contrario, la autora está siempre abierta a rendir homenaje a su familia, a sus vecinas, a poetas casi desconocidas que comparten casualmente un acto por la paz. Eso habla de la esencia fundamental de Ana Herrera Barba: su capacidad para aceptar la grandeza de los demás y cantarla y contarla. Su tendencia a la elegía es evidente.
Su corazón tiene esencia lírica, y por eso sus palabras acaban tomando a veces forma poética para contarnos lo que ya ha dejado plasmado en la prosa inicial. En el fondo ambas maneras están asentadas sobre ese alma versicular que late bajo la pluma de la escritora: el olor de las plantas y las flores, las caricias relatadas de forma reiterada, el recuerdo de mujeres que lucharon por ser ellas mismas, todo es un mismo entramado, una misma materia anímica muy hermosa. Por otra parte sus versos son libres, ausentes de rima o ritmo pre-establecido en formas clásica, de manera que los textos se confunden entre ellos, formando un mismo material en todos los sentidos.
[...]
Para rendir este homenaje, levantar esta elegía o rescatar este recuerdo Ana Herrera Barba se sirve de un estilo sencillo, limpio, sin pretensiones de vanguardia, siguiendo las líneas históricas de las vidas de estas mujeres, aunque literarizando momentos, recreando diálogos, pensamientos y, sobre todo, sentimientos. En sus cuentos no se buscan triquiñuelas fáciles o finales de sorpresa fuera de lugar. No sigue ninguna moda de vampiros, piratas, monjes medievales o reconstrucciones forenses. El grano de arena que se aporta es, precisamente, intentando luchar contra las modas, poner una piedra que no pueda llevarse el aire ni el tiempo. Para ello nada mejor que la palabra escrita. [...] Hay capacidad de observación y consagración al mundo de la mujer, con sus pequeñas y grandes cosas.
Tras estos cuentos [...] nos encontramos con otro tipo de narraciones, emplazadas en la sociedad que nos rodea: mujeres maltratadas por su padre, poetisas que se reúnen en actos de solidaridad con el mundo, trabajadoras de museos que se enamoran en su edad madura de jóvenes compañeros, soñadoras de la ciudad lejana poblada de rascacielos que rescatan y son rescatadas por el amor, jóvenes que encuentran en el nudismo una forma de vida… Pequeños fragmentos de realidad donde la protagonista apuesta por sí misma y por su identidad, sea la que fuere.
Y en todo ello la presencia, la omnipresencia de la literatura [...] Porque, si algo queda claro al leer la presente obra de Ana Herrera Barba, además de su admiración por las grandes mujeres (famosas o no) es su determinado amor por la literatura, fruto del cual ha nacido, de un corazón sencillo y emotivo, Una mujer, una historia.
Le envié mi prólogo a la autora y esperé. Había dado mi impulso a la barca y ahora se alejaba hacia parajes desconocidos. Quedé mirando el horizonte. El libro tenía que seguir su propio viaje (como la propia Ana sabe, largo, muy muy largo y a prueba de paciencias míticas). Hace unas semanas me llegaba por fin ese objeto, ese bien físico por el que tantos perdemos la cabeza. Ahí estaban la cuidada y simbólica portada; los cuentos que con tanto cariño leí y con tanto amor fueron escritos; las páginas que les daban soporte; el prólogo; y una dedicatoria personal seguida de un agredecimiento que fue el mejor pago que podrían haberme hecho nunca porque venían a certificar que mi prólogo había alcanzado su primer destino que era el corazón de la autora, cosa que después se confirmó al leer la contraportada, en donde pude encontrar alguna frase procedente de esos párrafos que yo había redactado.
Después de seis años y medio mi nombre aparecía de nuevo en un libro impreso, aunque no fuera como autor. La experiencia se tornaba especial porque, como prologuista, mi voz aparece “autorizada”, algo así como la voz de un hombre que sabe de Literatura. Me faltan cientos de años para poder “saber” de Literatura, pero me sentía tan halagado como si fuese un académico. La obra por fin estaba en las estanterías de las librerías (ojalá también en algún escaparate) y mis palabras la precedían, la presentaban, la intentaban acercar a un público que se deseaba numeroso, sensible y no sólo feminino, por mucho que la obra trate de mujeres y esté escrito por una mujer. Las oportunidades que me ha dado la vida de conocerla -pocas aún- son suficientes para saber que Ana nunca será un feminista extremista, ni formará parte de colectivos o creencias exclusivistas o marginadoras.
Ignoro si mis palabras ayudarán a comprender la obra y los talentos de su autora, como me gustaría. Desconfío de que puedan ayudarla a vender más de lo que por sí pudiesen vender libro y escritora (mi nombre no es famoso en la gran prensa, ni en la prensa del corazón, ni figura en las listas de los más vendidos y muy probablemente nunca lo hará). Desconozco en qué medida los lectores estarán de acuerdo con mi visión de estos cuentos, ni si alguien se detendrá lo suficiente en el prólogo como para sopersarlo. Pero todo eso forma parte de los nuevos viajes que las palabras de Ana harán ahora ya ligadas a las mías (propiciadas por las suyas y por tanto ya nunca independientes). De esos nuevos periplos poco o nada llegaremos a saber ella o yo. Pero seguro que tomarán formas y rutas diferentes en cada lector atento. Y me siento muy orgulloso de que puedan compartir los mismos cursos donde quiera que vayan. Porque para estos viajes no hacen falta más alforjas que las ganas de dejarse llevar y Ana Herrera Barba siempre conseguirá llevarnos donde ella quiera llegar: su bondad y su voz particular se lo permiten.

Como siempre, Guillermo, tus palabras están cargadas de sinceridad. Todo ha sucedido tal y como tú lo cuentas. Rara vez la voz del corazón se equivoca y a veces nos lleva hasta personas buenas, sensibles y portadoras de un gran talento, como lo eres tú. Gracias. Te deseo siempre lo mejor.
Ana Herrera
diciembre 25th, 2010
Como siempre, Guillermo, tus palabras están cargadas de sinceridad. Todo ha sucedido tal como tú lo cuentas. Rara vez la voz del corazón se equivoca y a veces nos lleva hasta personas buenas, sensibles y portadoras de un gran talento, como lo eres tú. Gracias. Te deseo siempre lo mejor.
Ana Herrera
diciembre 25th, 2010
Yo también comparto vuestra alegría. Y tengo que comentarte que ya hemos recibido algunas impresiones de los lectores sobre tu prólogo. Les ha encantado.
P.D: “Epitafío del Ángel” un 10.
Alba
diciembre 25th, 2010
Yo también comparto vuestra alegría. Y tengo que comentarte que ya hemos recibido las primeras impresiones de los lectores sobre el prólogo. Les ha encantado.
P.D: “Epitafío del Ángel” un 10.
Alba
diciembre 25th, 2010