Guillermo Arróniz

Generación.Net


San Martín y el mendigo. El Greco. (Detalle)

San Martín y el mendigo. El Greco. (Detalle)

Hay viajes que se hacen corazón adentro, que nos llevan a replantearnos nuestro día a día… aunque sólo sea durante unos segundos. Nuestras prioridades y preocupaciones vienen marcadas muchas veces por asuntos de escasa importancia, aunque no somos capaces de verlo. La inmediatez de las pequeñas cosas las hace tomar peso y volumen a nuestros ojos. Los pintores del Románico, o los egipcios, por ejemplo, atendiendo a la simbología, representaban de mayor tamaño a los personajes de mayor importancia, aunque estuvieran en la misma línea que el resto. Desde el punto de vista técnico no habían aprendido o desarrollado la perspectiva; desde el punto de vista emocional no habían desaprendido todavía. Asumimos nuestra salud, por ejemplo, como una obligación que se nos debe, un bien adquirido de tal manera que ni siquiera es un bien por el que dar gracias, en el que pensar. La nuestra y la de los nuestros. Es algo sobre lo que se ha hablado mucho y muy a menudo, pero no por ello es menos cierto y, lo que es peor, no por eso lo aprendemos y lo disfrutamos. Pero no se trata sólo del bienestar de nuestro cuerpo.

Hay viajes que no se hacen subiendo a aviones, ni a trenes, conduciendo automóviles o reservando camarotes de primera, sino mirando a nuestro alrededor. Fijando bien la vista y pensando sobre lo que hay frente a nosotros. Pero cuesta hacer cualquiera de las dos cosas, no digamos ya hacerlas simultánea o consecutivamente. Nos obsesionamos por un ascenso, por un modelo de coche, por el último disco de nuestro cantante favorito o por conseguir entradas para el último concierto que dará en nuestra ciudad. Dejamos que la posición de una fotografía nos amargue el día y discutimos por la forma en que doblamos las camisetas. Obviamos decenas de detalles que nuestros seres queridos tienen con nosotros a lo largo del día, pero nos enrabietamos cuando no conseguimos ponernos de acuerdo. Cientos de pequeños disgustos son tan absurdos como innecesarios. Pero seguimos sin entenderlo.

A lo largo de la semana tan sólo tengo unos segundos de lucidez en que consigo comprenderlo. Hago un viaje al sentido mismo de la vida y recibo una luz que aprovecho apenas. Tengo la costumbre familiar de visitar todas las semanas una pequeña y antiquísima iglesia de las muchas que pueblan mi ciudad, Madrid, de la que siempre prometo hablar. Allí hay una imagen muy venerada por el pueblo madrileño, cuya boca entreabierta transmite una respiración dolorosa pero contenida de aceptación de un Destino grande como ninguno pero sacrificial, doloroso. Sin embargo, no es la talla la que me hace reflexionar, aunque el lugar, como templo, invita al recogimiento.

En las inmediaciones del edificio y de su torre de ladrillo hay, siempre que voy -probablemente porque soy hombre de costumbres que tiende a volver a las mismas horas a los mismos lugares- encuentro tres pobres cuya imagen me duele. Gracias a ellos soy persona, aunque sea tan sólo unos segundos. No se trata de que sean gente sin dinero o sin trabajo, los pensamientos que esto me provoca los puedo tener en cualquier vagón de metro, en cualquier esquina del centro de nuestra ciudad o de muchas otras del mundo donde los desfavorecidos esperan con la mano extendida un giro de la fortuna o sencillamente la consecución de la supervivencia un día más. No se trata tampoco de que procedan de otro país (¿quizá Rumanía?) lo que me lleva a considerar las diferencias que el mismo nacimiento implica para las personas y sus posibilidades, algo tan arbitrario como triste. Se trata de la pureza de sus miradas, de la claridad de sus ojos, tranquila aunque melancólica. Hay luz en sus rostros. En los tres rostros. Son dos hombres y una mujer. Jóvenes. No entraré a describirlos pues no es mi intención que se los identifique, baste decir que son diferentes entre sí, pero transmiten bondad, resignación, aceptación de su existencia. Con lo cual tampoco deseo decir que no quieran mejorar su situación, o que se hayan acomodado a que otros les den lo imprescindible para vivir. No. He hablado con ellos brevemente y sé que buscan empleos, que se mantienen gracias a instituciones religiosas que los acogen por las noches, que cuando consiguen encontrar alguna actividad laboral envían dinero a sus familias. Su salud es precaria, sobre todo la de uno de los hombres, lo cual no es sorprendente puesto que aguantan los días de lluvia y de frío, a veces envueltos en una manta, apenas cubiertos a la espera de la generosidad de los que visitan la iglesia. Pero a pesar de todo, sus voces, sus palabras transmiten una serenidad del alma, una sencillez de deseos que me parte el corazón. Por comparación me siento vacío, hueco, egoísta, vanidoso, orgulloso de mi nada y mi pequeñez, mezquino y muy absurdo. Ninguno de los tres alcanzará siquiera la edad de Cristo, deberían tener todo el futuro por delante, todas las realidades para ser devoradas por sus cuerpos aún fuertes y vitales. Pero están, con su pequeño vaso de plástico (hasta la hucha es precaria), esperando la misericordia de quienes visitamos la iglesia, mirando al horizonte como quien tiene las esperanzas reducidas, vapuleadas, hechas a la medida de las circunstancias.

Cuando los veo se me olvidan todas mis historias, todas mis preocupaciones. Siento un gran deseo de abrazarlos, de invitarlos a comer, de charlar con ellos sobre su vida, sobre su país. Pienso en quién o en cómo podría ayudarles a conseguir un empleo, una situación menos precaria… aunque mi pensamiento no da frutos, lamentablemente. En su presencia se me llenan los ojos, y entro a la iglesia pidiendo perdón, de verdad, por mis pecados. Miro al rostro de la talla religiosa y busco en sus ojos la reprobación por mi incapacidad para aprender, por mi tontería obcecada, por mi cerrazón materialista. En esos instantes de veras siento el arrepentimiento por mi ambición o mi egoísmo, corto de miras, por ende. Quisiera ser el amigo de la Humanidad completa y viajo a los sentimientos más nobles de los que es capaz mi corazón. Mi anhelo es compartir, comprender, establecer lazos con quienes soy incapaz de hacerlo a lo largo de la semana. Me siento ahogado de agradecimiento por haber recibido tanto sin haber hecho nada para ello: el lugar de mi nacimiento, mi hogar, mis padres, todo el inmenso amor que me rodea, mi trabajo, la salud, los sentidos y todo cuanto se ha puesto frente a mí y que puedo disfrutar de forma continua, sin pagar más canon que la mera existencia. Todo es un cúmulo de pequeñas y grandes gracias que no sé valorar en su justa medida.

Se trata de un periplo luminoso, templado, una alucinación cálida que me recorre por dentro. Me brota una luz, un color blanco acongojado pero feliz al mismo tiempo.

Salgo de la iglesia para encontrarme de nuevo con sus rostros y desearles una feliz semana, que no pasen frío, que tengan suerte. Son tan agradecidos como dulces cuando te responden, y eso hace que uno vuelva a sentirse injustamente bien tratado por la vida. ¿Qué hice yo para merecer estas diferencias? Unos pasos más y los habré dejado atrás, y con ellos mi momento de claridad mental, mi regocijo del alma, mi girar el rostro a Dios y sentirme parte de algo cierto que va más allá de los estrechos lindes de este mundo inmenso. A los cien metros una taberna con azulejos representando cuadros de Velázquez y escenas chulapas disipará mis propósitos de enmienda. Al medio kilómetro las multitudes que abarrotan el centro de Madrid mantendrán mis sentidos ocupados para encontrar el camino sin ser arrollado. Me faltarán siete días para viajar de nuevo al corazón del mendigo libre de acritudes y envidias, pues así los imagino cuando leo en la claridad de sus ojos, verdes u oscuros. Siete días de oscuridad profunda en la noche del materialismo menos inteligente. Siete días envuelto en brumas y equivocaciones. Siete días estancado, por mucho que no deje de caminar y coger medios de transporte hacia todos los rincones de la ciudad o incluso de Europa.

Esta semana no podré visitaros, ni dejaros mi mezquina limosna. Pero he pensado en vosotros. Y me habéis devuelto, unos minutos más, el escalofrío de la vida. Ojalá pronto el mundo os sonría y, cuando lo haga, no se lleve, como mala marea, esa pureza transparente de vuestras pupilas cansadas.

Joven Mendigo. Murillo

Joven Mendigo. Murillo

Deja tu respuesta